EL MAR MENOR, ENTRE LA FUERZA DESATADA DE LA NATURALEZA Y LA ESTUPIDEZ HUMANA

Imagen del estado en el que quedó el Mar Menor tras las lluvias. /LV
Imagen del estado en el que quedó el Mar Menor tras las lluvias. / LV
PEDRO GARCÍAGEÓGRAFO Y DIRECTOR DE ANSE

Durante la mañana del pasado viernes 13 de septiembre, una de las fuerzas más poderosas de la Naturaleza, el agua, se desató con toda su intensidad sobre muchas poblaciones de la Vega del Segura y del entorno del Mar Menor, cumpliéndose las previsiones y advertencias que venían anunciándose desde hacía algunos días por la Agencia Estatal de Meteorología.

Era el escenario que revivía las consecuencias de una tormenta perfecta; cientos de hectáreas inundadas, miles de personas aisladas en sus casas rodeadas de agua, carreteras cortadas, infraestructuras rotas, vehículos arrastrados por las corrientes, llamadas de emergencia por todas partes, nerviosismo y angustia, destrucción...

No es necesario ser geógrafo, científico ni gestor de la administración para darse cuenta de que parte de los efectos más devastadores de las riadas para las personas, los bienes y la naturaleza del Mar Menor se han multiplicado por la localización de muchas construcciones en zonas históricamente inundables; por los cambios en el relieve derivados de la puesta en regadío de grandes superficies agrícolas, pésimamente gestionadas a las puertas del otoño, coincidiendo con el periodo más peligroso de una meteorología de sobra conocida; por la alteración y ocupación de multitud de cauces de escorrentía e incluso por el efecto barrera de algunas grandes infraestructuras.

Hay que decir a la población bien claro que buena parte de esas infraestructuras han colapsado en el entorno del Mar Menor, y casi ninguna de las medidas desarrolladas para reducir el efecto de las lluvias torrenciales sobre la laguna y su entorno han contribuido a paliar los efectos de la gota fría. Las redes de alcantarillado se han desbordado en todas partes, los tanques de tormenta se llenaron a los pocos minutos de iniciarse las precipitaciones, muchos de los cultivos intensivos de buena parte de la ribera favorecieron el arrastre de cientos de toneladas de tierras hacia las viviendas y al Mar Menor, por encontrarse desprovistos de cualquier tipo de vegetación y, en muchos casos, con la topografía alterada para evitar la acumulación de agua, mientras la riada recuperaba antiguos cauces y destrozaba cultivos y viviendas, arrastrando al Mar Menor miles de fragmentos de poliestireno de la agricultura, macetas, envases de todo tipo, incluso contenedores de basura, mobiliario urbano y trozos de coches.

Ante esta situación, nuestros responsables políticos no pueden limitarse a decirnos que se han puesto todos los medios, derramar alguna que otra lágrima y expresar su orgullo patrio por la unión ante la tragedia, mientras hacen un llamamiento a la solidaridad y piden la declaración de zona catastrófica. Es necesario aplicar políticas y gestión adaptativas que incluyan medidas que pueden ser impopulares y enfrentarles a ciertos grupos de poder; hay que evitar un mayor crecimiento urbano en zonas inundables, eliminar construcciones ilegales en zonas de riesgo, recuperar el dominio público hidráulico, limitar el sellado de suelos con más y más cemento e invernaderos, dejar de invertir en infraestructuras poco o nada eficaces, cambiar muchas de las prácticas agrícolas intensivas e incluso reducir zonas cultivadas y urbanizables para devolverlas a la Naturaleza y aprovecharlas como infraestructuras verdes con funciones de equipamiento ambiental, modificar trazados de algunas carreteras e incluso eliminar alguna de ellas.

Porque, a pesar de que las precipitaciones han sido muy importantes, el fenómeno de la gota fría forma parte de la climatología del Sureste ibérico desde hace miles de años, y la gran llanura del Campo de Cartagena es precisamente el resultado de la erosión de sus relieves circundantes como consecuencia de las lluvias y escorrentías. Y este comportamiento irregular y caótico de las precipitaciones puede verse incrementado aún más como consecuencia de los efectos del cambio climático.

Y yo, como tú, me pregunto: ¿cuántas muertes y cuánta destrucción serán necesarias para que dejemos de ser tan estúpidos? ¿Cuánto tiempo más tardaremos en adaptarnos a los imperativos de nuestra geografía y nuestro clima, y no confiar solamente en las infraestructuras que tan arrogantemente anunciamos como soluciones definitivas? ¿Cuánto tiempo más tardaremos en dar una oportunidad a la Naturaleza y convertirla en nuestra aliada en lugar de en nuestra enemiga?