La pesadilla de Franco

Un grupo de milicianos se toma un descanso en pleno campo, en Aragón. 'Saboteadores y guerrilleros' (Espasa) es obra del periodista Alfonso López García. Tiene 297 páginas y cuesta 19,90 euros./
Un grupo de milicianos se toma un descanso en pleno campo, en Aragón. 'Saboteadores y guerrilleros' (Espasa) es obra del periodista Alfonso López García. Tiene 297 páginas y cuesta 19,90 euros.

Nueve mil hombres y mujeres desquiciaron al general golpista durante la Guerra Civil con sus actos de sabotaje. Un investigador ha recopilado las principales operaciones

PEDRO MUÑOZ

Franco vivió momentos de auténtica desesperación durante la Guerra Civil. Parece extraño decirlo a tenor de la solvencia con que ganó la contienda, pero lo cierto es que en esos casi tres años de conflicto tuvo una molesta piedra en el zapato que no pudo sacarse nunca: los guerrilleros republicanos. El libro del periodista y profesor universitario Alfonso López García, 'Saboteadores y guerrilleros: La pesadilla de Franco en la Guerra Civil' (Espasa), revela capítulos curiosos e inéditos -obtenidos durante años de investigación en archivos españoles y extranjeros- de esa guerra exprés que logró desestabilizar al general golpista hasta el punto de crear unas guerrillas análogas solo para tratar de detener la oleada de sabotajes en su retaguardia.

Incursiones nocturnas Voladura de trenes y polvorines enemigos

Desde el inicio de la sublevación militar surgieron partidas de guerrilleros en zona republicana que conocían bien el terreno en el que se movían y realizaban incursiones nocturnas en áreas controladas por las tropas franquistas con el objetivo de desestabilizar: volaban vías férreas, centrales eléctricas, polvorines y convoyes enemigos; repartían propaganda subversiva, robaban ganado, fomentaban las deserciones, buscaban enlaces en fábricas de armamento e incluso se internaban disfrazados de falangistas en territorio 'azul' para improvisar mítines y convencer a la izquierda dormida que había en esas zonas para que se rebelaran contra las tropas franquistas. Confiaban que esa sublevación interna se reprodujera por todo el país en forma de levantamientos en masa, y que ello ayudara a cambiar el signo de la guerra. Además, atentaban contra soldados y oficiales enemigos, civiles hostiles, delatores... para regresar horas después al amparo de la noche a sus bases en el sector republicano. Prueba de ello es el asesinato a manos guerrilleras del capitán Pelayo, jefe del servicio de espionaje franquista de la zona sur, o la captura de un primo del propio Franco.

El general gallego tenía catalogados como desertores del ejército nacional, criminales marxistas, hombres y mujeres con enorme sed de venganza, capaces de suicidarse antes de ser capturados. A pesar de su carácter tremendamente insubordinado, el presidente del Gobierno, Francisco Largo Caballero, trató de poner en valor sus capacidades destructivas y les encomendó oficialmente las labores que ya venían realizando por su cuenta con éxito. A pesar de que sus nuevos mandos les daban las órdenes por escrito, ellos siempre tenían una manera de seguir avanzando en su creatividad destructiva y sorprender al enemigo mediante explosivos retardantes que pegaban a los trenes, clavos que arruinaban las ruedas de los convoyes para después tirotear a sus pasajeros, o maletas y termos que abandonaban en pleno campo y que al ser manipuladas por el enemigo, estallaban. Ante aquellas escabechinas, el propio Franco prohibió «terminantemente» tocar cualquier objeto que aparezca en el campo y que se estime sospechoso, «sea cualquiera su forma y tamaño, debiendo quien lo encuentre, dar cuenta a sus jefes naturales». Menos mortífera, pero igual de efectiva era la propaganda que los boicoteadores republicanos ataban a los perros que enviaban a zona 'nacional' a 'ladrar' sus mensajes.

Los guerrilleros fueron el embrión de la CIA y otros cuerpos especiales

Tanta era la fe de Largo Caballero en estas unidades de milicianos, que confiaba que su trabajo de agitación acabara dando un vuelco absoluto a la guerra. Por si fuera poco, las acciones de estos guerrilleros consiguieron poner de acuerdo a socialistas, comunistas y anarquistas. Los tres bloques apoyaron unánimemente (algo insólito) esta guerra de desgaste que tanto desquiciaba a Franco por su incapacidad de controlar las letales incursiones en su retaguardia.

Recompensa Mil pesetas por cada guerrillero vivo o muerto

Franco, según detallan los informes reservados publicados en 'Saboteadores y guerrilleros', ordenó que se reforzara la vigilancia en zonas de paso, polvorines y aeródromos con personal de absoluta confianza. Quería evitar a cualquier precio que se volvieran a repetir estos sabotajes que le obligaron a cambiar planes de ataque debido a los retrasos en la reparación de vías férreas, centrales eléctricas o en el suministro de armas.

Desesperado por la incapacidad de los suyos para detener estas incursiones, reclamó voluntarios para esta causa, pero la convocatoria resultó un fracaso por el pavor que despertaban los guerrilleros entre las tropas. Nadie quería hacer guardias nocturnas ante un enemigo imprevisible y sin escrúpulos, al que ya se conocía como 'Los hijos de la noche'. No le quedó más remedio al gallego que ofrecer a civiles la tarea que los militares rehusaban y, como tampoco tuvo éxito, propuso ascender a sargento a quienes aceptaran la misión, con una recompensa de ración diaria de pan y 180 pesetas mensuales, un cifra muy considerable. No contento con ello, ofreció, como en el Lejano Oeste, jugosas recompensas por el pellejo de los saboteadores que tantas pesadillas le causaban: 1.000 pesetas por la captura de cada guerrillero, vivo o muerto.

Operación anfibia La liberación del Fuerte de Carchuna, en Motril

Dedo en el ojo enemigo desde el principio y hasta el final. Ese fue el propósito de unos guerrilleros que se fueron profesionalizando cada vez más gracias al respaldo económico del Gobierno y a la escuela de formación de Benimamet (Valencia), donde eran entrenados en materia de explosivos, electricidad, topografía, orientación... y que les hizo integrarse por primera vez en la historia de España dentro de un cuerpo del ejército (el XIV Cuerpo Guerrillero). Este apoyo constante se vio favorecido por una de las acciones más llamativas que realizaron durante el conflicto: la liberación del Fuerte de Carchuna, en Motril, Granada. Allí, en una operación anfibia, un grupo de guerrilleros llegó al amparo de la noche hasta el fuerte, donde estaban realizando trabajos forzados 308 republicanos, la mayoría asturianos apresados tras la caída del Frente Norte. Liderados por el norteamericano William Aalto (que más tarde fue llamado junto con otros voluntarios que lucharon en España a organizar la OSS, la antesala de la CIA), consiguieron liberar a todos los prisioneros y conducirlos con vida a zona segura. Esta acción, unida a los informes que hablaban de 156 enemigos abatidos por los guerrilleros en solo un mes, llevó a encumbrar a los 9.000 hombres y mujeres que formaron parte del XIV Cuerpo (sus homólogos franquistas apenas alcanzaban los 500), y que solo su indisciplina e insubordinación, y la gran losa que les pusieron sobre sus espaldas de basar en ellos la victoria final, les hiciera tener finalmente más sombras que luces en el conflicto. Una historia bien diferente es la influencia posterior que alcanzaron en todo el mundo. De hecho, la experiencia de guerrilleros norteamericanos en España les llevó a formar un grupo de operaciones dentro de la CIA. Y Alberto Bayo, otro guerrillero hispanocubano, instruyó a Fidel, el Ché y a las tropas que derrocaron a Batista; e incluso un grupo de españoles curtidos en estas lides llegó a proteger el Kremlin en la II Guerra Mundial. De alguna manera fueron los precursores de los grupos de operaciones especiales dentro de los ejércitos y los servicios secretos.

«Somos hermanos vuestros» Las bombas manipuladas para no explotar

Otra de las misiones encomendadas a estos hombres era la de empujar a la deserción a soldados que vivían en zona nacional para que se arriesgaran a pasarse al bando republicano. Y, si ello no era posible, les animaban a que sabotearan el armamento para que no estallara al ser arrojado sobre zona 'roja'. A tenor de la documentación inédita que ofrece el libro, este tipo de sabotaje, denominado por el autor como sabotaje pacífico, se reprodujo durante toda la guerra en diferentes puntos de la geografía española.

La foto sería la siguiente. Primera línea del frente, cae una bomba, granada u obús en la posición de unos hombres que ven cómo su vida se termina... pero lejos de explotar, el artefacto queda inutilizado y, en el interior de ese proyectil destrozado, encuentran un mensaje: «Las bombas que yo cargo no explotan. Soy de los vuestros». Este cinematográfico pasaje ocurrió no una, sino decenas de veces durante la Guerra Civil (y en ambas filas), gracias a personas que trabajaban en fábricas de armas para el bando en el que no querían estar, y arriesgaron sus vidas para montar mal las bombas, darle la vuelta a una espoleta, introducir una moneda en el percutor, incluir periódicos mojados para evitar la explosión... y escribir mensajes de ánimo al 'enemigo', que los descubriría incrédulo. Mensajes como «Somos hermanos y no queremos haceros ningún daño» o «Trabajadores de Palma de Mallorca saludan a sus hermanos»... Estos valientes (muchos fueron represaliados al ser descubiertos), son homenajeados por Alfonso López en 'Saboteadores y guerrilleros', «ya que son pequeños héroes olvidados que con su coraje consiguieron evitar la muerte de muchos españoles que, aunque no lo sepan, hoy siguen vivos gracias a ellos».