En el corazón de Berlín

La gran urbe alemana es discordante, heterogénea, femenina y, a pesar de sus 3,5 millones de habitantes, late al ritmo lento de sus emblemáticos barrios

GALO MARTÍN BERLÍN

Berlín es una ciudad con tantos traumas como habitantes tiene en la que los turistas hacen fila en cada uno de los monumentos que la inundan haciéndose preguntas para comprender su ambivalencia. Desprende la fuerza de un enfermo a punto de recibir el alta médica condenado a lucir una cicatriz de guerra perenne. Su historia es pasado que no se olvida y desde ahí se construye una metrópolis que tiene su propia sinfonía, la de una gran ciudad a orillas del río Spree.

Frívola entre las dos grandes guerras mundiales, pesadilla en la noche más larga que se recuerda, manzana de los bombardeos que la asolaron, sesgada por un muro de hormigón, hoy sonríe y hacer reír y luce para los fotógrafos como una gran location para sus sesiones bajo nubes color lila. No lo parece, sino que Berlín es discordante, heterogénea, como el mes de septiembre, es el comienzo de algo que hace una extraña pareja con sus contradicciones históricas.

Berlín es femenina: La disfrutaron ellas; Anita Berber desde los escenarios de los cabarets que distraían. La padecieron ellas que fueron las víctimas de las tropas rusas a su entrada en la ciudad destruida por las bombas (hay que leer 'Una mujer en Berlín'. Anónimo). La levantaron ellas de entre los escombros que la cubrieron después de la II Guerra Mundial.

Historia dramática

El violento coito entre el escarnio nazi y la escisión socialista, posterior a los matrimonios de conveniencia con el reino de Prusia, el Imperio Alemán y la República de Weimar, da a luz a Berlín, un amasijo de dramas y de razas las cuales se alimentan a base de bratwurst, currywurst, doner y beben cerveza mientras caminan de un centro a otro de la ciudad sorteando las obras de acondicionamiento que la agujerean y de la que sale agua a poco que se perfore por culpa de un manto freático vecino de la superficie por escasos metros.

Contagiado por esa atmósfera de ciudad anfitriona de lo diferente el visitante no se sorprende al ver grandes tuberías de colores (se emplean para drenar) como si fueran esculturas callejeras cruzar la avenida principal de Unter den Linden (Bajos los tilos), custodiada por joyas arquitectónicas barrocas que no hacen sino acentuar su anacronismo.

El paseo de 1,2 kilómetros por esta arteria encierra tres siglos de historia. El Berliner Dom, muy cerca de la Isla de los Museos, la Schlossplatz, donde se encontraba el castillo de Hohenzoller, la Universidad de Humboldt, la Pariser Platz y la Puerta de Brandenburgo, son algunos de los hitos más destacados que se pueden ver al cobijo de los tilos entre aparejos de construcción.

Un punto emblemático

Llama la atención el vacío que existe alrededor de la Puerta de Brandenburgo, huella del paso del Muro por este emblemático lugar que le rodeaba y aislaba. A un lado tiene el Reichstag, sede del parlamento alemán. Remodelado por el afamado arquitecto inglés Norman Foster, autor de la cúpula de cristal que orla el majestuoso edificio. Triste símbolo de la caída de la democracia cuando el 27 de febrero de 1933 lo incendiaron los nazis.

En dirección sur y atravesando Tiergarten, la botella de oxígeno que permite sumergirse en esta urbe, se alcanza Postdamer Platz. De páramo agreste ha pasado a ser el punto donde se levantan algunos de los edificios más futuristas, pero con la sensación de no haber encontrado aún su sitio entre el corazoncito de los berlineses.

Contrasta con esa imagen color sepia que se ve en las viejas fotografías de la década de 1920 en las que se aprecia como era la válvula que insuflaba vida a la ciudad más transgresora, pecaminosa, liberal y libertina de la época. En esta plaza funcionó el primer semáforo del mundo. Si se habla de señales de tráfico en Berlín hay que mencionar a Ampelmann, la figura que se ilumina para dar el paso a los peatones o para instarles a que se detengan (se comenzó a usar en el lado oriental de la ciudad el 13 de octubre de 1961).

Un recorrido por el subsuelo

Otro de los atractivos que esconde la capital alemana es su subsuelo, que hoy puede ser recorrido gracias al trabajo que realiza la Asociación Berliner Unterwelten e.V. (Mundos Subterráneos de Berlín) que investiga y documenta la evolución histórica de las catacumbas de la ciudad desde 1997.

Una excelente optimización de los pocos recursos disponibles hizo posible que se pudieran poner en funcionamiento importantes sistemas de suministros y de transporte para el buen desarrollo urbano de la ciudad sobre un arenal de una notable delicadeza geológica.

Años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-45) el ejército nazi del III Reich tenía entre sus planes estratégicos la construcción de instalaciones subterráneas de defensa antiáerea y bunkers. En 1935 los edificios de nueva construcción debían contar con espacios de un espesor mínimo en el techo para repeler ataques aéreos.

Después de los primeros bombardeos padecidos por Berlín una vez estalla la contienda en noviembre de 1940 se promulga el Programa de construcción de bunkers para la capital imperial, de los cuales apenas se levantan mil instalaciones antiaéreas y bunkers para la población civil, no así en cada uno de los ministerios y embajadas que sí contaba con un bunker.

Toda esta infraestructura puede ser conocida hoy en día gracias a las visitas guiadas. En el paseo transcurre entre retorcidos, fríos y a veces estrechos pasajes revestidos de hormigón. Cada estancia se identifica con un número, cifra de capacidad y un cartel de prohibido fumar. Una pintura fluorescente ilumina durante diez minutos la oscura sala.

Para hacerse una idea de la época en la que eran utilizados, la guía aporta un dato escalofriante: durante la guerra Berlín sufría dos o tres ataques diarios. Los refugios se llenaban de más gente de la que podían albergar y la gente moría por falta de ventilación y oxígeno.