El restaurante Keki, un tiro seguro

Interior del restaurante Keki, esta semana. / vicente vicéns / AGM
Interior del restaurante Keki, esta semana. / vicente vicéns / AGM

El restaurante Keki mantiene la línea de platos internacionales muy agradables al paladar murciano, algunos guisos y nuevas creaciones semanales

SERGIO GALLEGO

De Sergio Martínez, Keki para los amigos, se ha dicho casi todo ya. Su restaurante del centro de Murcia que porta el mismo nombre que el cocinero es uno de los más recurrentes, solventes y deliciosos de la capital por su propuesta gastronómica y, sobre todo, por su relación calidad precio.

De Keki siempre se ha esperado más. El local, con un suelo irregular y basto, el mobiliario de una calidad media y la propia informalidad de la oferta gastronómica, siempre ha dado la sensación de que a un cocinero como Martínez le pegaba un restaurante con más empaque, con más pretensiones. Pero no, los avances hacia otros negocios de uno de los cocineros con más talento de la tierra siempre han ido hacia un ticket menor todavía, hacia la comida rápida, en vez de mirar por hacerse un hueco en una liga más compleja.

Keki. Murcia

Calle
Fuensanta, 6 C. Murcia
Tlf.
968 220 798
Horario.
. Cierra los domingos noche y lunes todo el día.
Precio:
Unos 30 euros.

El caso es que Keki sigue manteniendo platos en la carta que no puede quitar y que fueron un furor en su día, como el canelón de pato y otros que incorporó después como el rollito vietnamita o sus deliciosas croquetas, que se han quedado grabados a fuego entre los asiduos clientes del local y que ni el cocinero tiene intención de quitar, ni falta que le hace. Además, nuevos platos de mollejas, callos con garbanzos e incluso un postre de chocolate blanco, con yuzu y sirope de kiwi que bien merece la pena probar aunque no te queden fuerzas para hacerlo.

La experiencia en Keki siempre empieza con un aperitivo de la casa. En esta ocasión es una crema de coliflor con unas gotas de aceite y unos taquitos de chorizo. Quizás, el servicio de camareros debería participar más activamente de la frescura de los platos, del ambiente distendido del restaurante para que la travesía fuese más acorde, ya que muchas veces, pasar desapercibido o un punto de seriedad más de la cuenta puede crear confusión a los comensales.

Como decía Juan Moll -director de sala de Robuchon-, el recibimiento siempre debe hacerse con una sonrisa.

Una buena croqueta de jamón, perfectamente frita y con un sabor excelente, da paso a uno de los platos que, como digo, ya se ha hecho imprescindible: el rollito vietnamita. Pasta crujiente, nada aceitosa, rellena de pollo especiado con curry y una mahonesa condimentada sobre una hoja fresca de lechuga. Lo sirven en dos mitades, ideal para compartir, pero no lo hagas: pídete uno entero para ti.

Bastante más flojo encuentro un ravioli con crema de verduras y frutos del mar. Aunque se agradece encontrar pasta rellena en casa, el picante del plato está muy por encima de lo deseado y la salsa por debajo. El tataki de atún con cítricos, alga y mahonesa y los garbanzos con callos son otros dos tiros fijos. Ambos, cada uno en su estilo, ideales para compartir .

De gran calidad encuentro el huevo poché con setas, crema de patata y trufa blanca rallada en la mesa. Un gran plato de temporada. Igual de sabroso como el primer día recibo el canelón de pato y especialmente tierna encuentro la presa con verduras salteadas al wok como fin de fiesta. El postre, el de chocolate blanco. Sin duda.

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