Nueva etapa

El primer objetivo para López Miras debería ser inspirar confianza con un gobierno fiable y de perfil ideológico moderado, que busque la centralidad para impulsar políticas públicas apoyadas en amplios consensos sociales

ALBERTO AGUIRRE DE CÁRCER

Lo repitió varias veces Fernando López Miras durante la sesión plenaria para la investidura. Su Ejecutivo, asegura, será el «gobierno de la libertad». Aspira el presidente electo a «una Región libre, de ciudadanos libres, que pueden elegir por ellos mismos cuáles son sus prioridades, dónde ejercer sus derechos, cómo quieren educar a sus hijos o a qué debe destinarse el dinero que con sacrificio, con mucho sacrificio, ganan cada día». Esa apelación reiterativa a la libertad (económica, educativa, de cátedra...) fue una de las constantes de su relato político. Es de suponer que además de por convicción en esos principios, también como parte de una estrategia discursiva para atenuar los temores que suscita el apoyo condicionado de Vox en no pocos colectivos sociales que se sienten amenazados por propuestas que pueden incidir en derechos y libertades conquistadas. Representantes de medio centenar de esos colectivos se manifestaron el viernes a las puertas de la Asamblea Regional para hacer ver que no se quedarán de brazos cruzados si perciben retrocesos en materia de lucha contra la violencia machista, la igualdad de las mujeres o del colectivo LGTBI, entre otras cuestiones. Lo fácil para Fernando López Miras sería dejarse aconsejar por quienes reducirán la cuestión a una protesta política de intensidad pasajera y protagonizada por colectivos tradicionalmente vinculados a la izquierda. Aduladores no le van a faltar ahora, incluso entre quienes en plena campaña le presentaban poco menos que como un peligro para la democracia. Pero se equivocaría. Será una amplía mayoría de la sociedad la que observará su acción de gobierno en asuntos muy sensibles, como los citados, en los que han existido avances sociales sin que se generasen conflictos de calado. Si pretende ser percibido como el presidente de todos los murcianos, López Miras hará bien en recordar las palabras de Thomas Jefferson, de cuyo espíritu, por lo que se ve, parece imbuido: «Cuando los gobiernos temen a la gente, hay libertad. Cuando la gente teme al gobierno, hay tiranía». De ahí que el primer objetivo del inquilino de San Esteban debería ser inspirar confianza con un gobierno fiable y de perfil ideológico moderado, que busque la centralidad para impulsar políticas públicas apoyadas en amplios consensos sociales. Y establecer con acierto una agenda sensata de prioridades, no vaya a ser que por delante del fracaso escolar, la transformación de un modelo productivo poco competitivo o la lucha contra las listas de espera sanitarias, por citar unas pocas de las muchas necesidades, se nos cuelen urgencias que son solo fruto de compromisos políticos partidistas. Cumplir y desarrollar las leyes que se aprueban en la Asamblea sería, para variar, otro buen mensaje, otro buen comienzo para insuflar confianza en una clase política que no cesa de crear desafecto ciudadano.

El contexto político, de entrada, es completamente diferente al vivido hasta ahora. López Miras subrayó que entramos en una era inédita para la gobernanza de la Región. Por primera vez en décadas de democracia, tendremos un gobierno de coalición integrado por dos partidos políticos. Aunque no hay mejor pegamento que el poder, no va a ser fácil transmitir unidad y concierto en el seno de un gobierno con seis consejerías populares y cuatro de Ciudadanos. Miras lo sabe y de ahí su insistencia en asegurar que será un Ejecutivo de un único color y sin fisuras. Ciertamente, no es un imposible. Durante años, en el País Vasco y en Cataluña ha habido gobiernos de coalición, en algunos casos con más éxito que en otros. Aquí, la inexperiencia de gestión y política de algunas piezas claves del Ejecutivo, como la vicepresidenta Isabel Franco, va a exigir un rodaje que no estará exento de sobresaltos, especialmente cuando se aborde la distribución de protagonismos públicos y ciertas funciones que no están claramente descritas en un organigrama de gobierno. De momento, el diseño y la configuración de la Consejería de Turismo que se pretende paritaria (con igual presencia de responsables de ambos partidos) ya supone un desafío de cierta complejidad política. Muy superior a la que supone su ubicación en Cartagena, una decisión muy acertada que en realidad solo precisaba de voluntad política.

El turbulento escenario nacional añade una dificultad adicional al Ejecutivo de Miras. La ausencia de Gobierno, al menos hasta septiembre, mantiene un estado de completa incertidumbre y sin interlocución posible para afrontar numerosos problemas que solo tienen solución desde la Administración central. Tras el fracaso estrepitoso de las izquierdas capitaneadas por Sánchez e Iglesias, la posibilidad de elecciones generales en noviembre cobra cada vez más fuerza. Si a eso le sumamos la inestabilidad política que se generará con la sentencia del juicio al 'procés' y las consecuencias de un 'Brexit' duro a manos de Boris Johnson, muy negativo para la economía murciana, a este gobierno regional le espera un otoño sin viento de cola. Eso, en cualquier caso, no debe servir de excusa o parapeto para el Ejecutivo de López Miras, de quien la ciudadanía espera soluciones y eficacia, no lamentos. Habrá que esperar pocos meses para saber qué nos depara esta nueva etapa que se abre en la Región de Murcia.