Viaje al pasado de Los Allozos

Vista de Los Allozos, pedanía de Aledo abandonada. /Guillermo Carrión/ AGM
Vista de Los Allozos, pedanía de Aledo abandonada. / Guillermo Carrión/ AGM

La aldea de Aledo sucumbe al paso del tiempo, devorada por el olvido y la vegetación

Pepa García
PEPA GARCÍA

A apenas 6 kilómetros del pueblo de Aledo, capital de la encomienda santiaguista antes de que la situación de Totana, junto al cruce de caminos, propiciara su crecimiento y la convirtiera en una población más importante, se encuentra el Caserío de Los Allozos, una aldea abandonada a mediados del siglo pasado por la falta de comodidades -nunca llegaron las conducciones de agua potable ni la electricidad- y de perspectivas de futuro para sus habitantes más jóvenes.

Ubicada en la margen izquierda del Barranco de Periago, en el piedemonte del Cabezo del Canalón (estribación norte de la Sierra de la Tercia), se encuentra este núcleo rural abandonado y en lamentable estado de ruina que estuvo habitado hasta los años 60. «Uno de los últimos en irse fue Luis el de Los Allozos, fundador de Moica», cuenta Miguel Gallego, vecino del pueblo de Aledo.

Con un pasado milenario, el que constata la existencia de varios yacimientos romanos y tardorromanos en la zona, que han aportado material arqueológico, hoy su abultada historia sucumbe al paso del tiempo y al poder de la vegetación y la fauna, que han ido invadiendo las derruidas viviendas y haciendo de sus espacios su hábitat. No obstante, en este caserío olvidado, como otros de los cientos que se distribuyen por la geografía regional y nacional, reside una belleza poética que merece ser disfrutada mientras se pueda.

La guía

Cómo llegar
Tienen que llegar a Aledo y, en la rotonda de entrada al pueblo, continuar siguiendo la indicación Zarzadilla de Totana / Bullas, para, en la siguiente rotonda, tomar la segunda salida (dirección Lorca), por la RM-C21. Pasen Nonihay y tomen el primer cruce a la izquierda. Se sigue por la vía principal hasta la siguiente bifurcación, que se sigue a la derecha; y, en la siguiente, a la izquierda. Sin dejar esa carretera se llega a Los Allozos (a 6 km. en coche de Aledo).
Recomendaciones
Lleven prismáticos, hay muchas aves por la zona y, si tienen suerte, pueden avistar a una pareja de águilas culebreras que campean por la zona. No olviden gafas, gorro, protección solar y agua. Lleven cámara, para tomar fotos de la aldea y el nacimiento del Barranco de Periago.
Dónde comer
Taberna El Zagal. Plaza de la Diputación, 7. Aledo. 699 784317. Cierra miércoles y jueves. Viernes y sábado, abre todo el día. Domingos, lunes y martes, cierra sobre las 18 h. Menú: de lunes a viernes. Recomendaciones: patatas carbonara y patatas bravas, salmón absoluto (a baja temperatura con soja, jengibre y limón); la leche frita es el postre estrella. Precio medio: 20-25 euros.

Situado junto a un nacimiento de agua que, aún hoy, sigue manando de forma constante y alimentando las balsas con la que se riega la famosa uva dominga, el caserío está hoy rodeado de parrales que, desde Aledo y mayoritariamente, exportan sus frutos al mundo.

No siempre fue así, pues sus gentes, dedicadas a la cría de ganado y al cultivo de cereales, olivos y parras, desarrollaron una economía de subsistencia que dejó de ser suficiente cuando España empezó a alejarse de los ecos de la posguerra y comenzó el incipiente despegue de su economía. Probablemente construido sobre una antigua villa romana, según los arqueólogos que han prospectado la zona, en la base de los muros de las actuales viviendas todavía se pueden observar sillares de arenisca, algunos tallados, que fueron reutilizados de una construcción más antigua -los arqueólogos apuntan que quizá romana- y que, con toda probabilidad, fueron extraídos de la pared natural que siempre protegió la aldea de los fríos vientos del norte.

La ermita de la Virgen de los Allozos, construida en 1729, preside esta aldea en la que habitaron en torno a una decena de familias que, puntualmente y acompañados por sus vecinos de Aledo y Nonihay, celebraban cada primer domingo de mayo una romería en honor a la querida Virgen de los Allozos. «Días antes, se trasladaba la imagen hasta Aledo y el domingo se llevaba en romería hasta su ermita, donde se celebraba una fiesta con bailes, música, carreras de cintas y comida comunitaria», cuenta Alfonso a sus 76 años, que recuerda haberla vivido hasta los 9 o 10 años. Y, comenta Miguel Gallego, que la Cuadrilla de Aledo acudía a animar la fiesta con su música y, a cambio, obtenía viandas para surtir con algo más que pan sus mesas y a sus familias.

Hoy, la ermita tiene de techo el cielo y solo permanece en pie su fachada principal, coronada por una espadaña huérfana de campana.

Aunque en algunas de las casas es imposible internarse porque la vegetación es selvática y en otras no lo aconseja el inminente peligro de derrumbe que presentan, les invito a recorrer las calles y observar la huella de una forma de vida que muere; descubrir alacenas que han quedado expuestas a la vía pública, bocas de hornos morunos cuyos arcos de medio punto se mantienen en un milagroso equilibrio, cuadras con sus comederos todavía intactos, 'pajeros' en los altillos de las viviendas, chimeneas rodeadas por los restos de los poyos en los que se celebraban las tertulias al calor de la lumbre, ventanas desvencijadas a las que les hurtaron las rejas y estancias dedicadas al prensado de la aceituna y la uva, con dos lagares, y al almacenamiento, en tinajas desaparecidas, del aceite y del vino. Estampas que 'hablan con su silencio', como reza una frase de Pablo Neruda impresa en negro sobre una de las paredes agrietadas.

Cuando terminen de curiosear por las calles, no se vayan. Acérquense hasta el nacimiento del barranco de Periago, donde aún quedan restos de antiquísimas (y más modernas) construcciones hidráulicas y sobre canales tallados en piedra arenisca, que en su día condujeron el agua de la Fuente de Los Allozos hasta el lavadero y la primitiva balsa, mangueras de plástico le han hurtado su función. Lo mismo que con la balsa antigua ha hecho una moderna.

Tómense su tiempo y curioseen por la zona: verán una acequia tallada en la ladera de piedra para conducir el agua huertas abajo sin que perdiera altura por el cauce del barranco; observarán libélulas de tonos azules revoloteando en torno al agua de la balsa; y comprobarán cómo florecen, entre las albaidas amarillas, la blanquiverde flor del cantueso. También hay muros de piedra seca con los que los vecinos aterrazaron las tierras para cultivarlas. Además, si miran al cielo y les acompaña la suerte, podrán observar el vuelo de una pareja de águilas culebreras y, en la balsa, culebras viperinas y muchas ranas comunes.

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