Soluciones basadas en la naturaleza

Es tiempo de pedir responsabilidades a quienes han obviado las normas básicas de gestión territorial, a quienes han mentido y ocultado información

MARÍA ROSARIO VIDAL-ABARCA GUTIÉRREZ y MARÍA LUISA SUÁREZ ALONSOCATEDRÁTICAS DE ECOLOGÍA DE LA UMU

Un ecosistema acuático con buen estado ecológico es aquel capaz de absorber y ser resiliente ante una perturbación. Para conseguir ese buen estado ecológico, todos sus componentes deben mantener las conexiones que hacen que funcione correctamente, y de esta manera conservar su integridad ecológica. Si interferimos en cualquiera de las partes que lo conforman estamos alterando no solo esa parte, sino también aquellas a las que se mantenía conectado. En este sentido, la cuenca hidrológica es una unidad funcional en la que los cauces que la recorren trasladan los impactos que sufre una parte del territorio a otros lugares y, así, basta con observar/analizar un sector de la cuenca para conocer cómo se está gestionando.

Lamentablemente, aún estamos asistiendo a la reparación de los daños que han ocasionado en enseres, viviendas e infraestructuras las últimas lluvias torrenciales. Quizás ya es hora de reflexionar, aprender y avanzar en un modelo que sea más sostenible para la gestión del riesgo que conllevan estos procesos naturales extraordinarios. Y decimos procesos naturales porque, al margen de las previsiones que augura el cambio climático, todos sabemos que los ríos mediterráneos se desbordan tras fuertes aguaceros. Hay que volver a recordar que los ríos no son ecosistemas aislados, que son parte de una red compleja de arroyos, ramblas, barrancos y otros cauces de evacuación que lo alimentan y por el que discurre el agua cuando llueve. Pero, además, el río junto con su ribera ocupa un espacio fluvial que se denomina llanura de inundación, la cual es utilizada cuando la intensidad de las lluvias es tal que el caudal de agua supera la capacidad de los cauces. Este complejo ecosistema, cuando cumple con sus funciones porque mantiene su integridad ecológica, es el que nos proporciona una gran cantidad de servicios de los cuales todos nos beneficiamos (agua, depuración de vertidos, recarga de acuíferos, energía, amortiguación de temperaturas extremas, paisajes para el disfrute, etc.).

Estos procesos naturales extraordinarios no pueden ser evitados, no existe plan de gestión alguno capaz de evitarlos. Además, sus efectos devastadores no disminuyen a pesar del amplio despliegue de obras y tecnología que apliquemos (presas, encauzamientos, cortas de meandros, tuberías de desagües, tanques de tormentas, etc.), la experiencia lo demuestra. Es más, en muchas ocasiones recrudecen la peligrosidad de las avenidas y, ante las previsiones hidroclimáticas que somos capaces de conocer con suficiente antelación, puede no quedarnos más salida que la huida. No obstante, estos efectos negativos sí se podrían minimizar con actuaciones derivadas de la observación de la naturaleza, lo que hoy día se ha dado en llamar 'soluciones basadas en la naturaleza'. Eso significa utilizar nuestra tecnología para 'imitar' los procesos naturales como forma de mejorar la disponibilidad de agua (como la retención de la humedad del suelo, la recarga de acuíferos), mejorar su calidad (por ejemplo, mediante humedales naturales o construidos franjas ribereñas que amortigüen) y reducir los riesgos asociados a los desastres producidos por eventos climáticos extremos y el cambio climático (como restauración de llanuras de inundación).

El río funciona en estrecha relación con su ribera y su llanura de inundación. La ocupación de este espacio fluvial con viviendas, infraestructuras y demás equipamientos solo conduce a aumentar el riesgo para la población humana, lo cual, aun sabido, se sigue haciendo con el consentimiento de las administraciones públicas (comunidades autónomas y ayuntamientos), infringiendo normas y directivas nacionales y europeas. Por otra parte, la peligrosidad de las avenidas de agua aumenta cuando disminuyen los elementos naturales que las minimizan, a saber: la rectificación de los cauces, los meandros cortados, las barreras en los cauces (puentes, carreteras, etc.), los dragados, la destrucción de los bosques de ribera, los humedales desaparecidos, los suelos sellados e impermeabilizados, la desaparición de ramblas y barrancos, las grandes extensiones de cultivos sin la protección de setos y vegetación arbustiva, la destrucción de la vegetación natural de las laderas, la roturación a favor de la pendiente, etc.

Por último, el río, como todo sistema dinámico, necesita su espacio vital, el cual se le ha ido restando hasta su estrangulamiento actual con la pasividad de la institución que debe velar por ello: la Confederación Hidrográfica. En este espacio fluvial se ubican las vegas más productivas cuya red de acequias y azarbes, realizada por el ser humano a lo largo de la historia y en total armonía con el entorno natural, además de favorecer el riego de los cultivos y drenar río abajo las aguas sobrantes, ayudaban a desaguar buena parte de los caudales de avenida. Esta red de canales se ha ido destruyendo poco a poco hasta hacer inservible uno de los mecanismos que el ser humano utilizaba, copiando a la naturaleza, para, entre otros beneficios que obtenía, minimizar los efectos producidos por las riadas.

Las lecciones de la naturaleza son claras, solo tenemos que seguirlas... pero hasta que esto ocurra ya es tiempo de pedir responsabilidades a quienes han obviado las normas básica de gestión territorial, a quienes han mentido y a quienes han ocultado información para obtener un lucro personal aun a costa de poner en riesgo a personas, haciendas y medios de subsistencia.