El Refugio se atrevió con la tormenta

El Cristo del Refugio, una talla anónima del siglo XVI, sale de la iglesia de San Lorenzo sobre su impresionante trono plateado./Javier Carrión / AGM
El Cristo del Refugio, una talla anónima del siglo XVI, sale de la iglesia de San Lorenzo sobre su impresionante trono plateado. / Javier Carrión / AGM

El mal tiempo mantuvo en vilo a los hermanos de San Lorenzo hasta el comienzo de su procesión

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍAS

Nueve de la mañana en San Lorenzo. Unos cuantos operarios ordenan los faroles que portarán a la noche los hermanos del Silencio mientras el célebre trono plateado, ladeados los bancos del templo con cierto desorden medido, preside adornado la alta nave de la parroquia. Afuera resuena, aunque mitigado por las pesadas puertas entreabiertas de la iglesia, el runrún de los camiones de reparto. Lo que ocurre en el exterior es el problema. Varios cofrades ultiman los detalles de un desfile que, a esas horas y a la espera de que el sol aclare el cielo, resulta incierto.

La procesión de mayor luto de la ciudad de Murcia no comenzó este año a las diez en punto de la noche. A esa hora ya había poco que hablar. De hecho, cuantos engrosan las filas de este desfile que recorre una ciudad a oscuras poco tienen que decirse a esas horas. O nada, si tenemos en cuenta que hacen voto de silencio hasta que, ya de retorno, se arrodillen para que su Cristo termine de cumplir la estación de penitencia.

El mal tiempo mantuvo en vilo a los hermanos de San Lorenzo hasta el comienzo de su procesión

Desde primera hora de la mañana, miles de cofrades atendieron los pronósticos de lluvias que, finalmente, no impidieron el cortejo

El desfile de la noche de este jueves, en realidad, arrancó bien temprano, con miles de murcianos mirando al cielo que, como corresponde a la Pasión, amenazaba con derretirse de un momento a otro. Al menos, aunque poco consuelo tuvieran por ello, en esta procesión no se regalan caramelos.

Ni falta que hace. Salvo que así se consideren las voces de las corales y los auroros que se elevan en algunas esquinas y plazas para honrar al sagrado titular. Muchos de estos cantores también preguntaban inquietos por los partes del tiempo, cuando apenas tiempo les iba quedando para afinar sus voces. Así es nuestra Semana Santa. Una paradoja más. Porque en esta tierra tan falta de agua suele presentarse cuando menos conviene. Y así fue pasando el día, ensombreciendo al compás de las nubes y alguna ventolera por la tarde el ánimo de tantos penitentes.

Aviso a media tarde

Entretanto, allí seguía, en apariencia ajeno a la desesperanza, el magnífico Cristo del Refugio, al que ni siquiera empequeñece el enorme trono de varales plateado que anda a golpes de campana. Ya entrada la tarde, un chaparrón enturbió por unos minutos la intención de los responsables de la cofradía, aunque las consultas a los partes meteorológicos calmaron los ánimos. Eso, sin contar que la noticia sobre la suspensión del otro desfile de la tarde, la procesión de la Soledad del Carmen, tampoco sirvió para animar a nadie. Tocaba esperar. La agonía se mantuvo hasta la hora de arranque de la procesión que salió a las calles de una ciudad desapacible y fría, con menos público que otros años y, aunque muchos evitaran comentarlo, con la amenaza de que, en cualquier momento, las lluvia hiciera su aparición de nuevo.

Acompañó de esta forma el mal tiempo a la noche más triste y esperanzadora del año para muchos cristianos, pero donde no faltó, un año más, la salida de una de las tallas que más devoción despierta entre muchos parroquianos. Al cierre de esta edición aún andaba el Refugio plantando cara a la tormenta.