SOBREVIVIR ENTRE VERTIDOS E INUNDACIONES

Arrastre de tierra al Mar Menor en la playa de Los Urrutias, a la altura de la iglesia. / PABLO SáNCHEZ / AGM
Arrastre de tierra al Mar Menor en la playa de Los Urrutias, a la altura de la iglesia. / PABLO SáNCHEZ / AGM
ÁNGEL PÉREZ RUZAFACATEDRÁTICO DE ECOLOGÍA Y PORTAVOZ DEL COMITÉ CIENTÍFICO DEL MAR MENOR

Las lagunas costeras sobreviven en la transición entre la tierra y el mar. En esa encrucijada, y en las fuerzas y energías inherentes a estos ambientes fronterizos, está su origen, los procesos hidrodinámicos y geomorfológicos que las conforman, que las presionan y que finalmente las convertirán en marismas por colmatación. Lo normal es que, desde su origen hasta su desaparición, pasen suficientes miles de años como para que no tuviéramos que angustiarnos por su posible pérdida. Pero lamentablemente, además de a las fuerzas naturales, su situación las hace especialmente vulnerables a las presiones y vertidos humanos y a las decisiones de gestión que se toman en las cuencas de drenaje. Las lagunas, y el Mar Menor es un ejemplo, han sufrido un aumento de sedimentación histórico por la deforestación de su cuenca y remoción de tierras, vertidos de actividades mineras, la ganancia de terrenos al mar para ocupación urbana o agrícola, construcción de puertos o creación de playas. Con frecuencia se las ha desecado por considerarlas insalubres y como medida equivocada para combatir los mosquitos y el paludismo. Si a esto le sumamos los vertidos de nutrientes y contaminantes que inducen la eutrofización o la mortandad de organismos, uno se pregunta cómo es posible que aún queden lagunas y que algunas puedan albergar la biodiversidad e integridad ecológica del Mar Menor. Pero ahí está. Es un hecho. Y el que siga estando depende de que seamos capaces de dejar de agredirlo e, incluso, minimizar los impactos de los eventos naturales catastróficos.

Centrándonos en el Mar Menor, su situación es grave. No se trata de movernos entre el dramatismo derrotista y el optimismo injustificado, sino de ser conscientes de su realidad y la importancia de hacer las cosas bien si no queremos perder todo lo que nos da y debería poder seguir dando en el futuro.

Desde enero han vuelto los vertidos continuados, afectando muy seriamente a su integridad ecológica. Este año, a los agrícolas, que se habían reducido desde 2017 permitiendo la recuperación del ecosistema en 2018, se han sumado aguas residuales desbordadas, escorrentías urbanas, aportes directos del freático o indirectos a través del bombeo de sótanos inundados o la gestión inadecuada de algún tanque de tormenta. Ahora tenemos la entrada masiva de aguas torrenciales como consecuencia de la gota fría que estamos padeciendo en la Región de Murcia.

Este, siendo un fenómeno natural al que el ecosistema está adaptado y del que se ha recuperado en numerosas ocasiones en los últimos siglos, se ve acentuado por los cambios de usos en la cuenca de drenaje, que han eliminado la vegetación natural y removido los suelos. Los materiales en suspensión que aportan las escorrentías entierran los poblamientos, enfangan los fondos, afectan a los organismos filtradores y deterioran la calidad del agua. La simple entrada de agua dulce, aunque fuera transparente y sin contaminantes, ya sería perjudicial para un ecosistema cuyas especies son marinas y que basa su integridad ecológica en su carácter hipersalino. Es difícil anticipar las consecuencias finales sobre nacras o praderas de Cymodocea, por mencionar solo dos especies emblemáticas que por ser sésiles soportarán la avalancha de sedimentos sin poder desplazarse, pero confío en que podrán aguantar la turbidez, cerrando sus valvas, o compensar la falta de fotosíntesis y las tasas de sedimentación, durante los días que dure el evento.

Pero deben preocuparnos las consecuencias a más largo plazo. Con un freático rebosante, las entradas de agua dulce se mantendrán durante meses, como ya ocurrió en 2016. Mas allá de los nutrientes que aporten, la bajada de salinidad sostenida puede tener un efecto grave sobre muchas especies, como ya ocurrió con las holoturias.

Ahora hay que hacer balance, valorar impactos en cada localidad e identificar zonas en las que sea necesaria una actuación concreta y medida, pero además de la capacidad de resolver problemas, debemos desarrollar la capacidad de anticiparlos y evitarlos. Debemos implementar protocolos que anticipen lo que es previsible, independientemente de que ocurra con mayor o menor frecuencia. Necesitamos infraestructuras que permitan tener control sobre todo tipo de aguas, su recepción, conducción, tratamiento, almacenaje, reutilización o evacuación en condiciones adecuadas. Esto debe ir acompañado de una estrategia de futuro, desde lo inmediato al largo plazo, de mantenimiento del suelo, de diversificación de cultivos, de conservación de la heterogeneidad del paisaje que garantice la de la biodiversidad, de utilización de setos, de estabilización de los procesos edáficos y ecológicos. Los cambios de mentalidad pueden llevar años, pero algunas de estas acciones, incluyendo las infraestructuras necesarias, pueden ser inmediatas si se aporta financiación y hay decisión política y acuerdo social. Construir un ecosistema como el del Mar Menor ha llevado miles de años, poco más que la cultura agrícola, pero para destruir ambas cosas puede bastar un par de años tanto haciendo lo que no se debe, como dejando de hacer lo que se debería, confundir las prioridades o proponer solo medidas que requieran un plazo demasiado largo.