¿Hay algún médico a bordo?

Pasajeros y tripulantes de cabina atienden una indisposición en pleno vuelo./Reuters / RC
Pasajeros y tripulantes de cabina atienden una indisposición en pleno vuelo. / Reuters / RC

En el 90% de los aviones viaja un doctor. Los kits de emergencia han mejorado, pero hay crisis difíciles de superar a 10.000 metros. Un centenar de pasajeros mueren al año, la mayoría de infarto

INÉS GALLASTEGUI

Sin desbancar a «Siga a ese taxi», la frase «¿Hay un médico a bordo?» la hemos oído en infinidad de películas, aunque a la mayoría solo nos venga a la cabeza la cara de Leslie Nielsen en la desternillante y absurda 'Aterriza como puedas' respondiendo que sí... con un fonendo al cuello. Fuera de las pantallas, la pregunta no es tan frecuente -se oye en uno de cada 604 vuelos-, pero la respuesta es 'sí' en nueve de cada diez casos, según los investigadores que se han entretenido en comprobarlo. Pese a todo, es mejor no ponerse enfermo a 10.000 metros de altitud: solo un 7% de los vuelos es desviado por razones médicas en todo el mundo y cada año se producen más de cien muertes en el cielo, el 86% de ellas por infarto.

Los médicos son muy viajeros, ya que vuelan por vacaciones y van a congresos. Los pasajeros, por su parte, crecen -fueron 4.300 millones en 2018- y envejecen: cada vez más personas mayores se atreven a hacer rutas transoceánicas. La alteración de los horarios de comida y sueño, la deshidratación y la fatiga típicas de las horas previas a un viaje aéreo, junto a los nervios y la ingesta de fármacos o alcohol para calmarlos -o no-, pueden desencadenar problemas gastrointestinales, mareos y síncopes o agravar dolencias previas.

A veces, tener la suerte de que haya un médico a bordo marca la diferencia. Hace mes y medio, la joven residente cordobesa Estefanía García respondió a la petición de auxilio de las azafatas en un vuelo a París y salvó la vida de una pasajera francesa que había sufrido un shock anafiláctico al comer un postre con piña, a la que era alérgica. Le mantuvo abiertas las vías respiratorias con una cánula y le inyectó una dosis de adrenalina que le facilitó el personal de cabina. Aunque logró estabilizarla, la mujer sufrió una segunda crisis y, por recomendación de Estefanía, el vuelo aterrizó en Nantes para trasladarla a un hospital. «Es una situación que nunca quieres que te pase. Vi que se moría y simplemente actué. Fue muy gratificante», dice la cirujana en formación.

El médico a bordo puede opinar, pero solo el piloto decide si desvía un vuelo

Aunque hacerlo les arruine el viaje, la gran mayoría de los médicos se ofrece a ayudar por motivos éticos. En España, además, están obligados por ley: los artículos 195 y 196 del Código Penal establecen penas de multa, cárcel o inhabilitación para quienes incurran en omisión del deber de socorro, recuerda el catedrático de Medicina Legal José Antonio Lorente.

En Estados Unidos, donde la ley no les obliga a prestar auxilio, muchos facultativos eran reacios a identificarse para evitar las temidas demandas civiles, hasta que en 1998 se extendió a los cielos la 'ley del buen samaritano', que les protege de eventuales reclamaciones. En España no existe tal cosa, pero tampoco tenemos la cultura indemnizatoria tan desarrollada como en el país de los abogados 'cazadores de ambulancias'. «Un profesional que actúe de modo manifiesto con negligencia, impericia o imprudencia sería demandable por parte de los perjudicados, en un avión o en un submarino», afirma el forense.

Todos los médicos, sea cual sea su especialidad, comparten una formación básica que les permite afrontar una amplia variedad de emergencias con garantías. «Eso incluye ser prudente, conocer las propias limitaciones y hacer un pronóstico; es decir, predecir qué puede pasar», explica Lorente. La mayoría de sus seis o siete pacientes aéreos eran gente de edad con síncopes y bajadas de tensión y solo uno aparentemente grave, un hombre con una fiebre altísima de origen poco claro: «Íbamos a Chicago y el comandante me ofreció desviar el vuelo a Montreal. Le dije que no hacía falta». El piloto siempre tiene la última palabra y en su decisión también pueden pesar factores económicos: un aterrizaje de emergencia cuesta miles de euros y es un incordio para los clientes.

A 10.000 metros

132
muertes se producen anualmente en aviones, según una investigación publicada en The New England Journal of Medicine en 2013, que calcula en un 0,3% la tasa de muertes entre las 44.000 emergencias médicas registradas. Las más frecuentes son síncopes (37%), problemas respiratorios (12%), vómitos y náuseas (9,5%), problemas cardiacos (8%), crisis psiquiátricas (3,5%) e ictus (2%). Los infartos representan solo el 0,3%.
Kits de emergencia
Los vuelos transoceánicos están obligados a llevar un botiquín de primeros auxilios con material básico como vendas, guantes, termómetro o desinfectante y fármacos como analgésicos, antihistamínicos y antidiarreicos, que puede utilizar la tripulación, y un botiquín médico que solo puede ser manejado por profesionales cualificados y contiene sondas, jeringuillas, mascarilla y todo tipo de fármacos para intervenir en casos graves como infartos o shocks alérgicos. Tras su uso, el médico debe rellenar un parte con sus datos y el tratamiento disp
92%
de los vuelos tienen al menos un médico entre el pasaje, según un estudio realizado en 2017 por el aeropuerto de Gatwick. Además, la tripulación puede contactar vía telefónica con servicios de emergencia públicos o privados.

El personal de cabina debe tener formación en primeros auxilios -por ejemplo, sabe hacer una resucitación cardiopulmonar o una maniobra de Heimlich para resolver un atragantamiento- y está entrenado para mantener la calma y el orden. Manuel Liñán, coordinador de Urgencias en el Hospital de Neurotraumatología de Granada, está acostumbrado a ver a personas en estado gravísimo, pero admite que en un avión todo cambia. «No dominas el escenario y a veces ni tienes el aparataje necesario ni puedes valorar bien los síntomas, tomar el pulso o escuchar la respiración con el ruido de los motores y la falta de espacio», argumenta el facultativo. En su vida se ha topado con dos emergencias: un epiléptico con una crisis convulsiva -«Había que ponerlo en posición de seguridad, de lado, y evitar que se mordiera la lengua y que se golpeara. Sabes que dura dos minutos, pero parecen dos horas»- y un hombre con dolor torácico y síntomas muy parecidos a los de un infarto; resultó ser una crisis de ansiedad y se le pasó soplando en una bolsa y escuchando la voz tranquilizadora del doctor.

Hospital de campaña aéreo

La nefróloga Magdalena Palomares tuvo peor suerte: salía sin dormir de su guardia en el Hospital Carlos Haya de Málaga cuando embarcó con su marido y su hijo en un vuelo a Cuba para pasar la Nochevieja de hace seis años. A las dos horas, avisaron por megafonía de que hacía falta un médico y al poco rato se encontraba administrando suero y analgésicos en vena a un norteamericano con un fuerte dolor abdominal y unas cuantas copas de más. Cuando alcanzaron las Azores, punto de no retorno antes de sobrevolar el Atlántico, el comandante le pidió que valorara la situación; ella diagnosticó una posible pancreatitis, se mostró partidaria de continuar el vuelo y se ofreció a acompañar al paciente las ocho horas de trayecto. Pero aquella aeronave con 500 personas a bordo aún le reservaba sorpresas y, al cabo de un rato, un señor perdió el conocimiento. Era hipertenso y obeso, así que acabó ingresando en el pequeño 'hospital de campaña' de Magdalena en la parte trasera del avión. «Le puse las piernas en alto y le di oxígeno y en una hora estaba mejor», recuerda. A su llegada a La Habana les esperaban dos ambulancias.

Aparte de la gratitud del piloto, la doctora Palomares no recibió nada a cambio del peor vuelo de su vida. Algunas compañías aéreas empiezan a corregir ese descuido: Lufthansa impulsa desde hace unos años el programa 'Arzt an Bord' (Médico a bordo), por el que compensa con millas gratis, descuentos y otras ventajas a los facultativos que atienden pacientes en los vuelos de la compañía. Ya tienen a 10.000 registrados, así que no necesitan alarmar al pasaje con el aviso: localizan al médico directamente en su asiento.

Hay otras formas de agradecimiento. El doctor Vicente Moreno, ya jubilado, se dirigía al Congreso Mundial de Neurología de Sidney en 1995 con la compañía Singapore Airlines cuando pidieron por megafonía un médico: una integrante de la tripulación se encontraba indispuesta. «Íbamos cincuenta, pero no podía ser varón», recuerda. La especialista que acudió a la llamada no tuvo que exhibir la agudeza del doctor House para advertir que la estilizadísima silueta de aquellas figuritas de porcelana tenía truco: fue aflojarle el corsé y mejorar la azafata. «No sé si fue la compañía o la familia de la auxiliar de vuelo, pero a la médica le invitaron a viajar a Singapur».

Operar con percha y coñac francés

El cirujano británico Angus Wallace se hizo famoso en 1995 tras operar a vida o muerte en un vuelo Hong Kong-Londres a una mujer que se había perforado un pulmón en un accidente de moto poco antes de embarcar. El aterrizaje se descartó porque el aumento de la presión habría podido matarla. La operó con una percha, un catéter urinario, una botella de agua y coñac francés como desinfectante. Hoy las normas internacionales obligan a las compañías a llevar un botiquín de primeros auxilios y a formar a la tripulación en su uso, explican fuentes de la Agencia Española de Seguridad Aérea. Las aeronaves con más de 30 asientos también tienen que estar equipadas con un botiquín médico para emergencias cuando cualquier punto de la ruta prevista se encuentre a más de 60 minutos de vuelo de un aeropuerto con acceso a asistencia médica cualificada. El desfibrilador no es obligatorio, pero muchos aviones lo llevan.