El lobo de la sabana

Hissene, con atuendo militar, en su feudo del noreste de la República Centroafricana, que controla desde hace años. / r. c.
Hissene, con atuendo militar, en su feudo del noreste de la República Centroafricana, que controla desde hace años. / r. c.

Abdoulaye Hissene, señor de la guerra centroafricano, instiga desde hace una década matanzas religiosas y étnicas en su propio provecho

GERARDO ELORRIAGA

Los relojes de oro, los trajes cortados a medida y los vehículos de lujo constituyen las pasiones de Abdoulaye Hissene, un osado emprendedor capaz de encontrar oportunidades de negocio en el infierno o de provocar el apocalipsis para llevar a cabo ambiciosas iniciativas comerciales. Su personalidad y vestuario mudan en función del objetivo. Puede ser el comandante en uniforme de campaña que arenga a las tropas, pero también el impecable ejecutivo embutido en un 'armani' a bordo del 'jet' privado. La ONG estadounidense The Sentry, impulsada por el actor George Clooney, ha publicado un informe que aborda la vida y obra de este señor de la guerra de Centroáfrica, desvelando que, tras la apariencia de un conflicto civil, se libra una feroz competencia empresarial.

La rivalidad entre los caudillos locales es tan intensa que no dudan en aliarse o luchar a dentelladas cuando pugnan por el mismo filón. 'El que lobos apacenta no quiere ovejas', asegura un viejo refrán castellano que desconoce, al parecer, Faustin-Archange Touadera. El presidente centroafricano confía en estas bestias con piel de cordero capaces de diezmar el rebaño, o tal vez es plenamente consciente de que su propia supervivencia política depende de la alianza con aquellos que, en realidad, tan solo pretenden su propio provecho. El dirigente, con un mandato 'de facto' que apenas se extiende más allá de la capital, Bangui, ha nombrado asesores militares a tres comandantes milicianos sospechosos de cometer crímenes de guerra.

No se halla entre ellos Hissene, radicado actualmente en su bastión de Ndélé, en el noreste del país. Hubo un tiempo en el que llegó a ostentar la cartera de Juventud y Deportes, cuando era considerado el protector de la minoría musulmana y reclamaba justicia para los suyos, la etnia runga, o la creación de un Gobierno federal y otras propuestas que enmascaraban sus verdaderas intenciones. Ahora se enfrenta a una orden de arresto internacional dictada por el Consejo de Seguridad de la ONU. Pequeños gajes del oficio.

Mandó decapitar a un joven musulmán como él para culpar a los cristianos e iniciar una guerra

Él no provocó la guerra. Simplemente, supo adecuar sus estrategias al nuevo escenario. Hissene, hijo de un guardia forestal, se dedicó al principio a la compraventa de oro en una tierra rica en yacimientos auríferos y diamantíferos, pero la suerte le dejó de lado. Acosado por las deudas, huyó a Chad, donde se dedicó a la venta de coches de alta gama, una aventura comercial que le abrió las puertas de la elite de aquel país, habitual tutor de la débil Centroáfrica.

Con piel de cordero

La oportunidad de resarcirse de su mala suerte apareció hace diez años, cuando el Gobierno centroafricano pactó con una milicia un acuerdo de paz que garantizaba la amnistía remunerada y el control político de su territorio, con ricos recursos minerales. El acuerdo impulsó la creación de otras guerrillas, deseosas de alcanzar las mismas prebendas y repartirse el país. Entonces, el vendedor de automóviles se reconvirtió en líder de su comunidad y creó la Convención Patriota por la Justicia y la Paz (CPJP), una empresa camuflada bajo la apariencia política. En realidad, aspiraba a su trozo del inmenso pastel.

El ascenso de Hissene radica en una visión comercial sustentada en la absoluta falta de escrúpulos. En 2013 el país fue sometido por la coalición Séléka, de orientación islámica, pero tras nueve meses de terror fue desplazada del poder gracias a la intervención de tropas francesas. Los anti-Balaka, grupos de autodefensa de fe cristiana y animista, se cobraron la revancha y miles de musulmanes huyeron del país. Una minoría sobrevivió atrincherada en el barrio capitalino del PK5. El antiguo marchante automovilístico actuó como adalid de los perseguidos y los protegió frente a los ánimos de venganza.

Pero tan solo se trataba de una estratagema. La verdadera fe del señor de la guerra radica en los beneficios y sus correligionarios eran únicamente un instrumento muy rentable. Les impuso un tributo mafioso y la investigación sostiene que mandó decapitar a un joven de su mismo credo con la intención de achacar el asesinato a los cristianos e incitar al conflicto interreligioso. También que, hace cuatro años, ordenó disparar contra una fila de musulmanes que esperaban su turno para votar en el referéndum de la nueva Constitución, otra maniobra encaminada a descarrilar el proceso.

«Nosotros queremos destruir el país para reconstruirlo entero», confesó en una carta al presidente chadiano. En su afán de riqueza, no conoce lealtades. También espoleó a los cristianos contra los ganaderos mahometanos Bria, acusándolos de invasores extranjeros y provocando una oleada de degollamientos. Nuevamente, le movía el interés, en este caso por apropiarse de sus ganados y minas de oro. Ali Darassa, el líder de la comunidad atacada, claudicó y firmó un acuerdo para repartir los recursos. Hissene acudió a la firma vestido con un impecable terno. Sin acritud. Son solo negocios.

El descubrimiento de su cínica pericia y sus operaciones comerciales encubiertas le atrajo el repudio general. El dosier da cuenta del uso de una red de compañías pantalla para llevar a cabo tráficos ilícitos de oro y diamantes en Kenia, Camerún, Congo y Angola, o el uso de identidades falsas para abrir cuentas bancarias. En 2017, Estados Unidos le prohibió entrar en su territorio y decretó la congelación de sus activos financieros, y las naciones involucradas en buscar la paz en el país, caso de la UE, China o Rusia, dictaron medidas para evitar el blanqueo del dinero negro generado.

Naciones Unidas anunció hace un año el establecimiento del Tribunal Penal Especial para Centroáfrica, encargado de juzgar las mayores violaciones de los derechos humanos cometidas en la región. Tiene un difícil cometido, ya que los señores de la guerra, los culpables del caos actual, son también interlocutores necesarios para alcanzar la paz. Las ONG como Human Rights Watch han solicitado que no se recompense con amnistías a quienes han provocado la muerte de civiles y desplazamientos masivos.

Lejos de amedrentarse, en 2018 Hissene coordinó una nueva alianza antigubernamental y envió sus tropas contra algunas de las poblaciones más importantes. Las últimas noticias señalan que permanece en sus feudos del noreste y se sigue pertrechando con las armas que importa a través de Sudán, impaciente por abrir nuevas franquicias. «Mis hombres en Bangui esperan la luz verde», ha advertido con bravuconería. Mientras tanto, el presidente, tras 18 meses de negociaciones, ha alcanzado acuerdos con algunos de sus aliados, en una demostración de ambivalencia tan característica de la torturada Centroáfrica. El riesgo de la operación es elevado, tal y como advierte otra sentencia carpetovetónica: 'Arrimarse a la boca del lobo es de hombre bobo'.