Pioneras al volante de su libertad

Pioneras al volante de su libertad

La conquista de la igualdad por la mujer viajó a la velocidad de los nuevos transportes. «Más que apología feminista, para muchas solo fue la lucha por sus derechos»

ANTONIO CORBILLÓN

La conquista de derechos para las mujeres fue una carrera de obstáculos. Pero también de velocidad. Los horizontes femeninos se abrieron a medida que los inventos mecánicos estrecharon los mapas pero abrieron las conciencias. De los hombres, claro. A golpe de pedal y evitando no engancharse las enaguas con las ruedas repartieron sus octavillas las sufragistas de mediados del XIX. Y a los mandos de una motocicleta o de un volante después, demostraron a los varones que donde llegaban ellos también podían hacerlo ellas.

Aventuras y vidas que relata Pilar Tejera en 'Reinas de la carretera'. Esta editora y escritora madrileña presume de poseer, tal vez, la mejor biblioteca en España de pioneras del siglo XIX. «Son 30 años de acumular libros y textos, de consultar archivos universitarios de Gran Bretaña y Estados Unidos», resume Pilar Tejera, que creó hace una década la editorial Casiopea, centrada en temáticas de mujeres.

Como los vehículos, el mundo es un lugar que avanza a varias velocidades. Sorprende leer hace unos meses que Arabia Saudí va a dejar conducir a sus mujeres, cuando hace 130 años (1888) fue precisamente una mujer, Bertha Benz, la pionera en ponerse a los mandos de un automóvil.

El derecho femenino a llevar el manillar de su vida fue «el trofeo de una larga y dura contienda librada por muchas y variadas militantes», explica Tejera. Un viaje que arranca en paralelo con las primeras convenciones por los derechos de la mujer que se multiplicaron a partir de 1848.

'Pedalear por el sufragio' se convirtió en una proclama de éxito. Y el ciclismo pasó de ser algo lúdico a una reivindicación. La igualdad empezaba por el vestuario. Y ninguna mujer podría liberarse si «tenía que cargar con tres kilos de ropa interior». Derribar barreras era también acabar con la moda victoriana que 'encarcelaba' sus cuerpos como si fuera el corazón de una cebolla. La imaginación y el arrojo de mujeres como Amelia Bloomer, inventora de los bombachos para ciclistas fue parte de esa liberación, aunque algunas acabaran detenidas por atentar contra la moral pública. «Aquello fue el 'bisabuelo' de los leggins», bromea Pilar Tejera. En 1893, líderes como Frances Willard acuñan frases premonitorias como «la que logre dominar la bicicleta ganará el dominio de su vida».

La bici se convierte así en un salvoconducto hacia la emancipación hasta el punto de que «a finales del siglo XIX, el feminismo, los derechos de la mujer y la bicicleta forman un trío combativo y ocupa los principales titulares de la prensa», proclama en su texto Tejera.

No sin mi madre

Flora Drummond, alias 'El General', Alice Hawkins, que habló ante 250.000 personas en Hyde Park (Londres) o las brigadas de las Scouts Ciclistas eran más entregadas que el mejor gregario del Tour de Francia. Marie Curie (después doble Premio Nobel de Física y Química) celebró su luna de miel sobre dos ruedas. Annie Londonderry, que fue capaz de dar la vuelta al mundo (1895) en una velociclo sin frenos, amortiguación y marchas, merecería el 'maillot amarillo' del derecho a pedalear sin discusión alguna.

Los pedales abrieron los caminos, pero los motores ampliaron aún más la superación de barreras geográficas, sociales y personales. En un capítulo que titula 'El mundo por motera', Tejera se recrea en aquellas pioneras que le metieron gas a sus ansias de libertad y, de paso, despejaron los 'baches' del camino para el resto. La escritora madrileña insiste en que sus relatos «no (solo) quieren ser reivindicativos, sino hablar de mujeres maravillosas que luchan por su libertad personal».

Y lo hacen sin renunciar a su esencia. Muchas se lanzan a la conquista del mundo pero no olvidan la tetera o la cesta del pícnic vespertino. Aventajadas como las hermanas Augusta y Adeline Van Buren que en 1916 se convierten en las primeras en culminar en solitario la ruta Nueva York-California en moto.

Otras como ellas se enfrentaron a la aventura con osadía. Viajaron y vivieron al raso o se cruzaron con tribus indias sin saber si eran amigas o un peligro. Huyeron del elitismo, del lujo para «ganar la chispa de la vida». Sin abandonar un aire colectivo de 'bon vivants'. Todas se entregaron a la máxima de Mae West: «solo se vive una vez. Pero si lo haces bien, una vez es suficiente». Con esa filosofía, Theresa Wallach y Florence Blenkiron viajaron de Londres a Ciudad del Cabo gracias a su perseverancia en tiempos en los que no había mapas, ni suministros, gasolineras o repuestos.

Este 2018, la española Ana Carrasco se ha convertido en la primera mujer campeona del mundo de motociclismo 'unisex'. Tiene algo que agradecer a Dorothy Levitt la primera que compitió en circuitos de carreras (1903) o a Camille du Gast, que llenaba titulares al ser la única participante en la carrera París-Madrid a bordo de su 30hpDe Dietrich.

Si se le pide a Pilar Tejera que rescate a una de sus heroínas se queda sin duda con Effie Hotchkiss y su madre, Avis. En 1915, Effie se hartó de su aburrido trabajo en un banco de Wall Street, le buscó un sidecar a su Harley Davidson para meter a su progenitora (52 años) y decidió cruzar Estados Unidos. Les advirtieron de que padecerían todo tipo de peligros. «Aquello comenzó a sonar tan interesante que decidí que no me lo perdería por nada del mundo», respondió al desafío Effie. Y así fue. Sufrieron robos, amagos de congelación por el frío y tantos pinchazos que acabaron usando sus mantas para rellenar las ruedas. Pero llegaron a San Francisco. Y desandaron los 5.000 kilómetros de vuelta. Drogadas por la velocidad, el dúo aventurero madre-hija no se disolvió jamás.

El arrojo y embrujo femenino con la velocidad se multiplicó con el volante. La propia Dorothy Levitt inventó el espejo retrovisor (se le ocurrió mientras se miraba en su espejito polvera). Después pilotó aviones. Por aquellos albores del siglo XX, otra fémina, Mary Anderson, creó los limpiaparabrisas. Y todas ellas emulaban a la citada Bertha Benz, que un día de 1888 se montó sin avisar en el Benz Patent-Motorwagen de su marido, Karl, y recorrió 106 kilómetros por Alemania junto a sus dos hijos.

«Había un gran respeto por estas mujeres. La gente las recibía y ayudaba» Pilar Tejera - Autora

Fue el preludio de nuevos horizontes y retos que tuvieron a las norteamericanas en la parrilla de salida. «Casi todas encontraban tiempo para hacer sus diarios. En las inglesas se impone la ironía ante lo que les ocurre. Las americanas tiran más de inocencia», avanza la autora de 'Reinas de la carretera'.

Todavía eran aventuras de bohemias y burguesas. Hasta que llegó el Ford T de Henry Ford que casi democratizó el acceso al volante y los pedales. Pilotas como Aloha Wanderwel, una canadiense con sangre gitana que a los 22 años acaparó la atención mundial al unirse a una expedición alrededor del mundo. Cruzar 43 países en 1920 tenía su mérito. Recorrer 50.000 kms en 25 meses como hizo Clärenove Stinnes también. Por fin, la conquista del mundo no era solo cosa de hombres.

 

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