El joven español estudiante de Bachillerato que ha inventado su propio satélite

Julián Fernández muestra el picosatélite en el que lleva trabajando casi un año. / r. c.
Julián Fernández muestra el picosatélite en el que lleva trabajando casi un año. / r. c.

Un adolescente gaditano de 16 años fabrica el satélite más pequeño hecho en España y tercero en el mundo. «Será lanzado en octubre y cualquiera podrá conectarse a él»

SUSANA ZAMORA

Tiene 16 años y estudia cuarto de la ESO. En apariencia, un adolescente más. Pero Julián Fernández (La Línea de la Concepción, 2002) está en otra órbita. Hace un año que su vida gira en torno a un satélite, el FossaSat-1, que en octubre será lanzado al espacio para crear una red de telecomunicaciones global para el internet de las cosas, completamente abierta y gratuita. «En general, servirá para la monitorización de cualquier tipo de sensor, ya sea para enviar mensajes de socorro en casos de emergencia o, si está instalado en mitad del campo, poder detectar si falta humedad y activar el riego automático», aclara Fernández desde su «centro de operaciones».

Allí, en el dormitorio de su casa, en Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde reside desde hace año y medio, lleva trabajando once meses en este dispositivo autónomo en forma de cubo, de cinco centímetros de lado y apenas 250 gramos de peso. Un invento extraordinario, dado que este picosatélite (categoría que engloba a los que pesan entre 100 gramos y un kilo) es el más pequeño construido hasta la fecha en España y el tercero en el mundo, pero con todos los componentes necesarios para realizar labores de comunicaciones y adaptarse a cualquier otra necesidad, como fotografiar la Tierra. «En realidad, es una misión muy grande para un satélite muy pequeño», subraya Fernández. Su gran ventaja reside en la simplicidad del diseño y su coste: 1.000 euros la fabricación y entre 20.000 y 30.000 euros su lanzamiento desde Nueva Zelanda. Lo llevará a cabo la empresa Rocket Lab, que usará un mismo cohete para poner en órbita el FossaSat-1 y otro conjunto de satélites privados también de pequeñas dimensiones. Por suerte, el peso en órbita marca el precio, «es decir, si el dispositivo tiene menos volumen, menos va a costar lanzarlo», precisa Fernández.

Fue hace un año cuando de forma inesperada surgió todo. «Un grupo de estudiantes de todo el mundo nos reunimos en un foro de internet y se nos ocurrió la idea loca de construir un satélite. Tomada la decisión, lo que siempre tuvimos claro es que debía ser lo más pequeño posible porque, siendo estudiantes, no íbamos a tener grandes recursos para desarrollarlo», explica. Con el proyecto impulsaron una asociación sin ánimo de lucro, Fossa Systems, que hace un mes inició una campaña de 'crowdfunding' para recaudar el dinero necesario para el lanzamiento.

«Hay quien piensa que el proyecto es una locura; nosotros también lo creemos»

Hasta el momento solo han obtenido 1.200 euros, pero esperan conseguir la colaboración de empresas privadas, «ya que en España no hay inversión pública para este tipo de investigaciones», lamenta Fernández. «Lanzar un satélite es algo muy complicado. Hay que tramitar autorizaciones con ministerios, la Unión Internacional de Telecomunicaciones, la de Radioaficionados... Son más de 300 páginas de papeleo donde tienes que demostrar que el satélite no va a poner en peligro a nadie», detalla el joven investigador. En ese periplo ha habido instituciones que han considerado su proyecto «una locura». «En realidad, nosotros también lo creemos; ha costado que lo entiendan y solo lo han hecho cuando hemos podido demostrar que íbamos en serio».

Democratizar el espacio

Julián es el principal artífice de un proyecto (hay otro compañero británico que se encarga del software) cuya misión principal es «democratizar las telecomunicaciones. Primero, facilitando el acceso al espacio con satélites pequeños y más baratos y, segundo, con este picosatélite, que va a crear la primera red global en abierto de dispositivos del internet de las cosas para que cualquiera se pueda conectar sin costes», explica Fernández. Para lograr esa conexión solo será necesario un receptor pequeño, con antenas compactas y baterías de larga duración, que se puede adquirir en Internet por apenas tres euros.

Este será uno de los primeros satélites en el mundo en utilizar una nueva modulación de radiofrecuencia (una tecnología inalámbrica como lo son también el bluetooth, la wifi o la conexión celular GSM de un teléfono), en la que la velocidad de transmisión de datos es inferior, pero su alcance es mucho mayor. Además, toda la documentación del proyecto (diseños, hardware, software...) está disponible en su web. «Cualquiera puede consultarla y ayudarnos, si lo desea», desliza Fernández.

Desde que este joven linense tiene uso de razón siempre le apasionó «todo lo que tuviera que ver con el espacio y con lo que vuela, desde aviones a drones autónomos y satélites». Por su mente sobrevuela la idea de sacarse la licencia de piloto y titularse como ingeniero aeroespacial en la Universidad Tecnológica de Delft (Holanda). Mientras tanto, para matar el gusanillo ha construido en su propia habitación un simulador de vuelo de un Boing 737. «Solo es vocación», confiesa. Demasiada modestia: a sus 16 años ha dado conferencias en la Agencia Espacial Europea y en las universidades Politécnica y Rey Juan Carlos de Madrid.

Su pasión por la ingeniería aeroespacial, su capacidad de aprendizaje y su pundonor han forjado un espíritu autodidacta al que no se le ha resistido ningún obstáculo. La construcción de este satélite le ha requerido profundizar en conocimientos en matemáticas y física «que ni alumnos de fin de máster tienen», reconoce. «Internet es un ejemplo de la democratización del conocimiento. Allí he podido leer decenas de tesis y he hecho contactos que me han ayudado a resolver cada problema; es cuestión de buscarse la vida», sentencia.