La catedral del mar de Zaén

Jesús Rodríguez observa la impresionante vista del Campo de San Juan, con Zaén de Arriba en primer plano, desde la repisa principal del Calar de las Cuevas./Guillermo Carrión / AGM
Jesús Rodríguez observa la impresionante vista del Campo de San Juan, con Zaén de Arriba en primer plano, desde la repisa principal del Calar de las Cuevas. / Guillermo Carrión / AGM

El Calar de las Cuevas, un mirador al remoto pasado del cambiante Campo de San Juan

Pepa García
PEPA GARCÍA

Desde la altiplanicie que constituye el Campo de San Juan y que ahora están despidiéndose de los preciosos y alegres colores del otoño (llamativos naranjas, juguetones amarillos y ocres, e intensos rojos, sobre todo de los serbales) para dar paso al desnudo invierno, el Calar de las Cuevas de Zaén, que apenas sobresale 300 metros del resto, atrae de inmediato la mirada del viajero. Un acantilado erosionado por la acción del agua, marina y fluvial, primero, y del viento, después, que han dejado honda huella en su singular fisionomía.

El objetivo de hoy es pasear detenidamente por la principal repisa, la que da acceso a las múltiples cuevas que han sido refugio del hombre desde el principio de sus tiempos, y también de su ganado, y que ahora acogen en su seno aves y especies de flora que se descuelgan decorando esta arquitectura obra de la naturaleza.

Llegar hasta el pie de estas impresionantes cuevas es coser y cantar. Un paseo de apenas 3 km. apto para todos los públicos y una oportunidad única para disfrutar de la naturaleza, domesticada lo justo por la mano del hombre, y del origen geológico de la tierra que pisan. Entre las múltiples ventajas de este paisaje cultural está su transformación constante, que en cada estación exhibe estampas diferentes.

Se sale desde el nacimiento de Zaén, un bello rincón en el que todavía está en pie el pequeño lavadero y, junto a él, una balsa que ha permitido a los vecinos de la pedanía moratallera cultivar sus pequeños huertos para autoconsumo. Siguiendo el camino que discurre paralelo al canal por el que corre el agua, se llega al núcleo rural. Un pequeño conjunto de casas -una cortijada- que conserva su sabor a pueblo y en el que es habitual que sus dueños mantengan pesebres y corrales para cabras, ovejas y gallinas. Se atraviesa el pueblo y se cruza la carretera principal -la que conduce a Benizar- dirigiendo sus pasos hacia el depósito de agua (blanco con la puerta azul) visible a los pies de las paredes del Calar de las Cuevas. Pasarán junto a una pequeña charca en la que abunda la vida y, justo tras el depósito de agua, deben empezar a seguir los mojones de piedras que, sin pérdida, le subirán hasta el cielo, el que se pinta de un intenso azul celeste los días despejados, de sol tibio y ambiente frío del invierno que ahora va a comenzar.

Entre retamas, enebros y un sabinar en el que crecen negrales (más achaparradas) y albares (más esbeltas); entre campos de cultivo de secano, que los locales suelen sembrar con cereales, aunque últimamente la lavanda, el espliego y otras aromáticas van ganado terreno al resto de plantaciones, llegarán a una zona más escarpada pero de fácil acceso que, cual escalera natural, les subirá de estrato en estrato hasta la enorme repisa por la que se puede transitar sin problema ni riesgo de caerse.

Caminen atentos y en silencio, porque estos días abundan los acentores alpinos, que se mueven en bandadas; si, mientras curiosean en las cuevas, algunas de ellas cerradas por muros de piedra seca para usarlos como aprisco del ganado, media la mañana y la temperatura sube unos grados, quizá tengan la suerte de encontrarse con una multitudinaria bandada de chovas piquirrojas. Y si es su gran día, podrán disfrutar del majestuoso vuelo del buitre leonado, que abunda en estas tierras del Noroeste murciano y que campea por ellas.

Tras mirar al cielo, fijen la vista en el suelo, pisan sobre lo que fue el fondo marino, hace 11 millones de años, como muestran los numerosos fósiles de animales acuáticos que conforman el conglomerado rocoso.

En el vértice entre la vertiente oeste y la sur del Calar de las Cuevas deben detenerse. El paisaje es impresionante. A sus pies, se exhibe hoy la huella de lo que fue un potente delta fluvial. De hecho, este acantilado fue submarino, fruto de la potencia de oleaje y mareas se excavaron en estas paredes las numerosas cuevas que han convertido este punto de la geografía regional en un lugar con gran atractivo para los visitantes. Hoy, la humedad que todavía se filtra sigue transformando y dibujando espelotemas en estos misteriosos abrigos.

Precisamente es en el vértice donde se encuentra la Cueva del Tambor (como la conocen los locales), quizá porque el sonido se transfiere desde este punto a todo el Campo de San Juan y es perfectamente perceptible desde su centro geográfico, el cerro del Villar, donde hay restos arqueológicos y hasta donde se realiza todavía una procesión tradicional. No dejen de investigar la acústica de esta mágica oquedad: si bisbisean algún secreto en el extremo oeste, lo oirán claro desde el extremo este. Además, la caprichosa naturaleza ha tallado una cúpula perfecta con vistas al mar de Zaén, que hoy coronan adornos vegetales vivos.

A partir de este punto, deben caminar con un poco más de precaución, porque la repisa se estrecha durante unos cientos de metros. Durante este tramo aéreo, se suceden estas fortalezas naturales que, sin duda, fueron usadas por las civilizaciones precedentes, como atestigua la presencia de un molino de origen romano en una de ellas. Si tienen oportunidad, aprovechen para disfrutar del maravilloso atardecer que ofrece esta catedral esculpida por la fuerza marina.

Para regresar al inicio tienen dos opciones, volver por donde llegaron (unos 3 km.), o continuar por la repisa rumbo a Bajil, para regresar por la carretera (5 km.).

Restaurante El Olivar. Carretera de Caravaca, 50. Moratalla. 968 724054. www.el-olivar.es. Cierra lunes y martes. Menú laboral (miércoles, jueves y viernes)
14,50€; primero y segundo (cuatro a elegir), postre (dos a elegir), agua, pan y vino. Menús degustación: Virgen Extra (49 €) y Hoja Verde (59 €).

Un comida a la altura

Después de un paseo por la repisa que pone en bandeja al visitante lo celestial y a sus pies todo el disfrute terrenal, paladear en el cielo de la boca las delicias que Firo Vázquez sirve en su restaurante El Olivar es el broche perfecto a la jornada que, si se produce en sábado, permite hacerlo tras degustar el delicioso atardecer que sirve el Calar de las Cuevas de Zaén.

Como todo en casa de Firo Vázquez, un entusiasta del virgen extra, empieza por la bendición del aceite de oliva: un carro con jugos aromáticos (A), equilibrados y balanceados (B) y con cuerpo y carácter (C). Continúa con el bendito fruto del olivo, las aceitunas de Cuquillo y una olivarada (una especie de paté elaborado con aceitunas también de Cuquillo).

De primero, Firo y su equipo sirven a los comensales un arroz de Calasparra semiintegral con verduras de la huerta, salsa de soja, queso de cabra y queso curado. Un delicioso y colorista castillete que, pese a estar cocinado con cero sal, resulta sabrosísimo al paladar y meloso en boca, y divierte al comensal con las diversas texturas que aportan los crujientes espárrago verde, cebollino y zanahoria.

De segundo, hay Noroeste combinado. Un simple pero delicioso huevo campero frito en aceite de oliva virgen extra de Moratalla, patatas fritas de Cehegín, níscalos moratalleros y chato de Bullas, en concreto, presa en adobo de pimentón murciano.

Para terminar, crema de Chueca, una sopa dulce y receta heredada de su tatarabuela, con almendras marconas de Moratalla y gollerías dulces decoradas con papeles comestibles.

 

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