Los flagelados de la tierra

Cristo de la Flagelación, en su trono, en la procesión del Miércoles Santo. / PABLO SÁNCHEZ / AGM
Cristo de la Flagelación, en su trono, en la procesión del Miércoles Santo. / PABLO SÁNCHEZ / AGM

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

Recibí la invitación para presentar la revista 'El Flagelo', de la agrupación california del Cristo de la Flagelación, que me planteó Pedro Ayala Gallego, hombre de alegría entrañable y presidente de la misma. Asistieron al acto la alcaldesa Ana Belén Castejón, los concejales David Martínez e Isabel García, la Nazarena Mayor, Mariana Larios, y el Pregonero de la Semana Santa 2018, Ángel Julio Huertas.

En esa sesión compartí con los asistentes algunas reflexiones teniendo como ejes vertebradores al Gran Flagelado, Jesús de Nazaret, y a los flagelados de la tierra. Baste contemplar la imagen que procesiona esta agrupación, un Cristo inmerso en su pena insondable, sintiendo una soledad atormentada que refleja a tanta humanidad machacada.

Rehúso a dar las cifras vastas de la barbarie, que podemos consultar en su desmesura por diversos medios. Baste un repaso presuroso por el informe anual de Amnistía Internacional sobre la situación de los derechos humanos en el mundo que actualizan la realidad del Flagelado: detenciones y reclusiones arbitrarias; torturas; atentados contra la libertad de expresión, asociación y reunión; penas crueles, inhumanas y degradantes; desapariciones forzosas o ejecuciones extrajudiciales. Se engarzan estos asuntos con otros que aterran como los atentados terroristas, la violencia contra las mujeres, la persecución de minorías religiosas o la situación de los refugiados.

Así es, el mensaje evangélico se actualiza en cada momento, por eso les propongo retroceder en la historia de esta ciudad, releyendo 'Las cofradías pasionarias de Cartagena', obra monumental que coordinaron Carlos Ferrándiz Araujo y Ángel J.García Bravo, un 'cali' y un 'marra'. Francisco Henares Diaz, toda su producción bibliográfica es cátedra que alumbra, nos acerca en su trabajo sobre religiosidad popular a la Cartagena doliente que se enraíza en su Semana Santa. Vivir en Cartagena ha sido durante siglos una penosa lucha por la supervivencia como consecuencia de su posición fronteriza, los contínuos ataques de la piratería, las mortales epidemias o las desoladoras hambrunas. Alguna vez fue llamada posada de la muerte.

No nos puede extrañar, escribía mi querido amigo Paco Henares, que existan advocaciones como la Virgen del Primer Dolor, la Caridad, la Piedad o el Cristo del Socorro. Es la identificación, de un pueblo con un Jesucristo y su Madre humanizados, doloridos. El Prendimiento expresa ese miedo a la frontera, a ser apresado y arrojado a la oscuridad de la cautividad.

¿Cómo pueden revertir estas situaciones de injusticia? Estos días he recordado un curso que realicé hace, ya demasiados años. Lo impartía el exégeta Juan Mateos, del Instituto Oriental de Roma. Su enorme estatura física y moral contribuían a hacer de él una presencia casi sobrenatural y con su voz profunda de órgano nos decía que la solución a las injusticias no se conseguirá nunca con la inactividad, pero tampoco basta con la reforma de las instituciones existentes. Y lo dejó escrito en las notas introductorias a su traducción del Nuevo Testamento: «Para ello hay que renunciar voluntariamente a los tres falsos valores: el dinero (afán de hacerse rico), al brillo (ambición de figurar) y al poder (deseo de dominar)».

'El Flagelo', revista señera

Pero cojamos ya la revista. La tenemos en nuestras manos y lo primero que vemos es la fotografía de portada, debida a Julián Contreras. En la noche oscura del alma, brilla la luz del hachote como llama de amor viva. Se representa a un Jesús, solo y humillado. Torturado, quizá en algún momento no supiese ni quien era. Nada que ver con aquel que anduvo en la mar.

Cobra todo el protagonismo, en efecto, el hachote en primer plano, muestra palpable de la orfebrería, mal considerada como arte menor, al igual que el ajuar textil de esplendorosos bordados, el arreglo floral o la música, que envuelve el cortejo. Afortunadamente cada vez son más reivindicados y apreciados en lo que valen porque la escultura pasionaria dialoga con todos estos elementos, resultando engrandecida al conformar un conjunto compacto.

En páginas interiores encontramos las colaboraciones del obispo José Manuel Lorca Planes; Francisco de Asís Pagán, capellán de la cofradía; del hermano mayor, Juan Carlos de la Cerra; Pedro Ayala, Fernando Gutiérrez Reche, Ernesto Ruiz Vinader, Ángel Julio Huertas, Rafael del Baño, Alfonso Pagán Pérez, José Manuel López Muñoz

Diego Ortiz, otra firma habitual, relata la historia de una decepción, el irrealizado museo de Semana Santa. Sobre la interesante simbología artística del pelícano nos cuenta Ana Isabel Ruipérez Benito. José Antonio García explica la trayectoria de la asociación juvenil de tambores Quillo, quienes concluyeron el acto con su actuación.

Cerramos la revista para encontrarnos con la contraportada de Francisco Martínez. En plano contrapicado un penitente del Cristo del Flagelo apunta con su capirote hacia lo alto de una espiritualidad elevada. Se acompaña con la luz del hachote que veíamos en la primera imagen.

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