TÚ A MÍ NO ME PITAS

El tipo más mayor grita como un animal de bellota, grita como si estuviese solo en el mundo

TÚ A MÍ NO ME PITAS
Pepe H
ANTONIO ARCO

Estaba leyendo el periódico tranquilamente, alucinando con la historia, tan bien narrada por Ricardo Fernández, de la agresión, del brutal puñetazo en un ojo a un joven socorrista de una playa de La Manga que, a golpe de silbato, alertó a dos embarcaciones de que se estaban acercando peligrosamente a la línea de boyas que baliza la zona para bañistas, cuando de pronto se acabó la paz. Justo fue leer que un energúmeno, descendido de una de las embarcaciones, se fue todo retador hacia el joven y, tras encararse con él al ritmo chulesco de '¿eres tú el que nos ha pitado?', le propinó el golpe seco, y llegar en ese mismo instante al local en el que me encontraba la hora de los malditos. Apenas tuve tiempo de construir la conclusión de que, deseándole como le deseo al energúmeno que ojalá tenga que pagar la multa de hasta 60.000 euros que podría caerle de parte de la Capitanía Marítima, lo que yo no quisiera, ni para mí, ni para usted, ni para nadie, es que precisamente tuviera que ser él quien un mal día nos tuviese que operar de fimosis, pincharnos para sacarnos sangre o encargarse de ponernos, medio dormidos, las lentillas de ver claro este mundo surtido de pendejos.

Estaba desayunando en silencio, tampoco es mucho pedir. Un desayuno y unos minutos en calma, envueltos en una suave música de 'bossa nova', que no sé yo si les parecerá bien este estilo a los de Podemos y a los del PP, que andan ahora dedicándose a prohibir conciertos de músicos que no les hacen la ola. Sentado solo en la diminuta mesa pegada a la cristalera del local, la cristalera desde la que se contempla el primer mar de la mañana, el mar majestuoso y la calle escenario de una procesión de rayos de sol y de los primeros bañistas que caminan hacia la arena todavía solitaria, o hacia ninguna parte pero envueltos en luz. No, no estoy en el Café Julien neoyorquino que retrata Dawn Powell embobado de gusto, pero estoy bien. Unos minutos de calma, ya les digo, las tostadas crujientes, la música que te acompaña, el café delicioso con leche fría, un patio próximo rebosante de macetas de colores. Estás en la gloria física y psíquica, el salón casi vacío, el camarero sigiloso, la mermelada de naranja amarga disfrutando en tu estómago del sueño de los justos, la prensa del día, un sencillo gran placer antes de dar comienzo a un día duro por delante.

Que espere todo unos minutos, me pido otro café. El camarero sigiloso se acerca, pero esta vez no lo hace solo, junto a él caminan engolados dos tipos risueños, a voz en grito, a voz en grito uno más que otro, vestidos de pies a cabeza con ropa carísima de marca bien visible, bronceados como zulúes; siguen la juerga que empezó muchas horas atrás, siguen sin estimar oportuno dejar ya de beber. El tipo más mayor grita como un animal de bellota, grita como si estuviese solo en el mundo, grita que dan ganas de matarlo.

El sitio parece ahora una pescadería en hora punta, una verdulería en llamas, una granja de pavos, un sitio incómodo. Acababa el tipo altanero y bebedor compulsivo de regresar un par de días antes de un viaje de 'sus negocios'. Habla gritando, y sin parar, en la oreja del otro bebedor que no dice ni pío, solo bebe y escucha al compañero relatar que no se dónde ha hecho buenos negocios, redondos, negocios «de la hostia».

Por el día, negocios, le cuenta al amigo mudo, y por la noche fiesta, juerga, sexo, diversión, sexo, «tías de puta madre», durante las tres noches que estuvo no sé dónde de 'sus negocios'. Narra sus peripecias gritando bravucón, gesticulando desaforado, bronceado hasta el tracto digestivo, el bebedor, el chulo, el negociante, el sujeto del demonio que me ha arrebatado de cuajo un desayuno en paz. Y deseas que un agujero negro se lo trague.