ZAPLANA, LA JUEZ, EL DINERO

A nadie, ni al sujeto más despreciable, le deseamos esta tortura que se instala cómodamente sobre los enfermos de cáncer

Fotografía: Pepe H.Tipografía: Nacho Rodríguez /
Fotografía: Pepe H.Tipografía: Nacho Rodríguez
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Pues claro que no le deseamos a nadie usted y yo, doy por bien sentado, que el puñetero cáncer se cebe con la salud de nadie y acelere con su crueldad habitual que su víctima se convierta finalmente en polvo; por desgracia, somos muchísimos los que conocemos cómo esta enfermedad de espinas pone patas arribas los hogares en los que se cuela, con una prepotencia de ejército de faraón y para nada con la sonrisa y el buen humor que luce Dick Van Dyke dando vida al deshollinador de 'Mary Poppins'. De modo directo o indirecto, que arroje la primera piedra, sobre el primer tonto con el que se tope, quien no haya experimentado en su propia carne de cañón el dolor y la desazón que se expanden entre las cocinas, los dormitorios -no se escapan ni los de los más pequeños de la familia-, los balcones, las salas de estar todos juntos y cada uno de los rincones de las casas de cuya paz y felicidad se apropia para intentar devorarlas.

A nadie, ni al sujeto más despreciable, le deseamos esta tortura que se instala cómodamente sobre los días, las semanas y los meses de los enfermos, en combate permanente con sus deseos de vivir tras haber visto secuestrados su bienestar y su futuro. Lo digo, hoy, pensando en el cartagenero Eduardo Zaplana, que en su día fue todopoderoso político, cierto que con la ayuda 'inestimable' de José María Aznar, y ahora no es más que un pobre hombre, dicho sin doblez: está muy enfermo el que llegó a ser en su día uno de los líderes con más presencia mediática del PP, y lo está precisamente por el cáncer que padece, que no entiende de poder, ni de gloria, ni de lujos, ni se le pasa por la cabeza atender a razones humanitarias.

Zaplana, hace ya tiempo investigado por corrupción -en fin, nada nuevo bajo el sol Mediterráneo-, y que tuvo que pasar el mal trago de, con toda la razón y la vergüenza ajena, ser destituido como miembro del Consejo Social de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT), acaba de asistir a la toma de una decisión judicial que, por cierto, eran muchos los que venían solicitando apoyándose en el trágico declive de su salud. Ya saben: la jueza Isabel Rodríguez, que hasta ahora se había mantenido férrea en su decisión de no dejarle en libertad provisional, en parte para evitar correr el riesgo de que se fugase y pese a las peticiones recibidas en sentido contrario de médicos, políticos e incluso compañeros de profesión, ha decretado finalmente su puesta en libertad. Vaya, pero no ha sido ni para acallar voces que clamaban en el desierto tachándola con más o menos 'delicadeza' de directamente inhumana, ni para dar ningún brazo de la Ley a torcer, sino porque, en fin, la Justicia ha conseguido bloquearle al expolítico popular otros ¡6,3 millones de euros!, de procedencia supuestamente delictiva, que tenía escondidos en Suiza, que por lo visto es donde tienen sus pequeños ahorrillos estos tipos que luego presumen de ser españoles de los pies a la cabeza; puestos unos y otra al servicio nada cisterciense de enriquecerse de lo lindo y darle gustosamente por saco a la Hacienda nacional.

El exministro, en prisión provisional desde hace casi un año que por nadie pase, había pedido en cinco ocasiones a la magistrada, con el resultado de 'que si quieres arroz, Catalina', salir libre dada su grave leucemia. Pero no ha sido hasta ahora cuando ella ha considerado que, una vez que el dinero está localizado, el tal riesgo de fuga ha disminuido. Bueno, la verdad es que tampoco hace unos meses veía yo a Zaplana en plan Roldán, ni Puigdemont, ni Gulliver, ni 'Españoles por el mundo'. Pero el caso es que la Justicia está haciendo su trabajo, y lo está haciendo parece que bien, algo que no siempre sucede: ya se ha ordenado el traspaso a España de la cantidad bloqueada, que no dice nada honroso del ya liberado, que enfermo pero empecinado en proclamar su inocencia, rápidamente ha negado que el dinero huido del fisco español sea suyo y ha insistido en su deseo de restaurar su honorabilidad. Con qué descaro se pisotea esta palabra en nuestro país, y con cuanta demasía se intenta burlar a la Justicia, que de vez en cuando, y ojalá esté siendo justa en su justa medida, lleva el nombre de Isabel Rodríguez, que no parece que esté actuando a base de pálpitos.

 

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