Urralburu

Habrá quien piense que tanto halago, a diestra y siniestra, puede haberle conducido al delirio de creerse la última coca-cola del desierto, pero su espantada tiene fácil explicación en el hartazgo con la deriva de Podemos en manos de Pablo Iglesias

Alberto Aguirre de Cárcer
ALBERTO AGUIRRE DE CÁRCER

La patada al tablero de Óscar Urralburu (en el trasero de Pablo Iglesias) originó este viernes en la Región un auténtico seísmo político en la izquierda. Se conocía sobradamente la afinidad política y personal entre Urralburu y Errejón. De ahí que entrase dentro de lo posible que el primero estuviera tentado de sumarse a la candidatura de Más País (nosotros se lo preguntamos diariamente desde el martes pasado sin obtener respuesta). Pero no dejó de sorprender su renuncia a la secretaría general de Podemos. Sobre todo porque es una fuga de alto riesgo político para quien ha liderado esa formación en la Región de Murcia desde su aparición en 2014. Y es que la primera consecuencia de la guerra entre errejonistas y pablistas será una división del voto, en un nicho menguante del electorado, que puede tener desenlace fatal: que ni unos ni otros logren representación en el Congreso de los Diputados por la Región, perdiéndose el único escaño que tenían los morados. Esa es la perspectiva de un partido obligado, a semanas del 10-N, a formar una gestora, a sustituir a sus dos diputados regionales y a improvisar un liderazgo para salir del paso con un dedazo desde Madrid.

El golpe es aquí especialmente letal para Podemos. Hasta la fecha se benefició de las reconocidas capacidades de Urralburu, sin duda uno de los políticos mejor preparados de los últimos años en la Región, se esté de acuerdo o no con sus planteamientos ideológicos. Ahora todos esos atributos personales jugarán en contra de Podemos, cuyas expectativas venían cayendo en picado tras perder 29 diputados en las generales del 28-A y pasar de seis a dos diputados en las autonómicas.

La batalla del 10-N se dirimirá entre los candidatos nacionales, especialmente en sus apariciones en televisión. Pero la pugna local también tendrá su punto de influencia. Si Podemos ya lo tenía difícil, como reflejan todos los sondeos, ahora será mucho peor porque el tirón de quien será su oponente, el hasta ahora diputado Javier Sánchez Serna, es francamente inferior. Tampoco Urralburu lo tendrá fácil sin disponer de una formación política detrás, tan solo una marca electoral en construcción. Es posible que sin el lastre de la marca Podemos pueda arañar votos de los abstencionistas de izquierdas y también del PSOE, al tener el discurso errejonista más permeabilidad por su mayor carga de transversalidad ideológica. Las razones de la marcha de Urralburu serán objeto de discusión. Habrá quien piense que tanto halago, a diestra y siniestra, puede haberle conducido al delirio de creerse la última coca-cola del desierto, pero su espantada tiene fácil explicación en su hartazgo con la deriva de Pablo Iglesias y la estrategia electoral de confrontación con Errejón que se ordenaba desde Madrid. A Urralburu se le veía más que incómodo con el rumbo mandatado por Iglesias y pareció sincero cuando el viernes dijo estar sin «espacio en Podemos para cumplir los objetivos que nos planteamos, ni siquiera en el espacio autónomo de la Región de Murcia». Podría haber seguido cuatro años más en la Asamblea y sin embargo ha decidido arriesgarse en una aventura de desenlace incierto para ser coherente con sus convicciones políticas. La suya es la última fuga de otras muchas ocurridas desde que el líder nacional de Podemos firmó el 'pacto de los botellines' con IU, abandonando la transversalidad y la posibilidad de convertirse en un partido de mayorías. Si alguien ha dinamitado Podemos es Iglesias, con sus purgas internas, su chalé en Galapagar y su oposición a facilitar un Gobierno del PSOE si no es a cambio de no se sabe cuántos ministerios. No es el único culpable (Sánchez le dio bastante soga), pero Iglesias es el principal responsable de la transformación de un partido que cada vez se parece más a las juventudes comunistas del PCE. Quien sale ganando con la marcha de Urralburu es el PSOE, que puede beneficiarse del lío y la división a su izquierda, y el PP, que por la ley D'Hondt podría obtener un escaño más en el Congreso y además se quita de encima en la Asamblea al más brillante de sus opositores. En principio, los populares van a estar más cómodos sin él y sin María Giménez, una diputada que ha hecho un trabajo legislativo más que serio durante estos últimos cuatro años.