Los colores del maestro Alejandro Franco

Alejandro Franco, ante dos de las obras expuestas hasta el domingo. / Vicente Vicéns / AGM
Alejandro Franco, ante dos de las obras expuestas hasta el domingo. / Vicente Vicéns / AGM

El catedrático de Dibujo guía este fin de semana a los visitantes, el último que se podrá disfrutar de una muestra que se antoja como un gran banquete

Manuel Madrid
MANUEL MADRID

Esa timidez que manifiesta a simple vista es un puro reflejo. En realidad, Alejandro Franco es otro con un pincel de pelo de marta cibelina. El protagonista indiscutible del otoño en el Museo de Bellas Artes de Murcia, con sus opíparas y embobadoras 'Naturalezas', es un observador atareado de la viveza exquisita de mercados y cocinas. Este fin de semana, además, es el cicerone especial de todo aquel que quiera acceder a su universo, pues el domingo es la última oportunidad para ver esta muestra promovida por la Comunidad Autónoma, que en principio estaba anunciada hasta enero, aunque finalmente, por motivos desconocidos, concluirá este fin de semana.

La presencia del artista y sus explicaciones son un valor añadido para disfrutar de esta refrescante propuesta, que se presenta como una tentadora exaltación del alimento que nutre al ser humano, pero que en este caso provoca mucho más que fermentos gástricos.

'NATURALEZAS' | MUBAM

Qué
Exposición de Alejandro Franco, con una selección de 129 acuarelas, de ellas 118 inéditas.
Dónde
Museo de Bellas Artes de Murcia. Primera y segunda planta. Entrada gratuita.
Guía de excepción
Por ser los últimos días -hasta el domingo 9 de diciembre- el artista hace de guía.

Son 129 acuarelas -solo once han sido expuestas en otra ocasión, en 2001, en la sala de Verónicas-, donde el espectador come con los ojos hasta darse un atracón emocional. Inolvidable, en cualquier caso, si es de estómago agradecido. Encontramos la gracia interna de un pimiento rojo partido, la conserva de tomate casero de la madre de Isabel, nueve cebollas en vinagre, dos botes de alcachofas, unos limones -verna y rodrejos, de Ángel o de Asensio, aquí hay guiños a los donantes de los manjares-, un cuerno de merengue, ñoras y caracoles, erizos de mar y nísperos, los pelos de un ajo seco, una patata grillá, o, simplemente, los escombros de una nuez partida y abandonada encima de una tabla por su mujer -y, sin duda, la más ferviente defensora de su obra-, Paty López. Perderse la exposición sería pecado venial, si es que se da el caso, porque lo que espera en las dos salas del Mubam es como la mayor delicia.

El maestro Alejandro Franco, catedrático de Dibujo ya jubilado de la Escuela de Arte y de la Escuela Superior de Diseño, presenta en 'Naturalezas' un considerable conjunto de obras confeccionadas todas en el estudio de su casa de El Malecón (Murcia), al que se accede atravesando una cocina donde «los robos de los elementos son cotidianos». Es un artista que anda cómodo en la esfera realista, y siempre pinta con el objeto presente -es cliente habitual del Mercado de Verónicas-. No es hiperrealismo -nunca emplea fotografías-, ni es impresionismo, movimientos con los que no tiene ninguna conexión. «Soy realista», zanja, sin florituras.

Salta a la vista que el artista ha disfrutado durante el proceso creativo. Desde los cuatro años no ha dejado de dibujar. Es licenciado en Bellas Artes por la Complutense. Y su vida la dedicó a la docencia, por eso no siente la presión de vivir de su obra. Así que a estas alturas, no se prodiga innecesariamente. Su última aparición fue en 2016 en el Almudí, y estas acuarelas -sin fecha de caducidad- son de las últimas décadas. Desde los años 80, de hecho, Paty graba al artista en su espacio de trabajo, y el vídeo que acompaña la muestra está ambientado con esa misma sensibilidad que parece haber tocado a esta familia, pues los dos hijos de la pareja son músicos -Pedro Franco, clarinetista de la Orquesta de Dinamarca-, y Guillermo Franco, viola freelance, por ahora-, y han asesorado en las notas que suenan.

Cada acuarela es un homenaje a los colores de la vida, su gran obsesión en esta ocasión, donde hay un esfuerzo técnico notabilísimo. Sobre todo en horas. La obra que más tiempo le llevó son las nueve almejas: 1951 -como su fecha de nacimiento- horas. Detrás de las marcas de una sandía, de las sombras de un membrillo o de las arrugas de un dátil queda la intención de poseer el objeto de deseo.

Prodigalidad hecha pintura, y, además, sabe a gloria.

Gloria fugaz de la vida

«Frutas, verduras, peces, mariscos, panes y pasteles se pudren o se desintegran al compás del tic-tac del reloj, si antes no son engullidos (...). Pinta -y conserva- la dicha de lo fresco, la gloria fugaz de la vida. Esta percepción de lo íntimo desactiva la tensión narrativa. Nos reconocemos en sus cosas porque también son nuestras. Su enfoque lo sitúa en las Antípodas del bodegón como 'alegoría de la abundancia'. Lo que vemos es lo que hay». :: MARA MIRA

 

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