Filántropos sin fortuna

Uno de los equipamientos oncológicos de última generación donados por la Fundación Amancio Ortega (abajo) para un hospital público de Logroño. / m. herreros
Uno de los equipamientos oncológicos de última generación donados por la Fundación Amancio Ortega (abajo) para un hospital público de Logroño. / m. herreros

Mientras los anglosajones aplauden a los millonarios que donan dinero a causas sociales, en España los benefactores prefieren pasar desapercibidos para ahorrarse críticas

JAVIER GUILLENEA

A Robert F. Smith no le hacen una estatua porque es demasiado pronto y, además, está vivo, pero todo se andará. El multimillonario norteamericano se ha ganado un lugar en el corazón de sus conciudadanos tras anunciar por sorpresa que se hará cargo de la deuda de estudios contraída por los 396 alumnos de la promoción de 2019 del centro universitario Morehouse College. Smith desembolsará 40 millones de dólares, que tampoco es excesivo si se tiene en cuenta que su fortuna estimada asciende a 5.000 millones, pero eso es algo que no les importa a los agraciados.

El anuncio fue acogido con gritos de alegría y lágrimas emocionadas, muy al estilo estadounidense. Las redes sociales, siempre raudas y veloces, se inundaron de elogios y hasta el mismísimo Spike Lee, antiguo alumno de Morehouse College, publicó en Instagram un vídeo de agradecimiento. «Robert Smith: el afroamericano más rico de Estados Unidos. Gracias, gracias, gracias», dijo el director de cine, antes de cantar algunos compases del himno universitario. Una fiesta, en resumen.

El presidente y fundador de Inditex, Amancio Ortega, donó hace dos años 309 millones de euros para la adquisición de más de 290 equipos oncológicos de última generación destinados a hospitales de todas las comunidades autónomas. Si el empresario esperaba escuchar aplausos, ha tenido que oír lo contrario. A Ortega, que cuenta con una fortuna de 56.000 millones de euros, le han llamado de todo por comprar las dichosas máquinas. De él han dicho que es un rácano por donar tan poco, le han acusado de evasor fiscal, de explotador sin escrúpulos y de hipócrita por buscar publicidad con la donación. Su acto filantrópico ha sido objeto de debate político entre quienes se niegan a aceptar «limosnas de multimillonarios» y quienes recuerdan que los nuevos equipos médicos salvarán vidas. No es la primera vez que ocurre. Siempre que Amancio Ortega afloja la cartera y paga una ronda, un sector de la sociedad española se le echa encima y le acusa de malvado.

Ser filántropo en España no es tarea fácil. Nada que ver con EE UU, donde los adinerados reparten donativos a plena luz del día sin que les importe el qué dirán. Aquí no, aquí se les mira con recelo, como si en el hecho de donar dinero ocultaran un oscuro secreto o el deseo de expiar un pecado inconfesable. «En nuestro país la filantropía es muchas veces clandestina. Hay gente que crea una fundación y no lo dice para no recibir tortas», admite Javier Nadal, presidente de la Asociación Española de Fundaciones (AEF), que cada año concede el premio al filántropo más destacado. «Algunos no han querido recibirlo para no tener que dar la cara», recuerda.

Sociedad civil

Son culturas distintas. En Estados Unidos los benefactores están incrustados en la esencia del país, forman parte de él desde la independencia. «Cuando Tocqueville viajó allí le asombró el elevado grado de asociacionismo y la capacidad de compromiso de la gente por el bien común. Vio una sociedad civil muy potente que reconoce el valor de las personas que donan», explica Nadal.

El asociacionismo es vital en los países anglosajones, donde la falta de cobertura estatal obliga a cada ciudadano a buscarse la vida para procurarse atención sanitaria o una buena educación. En Europa es el Estado el que proporciona estos servicios, lo que hace, según Catalina Parra, presidenta de la fundación Hazloposible, que «la gente se lo pida todo». Y no siempre se puede llegar a todo. «Dicen que la filantropía va en contra del Estado del bienestar, pero eso no es cierto», sostiene Javier Nadal, que pone como ejemplo la Seguridad Social. «Todos estamos orgullosos de nuestro sistema de salud, pero si aparece una enfermedad rara que no es atendida por este sistema, enseguida nace una fundación para investigarla y apoyar a los enfermos. No surgen para competir, sino para complementar».

Donantes

Causas caritativas
Las causas filantrópicas con mayor participación de donantes en la Unión Europea son las que atienden proyectos relacionados con niños y jóvenes, derechos humanos y desarrollo internacional.
190
euros es la donación media de los españoles a organizaciones sin ánimo de lucro. El segmento de ingresos que más aporta es el situado entre 30.000 y 60.000 euros.
En Europa
En el conjunto de la Unión Europea, el volumen de donaciones benéficas alcanzó en 2017 un total de 85.000 millones de euros. Los países con mayor volumen de donaciones fueron Reino Unido y Alemania. Muy por debajo de ellos figuran Italia, Francia, Holanda yEspaña.

En España hay casi 8.900 fundaciones en activo. Son organizaciones sin fin de lucro que invierten más de 8.000 millones de euros en proyectos de interés general, que han beneficiado a 35 millones de personas. El 85% de los fondos que reciben tienen origen privado y, de este porcentaje, el 75% proviene de empresas y el resto, de donantes individuales.

Todas estas donaciones desgravan a Hacienda. En el caso de las personas físicas, y para facilitar el micromecenazgo, los primeros 150 euros se benefician de una deducción del 75% en la cuota íntegra del IRPF. Lo que exceda de esa cantidad tiene, hasta un límite del 10% de la base imponible, una deducción del 30%, que aumenta al 35% en el supuesto de que el donativo se haya repetido en los dos años anteriores. Para las donaciones realizadas por personas jurídicas, la deducción en la cuota del Impuesto de Sociedades es del 35%, y del 40% en caso de reiteración. El límite del 10% también se establece aquí como cortafuegos, aunque las cantidades que no se hayan podido deducir pueden ser compensadas en los diez años siguientes.

Dinero recuperado

Esta normativa le permitirá a Amancio Ortega e Inditex recuperar entre 108 y 123 millones de euros. Son cantidades en las que se basan quienes consideran que la donación del creador de Zara obedece más a una estrategia fiscal para eludir impuestos que a un intenso amor por sus semejantes. «El problema es que todo se mezcla sin ningún sentido. En España, un 24% de la población colabora con alguna entidad no lucrativa y no pedimos a cada donante que diga si paga o no sus impuestos. Hay que separar lo que es el cumplimiento de la normativa fiscal con lo que donan las empresas», recalca Fernando Morón, director gerente de la Asociación Española de Fundraising.

Si Ortega fuera de otro país habría deducido más y mejor. En Estados Unidos, la desgravación fiscal puede llegar a ser del 100% y en Brasil o Países Bajos, del 80%. Como régimen general, en Francia se mantiene una deducción del 66% en el IRPF y un 60% del impuesto de sociedades. «Nosotros estamos fatal», concluye Catalina Parra.

Y, a pesar de todo, en España hay filántropos. «Son más de lo que parece, aunque no es para echar cohetes. No lo hacen por deducción fiscal ni por imagen; su motivo principal es que quieren devolver a la sociedad lo que han recibido de ella», afirma la presidenta de Hazloposible. Es lo que algunos llaman limosna, un concepto que rechaza Morón. «No se trata de eso, sino de crear una sociedad donde la colaboración sea lo normal», recalca. El reto es lograrlo en un país donde, como insiste Nadal, «hay gente que decide no donar para no recibir bofetadas». La asociación que preside está empeñada en romper el muro de la desconfianza y mejorar la imagen de los benefactores para que sean cada vez más visibles y comiencen a tejer con su ejemplo una «sociedad civil comprometida con el bien común». Pero no es fácil.

«La filantropía se contagia. Si uno ve que el de al lado ha donado una cantidad, acaba animándose y también da», explica Parra. Es un argumento con dos caras, porque «también se contagia el miedo a contarlo», que es lo que está sucediendo y lo que avivan casos como el de Amancio Ortega. «En una reunión pueden juntarse dos filántropos sin saberlo porque nadie se lo dice al otro, cuando lo que tendrían que hacer es comentar sus proyectos para aportar nuevas ideas», dice Parra. Pero no es eso lo que ocurre, al menos en España. Aquí los benefactores, los altruistas, están más tranquilos en la clandestinidad. No se fían del prójimo.