RUMBO AL VATICANO

Monseñor Silvio Báez, 'azote' del caudillo Daniel Ortega, deja Nicaragua por deseo de Francisco y entre el pesar del pueblo

Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez. /
Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez.
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Aprovechando que es Domingo de Ramos, les presento con admiración a un tío estupendo, de esos de primera, Silvio Báez, del que de entrada les digo que yo tampoco tengo el gusto de conocer, aunque ojalá llegue un día en el que este mutuo desconocimiento, que por supuesto a él no le quita el sueño en absoluto, tenga arreglo. Le conozco por ahora de referencias, vertidas con agradecimiento por mucha buena gente, gente de paz, gente de bien, gente agradecida y luchadora; son miles y miles los que han visto y sentido cómo les tendía su mano en los momentos amargos, tristes o hirientes sin medida, y cómo celebraba también con ellos las alegrías, las buenas noticias, los nacimientos, los matrimonios, la salud de sus hijos, las cosechas abundantes, los noviazgos felices, y los futuros en los que se abre por fin un balcón soleado a una vida mejor. Este Silvio Báez del que les hablo tiene tiempo para todos: los mayores, los jóvenes, los adolescentes y los niños que un día serán las mujeres y los hombres que habrán de cuidar la Tierra, y lo tiene a costa de quedarse sin apenas con horas para sí mismo. No hay día en que no reparta bendiciones, mensajes de esperanza, palabras de consuelo y ánimo...; y que no denuncie, con un valor que sobrecoge, la injusticia, los abusos, los ataques a los más débiles, la falta de libertad, el maltrato, y la ceguera y la cólera que acompañan el ejercicio de un poder corrupto que se niega a no seguir dando guerra.

Silvio Báez nació en 1958, y los nicaragüenses tuvieron la suerte de que lo hiciera en su país, esta tierra bellísima de Nicaragua a la que un día Julio Cortázar se refirió como «tan violentamente dulce», mucho antes de su muerte y de que se librara de ver cómo el por entonces admirado comandante Daniel Ortega, que en su día ya muy lejano fue recibido como un libertador y una bendición para su pueblo, llevara años convertido en una auténtica maldita pesadilla, en un caudillo que no solo se conforma con asfixiar el día a día de su gente, sino que también practica con los que no le aplauden, en cuanto se les ocurre protestar en las calles, el tiro al pecho, el derramamiento de sangre en los mismos lugares en los que en el pasado festejaron con cánticos de alegría el triunfo de la revolución sandinista; ay, la Historia, cómo le gusta la ironía y el mostrarnos nuestras torpezas, que no hay manera de que no gocen de una salud envidiable.

De voz firme y pensamiento claro, amoroso en el trato pero beligerante sin complejos a la hora de decir verdades a las claras, a la cara y a plena luz del día, por más que estas molesten a los que prefieren vivir en la mentira o a quienes no están dispuestos a tolerar que se cuestione su poder, Silvio Báez viste de un modo muy particular, nada habitual y con el que resulta imposible pasar desapercibido, pero no ha sido por su vestimenta por lo que se ha ganado el rechazo y la enemistad de Daniel Ortega, que lo tiene bien presente, y sin que pase un solo día, no en sus oraciones, que para nada, sino a la hora de acordarse de sus más ilustres enemigos, a los que le gustaría concederles un merecido descanso, el descanso eterno bajo tierra.

Enfrentado al régimen que, con una grosería en el fondo y en las formas que indigna y acongoja, oprime a Nicaragua, Silvio Báez no ha perdido oportunidad de alzar la voz contra los retorcidos manejos del Gobierno, contra la represión que soporta cualquier exigencia de cambio, y contra la facilidad e impunidad con las que se van sumando víctimas mortales al festín de miseria y arbitrariedades en que se ha transformado el ordeno y mando de Ortega, muy mal acompañado por su nada dulce y sí muy fiera compañera, Rosario Murillo.

Una voz incómoda. Un hombre valiente. Un tipo coherente. Un ejemplo de entrega a su deber y obligación. Y otro más: de defensa de la dignidad del ser humano en un país que se viene desangrando. Generoso en los abrazos, no se acobarda ante los insultos que recibe, y ni siquiera ante las amenazas de muerte que le hacen llegar, sin duda no para darle una alegría, sino por si acaso, y por si las moscas, no se ha dado cuenta de que no es bien recibido en casa del matrimonio que se cree todopoderoso, y cuyos seguidores lo tienen enfilado.

No se andan con tonterías, hasta el punto de que Silvio Báez fue advertido de que existía un plan, acariciado con sumo placer, para asesinarle. A ver si muerto les deja en paz. El comandante lo señala con el dedo. Al comandante se lo llevan los demonios con tan solo escuchar su nombre: Silvio Báez. Pero él no silencia su voz ni bajo el agua, por mucho que intenten amedrentarlo desde los medios de comunicación que están en las manos interesadas de los retoños de la pareja presidencial, tanto monta, monta tanto.

A ver, también sabe darles donde más les duele, y ha llegado a llamar a Ortega&Murillo «fieras» muy peligrosas; o sea, lo que son. Ahora mismo, en Nicaragua, donde hace no mucho se contabilizaron 450 muertos tras cien días de protestas, se cuentan por cientos los encarcelados por pedir, por el amor de Dios y de una puñetera vez, el fin del mandato de los ya esperpénticos sandinistas: él y ella. Pero se pincha en hueso, y en cabeza perdida para razonar, y no hay forma de que se llegue a acuerdo alguno entre Gobierno y oposición, por la que es evidente que Ortega siente el mismo respeto que la finísima, incluso de más, Cayetana Álvarez de Toledo siente por Arnaldo Otegi, que en efecto provoca, cuando lo escuchas, el mismo malestar que una patada en el estómago.

Defensor de los Derechos Humanos, no de boquilla, sino jugándose la piel en el empeño, Silvio Báez decidió un día que el mejor modo de vivir su fe católica era la vida religiosa, y en esas estaba cuando fue nombrado obispo auxiliar de Managua, un cargo desde el que no se ha cansado de intentar servir al pueblo de Dios, que él, con muy buena vista y entendimiento, ve encarnado en el pueblo nicaragüense; y así lo ve a la luz incomodísima del Evangelio para todos los que practican el 'mirar para otro lado', la ausencia de misericordia o, directamente, el crimen, el atropello, el saqueo o la desvergüenza.

El caso es que justo ahora, aterrizando la Semana Santa, Francisco le ha pedido a monseñor Silvio Báez que retorne al Vaticano, desde donde se presiona diplomáticamente para intentar lograr algún avance entre Gobierno y oposición que ponga fin a una crisis que clama al cielo. Un cielo que, de pronto, parece haberse cerrado para muchos nicaragüenses que no entienden esta decisión del Santo Padre. Yo confío en él, en que será para bien y en que un día, cuando Silvio Báez regrese a su patria, se encuentre con que ha vencido, con permiso del poeta Rubén Darío, el olivo de paz al acero de guerra.