Por unas patadas de nada

El Tribunal Supremo húngaro absuelve a la reportera que pateó a varios refugiados para evitar que atravesaran la frontera de su país

Por unas patadas de nada
Pepe H. / Nacho Rodríguez
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Vamos a ver, no me cabe duda de que la reportera húngara, por desgracia para la profesión, llamada Petra Lázslo, estaba en su derecho de zancadillear y patear con rabia, deslomada de piernas y cerebro de mosquito, a los pobres refugiados que en 2015 pretendían escapar de un cordón policial en un punto caliente de la frontera húngara con Serbia, dejando bien claro la reportera patriótica, a los cuatros vientos y al presidente de su país, el ultraconservador Viktor Orbán, que ella no los quería en su territorio ni de coña, y menos todavía si no llegaban con un pan de oro bajo el brazo. Mujer libre. Mujer blanca. Mujer profesional y capacitada para tomar decisiones, por lo visto y asumido, decidió que lo más conveniente para hacer un poco de ejercicio y lo que la Historia le pedía en esos momentos críticos para la supervivencia del planeta, además de para cumplir con su deber y obligación como polaca y para contribuir con ímpetu a la defensa de los Derechos Humanos, era transformarse en un asno con apariencia humana y soltarle caña al mono a esa pobre gente; en concreto, a una niña que podría haber sido su hija, y a un padre sirio que llevaba a su hijo en brazos.

Estaba en su derecho Petra Lázslo, como lo estaban los ciudadanos de bien de esperar que su gesto deplorable, que su acción condenable, lo fuese por la Justicia para que quedase bien alta y clara la condena de la violencia; acción que, por fortuna, provocó sonrojo en el rostro extrañado de millones de personas que la vieron comportarse como un jabalí, dicho con todos los respetos y honores para los jabalíes. La Justicia debía cumplir con su deber de hacer justicia y, en efecto, una primera sentencia la condenó a tres años de libertad condicional por «vandalismo», mientras ella se justificaba diciendo que se había lanzando al nada honorable ejercicio de darle patadas al prójimo porque se había... ¡asustado! ¿Cómo dice usted, Petra Lázslo? ¿Acaso confundiste a la menor refugiada con la niña de 'El exorcista' justo en el momento en el que su cabeza se comporta como una peonza? Pero el tema no quedó ahí, y ahora, el Tribunal Supremo de Hungría, que está en su derecho de no cumplir con su deber, ha anulado la primera sentencia condenatoria que retrató a la pateadora ya que, a su juicio, no cometió delito alguno y sí una infracción que, por supuesto, ya ha prescrito. Quede por tanto en paz doña Petra Lázslo, ejemplo de civismo, de buenos modales y de amor sobrenatural por los niños.

Ahora bien, los miembros del citado Tribunal Supremo, por lo visto no son ciegos del todo, porque sí que dejan constancia de que la conducta «ilícita» de la reportera es «moralmente censurable y sancionable por la ley». Sancionable atendiendo no a una actuación vandálica, porque sus señorías no consideran una acción vandálica la perpetrada por la asustadiza. Según ellos, para que una actuación sea catalogada de vandálica debe ser claramente antisocial o contraria a la comunidad. Pues eso. Los jueces están en su derecho de no apreciar este elemento antisocial o contrario a la comunidad en la actitud violenta de Petra Lázslo, pero nosotros tenemos la obligación de advertirles que a lo mejor lo que están haciendo encierra un peligro incendiario, al no considerar 'comunidad', y por lo tanto revestirlos de desamparo, a millones de refugiados e inmigrantes 'ilegales'. No creo que muchos de ellos más faltos de humanidad que Petra Lázslo.

Por suerte, esta noticia ha coincidido con otra mucho más esperanzadora, la del Supremo paquistaní haciendo historia a favor, historia que suma, historia que ya se estaba haciendo mucho de rogar, anulando con valentía -el país lleva tres días de protestas y violencia contra propiedades de la minoría cristiana- la salvaje pena de muerte impuesta a Asia Bibi, acusada de blasfemar contra el islam... ¡y, encima, sin pruebas!

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