Jueves Santo en Murcia

Refugio en un aniversario de silencio

El trono del Santísimo Cristo del Refugio, sobre un calvario de rosas rojas, a su paso por la calle Trapería./VICENTE VICÉNS / AGM
El trono del Santísimo Cristo del Refugio, sobre un calvario de rosas rojas, a su paso por la calle Trapería. / VICENTE VICÉNS / AGM

La Cofradía de San Lorenzo celebra los 75 años desde que pusieron en la calle su primera procesión

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

Noche negra en Jueves Santo, de susurros compartidos y de saetas y cánticos. Murcia en Jueves Santo es la noche del silencio, de la oscuridad infinita que se extiende en San Lorenzo. Es la madrugada del luto, del dolor y el desconsuelo, de un hombre que para ser Dios se hizo Cristo primero. Avanza un riachuelo negro. Las puertas de la parroquia se abren, se detiene el universo pero antes, sin mediar ni una palabra se ha organizado el cortejo. Silencio, silencio, silencio. ¿Para qué emplear palabras si sobra solo con verlo? ¿Quién podría a la Pasión añadir siquiera un verso? Todo parece cumplido cuando, de pronto, allá dentro, suena la campana antigua y el trono alza su vuelo.

Calles y nubes oscuras, no hay pájaros que arañen el cielo, ni música ni más lamento que el andar firme y sereno de El Crucificado que arranca suspiros en San Lorenzo. «Papá, ¿está muerto?», pregunta un niño. «¡Pero por poco tiempo!». La procesión, que cumple su 75 aniversario, va pasando sobre un lecho de sombrío asfalto, sin caramelos. Túnicas de antifaz morado y, entre las filas, monaguillos que parecen asustados. Como para no asustarse, si no cabe más sufrimiento. Pasa el Cristo del Refugio. Ni las estrellas se atreven a iluminar su rostro. Cubierto de nubes el cielo. El pecho de pena cubierto. Su mirada, derrotada, buscando en las filas consuelo. Pero nadie grita su nombre, nadie acude a socorrerlo, avanza el desfile en silencio.

El Refugio, caída la mirada, entreabre la boca. Como en el instante preciso en que pidiera agua porque se abrasa. Y la va suplicando por Santo Domingo y Trapería, hasta la plaza de Belluga, que rodea sin encontrar siquiera en la Catedral quien le acerque una esponja. Ni lo encontrará en Apóstoles, tampoco en Cetina cuando enfile los últimos metros hacia el templo. La multitud, inquieta, guarda silencio. Esperan el instante final, que parece retrasarse, que nunca llega. Es el momento en que vuelven a crujir las cancelas. Ante San Lorenzo. Pasa y se arrastra el cortejo. En la noche de vigilia, cuando tantos nazarenos apenas duermen porque preparan otros grandes cortejos.

El Viernes Santo se abalanza sobre el trono riguroso y serio. La procesión del Silencio, en una noche despejada que auguraba para hoy la gran explosión 'morá' desde la iglesia de Jesús, reunió a cientos de murcianos en su emotiva recogida cuando, como ya es costumbre, todos los cofrades se arrodillan como tributo al Cristo, que concluye su desfile por Murcia retornando a la parroquia.

Será entonces cuando, ya disuelto el gran desfile, las calles retornen a su incierta tranquilidad de madrugada que, al tiempo, quiebran los cofrades que se dirigen raudos a San Agustín. Solo un sonido distinto a estas voces romperá la tensa madrugada que se avecina. Y es el golpe de la campana que avisa a los estantes para iniciar o detener la marcha, campana que fuera donada por la cofradía malagueña de Jesús el Rico.

Miles de murcianos se congregan a lo largo del itinerario del Crucificado por el corazón de la ciudad, una urbe que apaga sus luces al paso del trono y que enmudece ante el realismo de este Cristo anónimo, del siglo XVII. La madrugada se acerca. La procesión del Silencio, que poco se cumple a lo largo de su recorrido por las innumerables voces que se alzan para honrar a Cristo, que pasa.

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