El Señor de la Caridad disfruta la primavera

Paso de La Flagelación, de Hernández Navarro, durante su recorrido por el centro de Murcia./Edu Botella / AGM
Paso de La Flagelación, de Hernández Navarro, durante su recorrido por el centro de Murcia. / Edu Botella / AGM

El cortejo devuelve a las calles más nazarenas de Murcia la devoción por el rigor y las tradiciones huertanas

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍAS

Mucho habría que elucrubrar, si acaso a la talla diéramos alguna capacidad de raciocinio, para concluir qué pensaba el nuevo sayón que ayer estrenó en su espléndido desfile la Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad, la que inundó por segunda vez y tras el Amparo la carrera nazarena del más selecto rigor huertano en sus vestimentas, el moverse de los pasos y, por encima de todo, ese tesoro inmaterial que supone el tintineo de las lágrimas de cristal en las tulipas.

Porque ayer, como siempre sin demasiado ruido, el escultor José Hernández Navarro completó el trono que en su día imaginara para esta cofradía que parte desde el templo reparador de Santa Catalina y que, como resulta evidente, ha sabido dotar su desfile de tallas de mayor calidad artística en los últimos años.

Retemblaban los aledaños de la remota plaza cuando arrancó una procesión que, por el buen tiempo, ya contaba con miles de murcianos dispuestos en sus sillas a lo largo de la carrera para verla pasar.

Avanza el cortejo en orden y medido, firmes los estantes bajo la tarima, entregados en las filas los penitentes, serviciales los mayordomos, alzado el pendón hacia el cielo de primavera. Y junto a la entrada se acumulan los presentes que estos nazarenos de ley han entregado para aliviar las penas de los que sufren. San Juan antecede a la Madre de las Madres, a María Dolorosa, pequeña María que tallara el maestro Salzillo, boquita entreabierta por donde quisiera deslizarse el primer relente, leve y agradecido, de la noche. Esta es la primera que imaginó Salzillo, de túnica encarnada y manto azul, de frágil camisa de puntilla sobre su pecho, de manos que se extienden inquisidoras.

El paso anda solemne cruzando la urbe, que es un teatro improvisado, repleta hasta la quinta o sexta fila de espectadores, que ésa es otra penitencia, el ver pasar la tarima que pasa, pero se queda. ¡Cuántos estantes cabales clavan su sudor en ella!

Los niños, alborozados, extienden felices sus bolsas, donde cae el primer puñado, ¡pastillas de bergamota! «¿Qué se dice al nazareno?», pregunta el abuelo. «¡Gracias, señor!», le espeta el crío, obediente y educado.

Honor al titular

Al Cristo de la Caridad lo frecuentan todo el año los murcianos, en su capilla del lateral de Santa Catalina, hasta donde se acercan muchos para abandonar, aunque solo sea un instante, la algarabía de la Murcia metropolitana. Pero es en esta tarde de corinto engalanada cuando, al alzarse sobre la ciudad frente a la Inmaculada, aun estando ya muerto, devuelve tantos ruegos a cuantos lo aguardan bajo el templo sin techo de la Semana Santa murciana.