Tres vasos de agua y cuatro pedos

Mano de santo son para las tiritonas de Merkel y Siri Hustvedt

García Martínez
GARCÍA MARTÍNEZ

La señora Merkel ha padecido recién dos tiritonas espectaculares. Ambas son de dominio público. La primera vez, lo resolvió con tres vasos de agua. La segunda, un asistente le ofreció la misma medicina, pero la rechazó. Me sospecho que el problema persiste.

-Fue espectacular, ¿eh?

El doctor Molina Boix ha publicado en 'La Verdad' un artículo sobre el fenómeno psicosomático. Y alude a un ensayo firmado por Siri Hustvedt (recién nombrada Premio Princesa de Asturias) en el que habla de diversas dolencias padecidas por ella misma, que carecían de justificación. Por ejemplo: migrañas frecuentes y movimientos musculares de difícil encaje en una persona sana. La autora cuenta también que, dos años después de la muerte de su padre, fue invitada por una universidad (de la que él había sido profesor) para hacerle un panegírico. Al comenzar su discurso, fue presa de un temblor generalizado (irreprimible, en palabras de su madre, que se encontraba allí). Era como una electrocución. Desde entonces, Siri se dedicó a estudiarse a sí misma y a documentarse científicamente. Y llegó por fin a la conclusión de que, debido también a su extraordinaria sensibilidad, su salud se había averiado porque quizás no había sentido de modo suficiente el dolor por la pérdida del padre. Se trataba, pues, de una relación causa-efecto desde la mente hasta el cuerpo. Algo, pues, psicosomático.

Siri Hustvedt es hoy día una escritora famosa, líder feminista y matrimoniada con otro literato igualmente conocido, como Paul Auster. No sé si ha superado sus dolencias. Solo diré que estoy leyendo un libro suyo, 'Recuerdos del futuro', que a mí me suena a rarito. A lo mejor es que ha superado lo del padre, pero le falta por superar lo del marido.

-¿Cómo 'lo del marido'?

¡Hombre! Solo le diré al lector que un machihembrado, como decía Umbral, entre escritor y escritora célebres, suele traer secuelas. Reproduzco, a modo de muestra, un párrafo de su libro, donde dice, refiriéndose a un sujeto que la cogió del brazo en un café: «Le saqué la lengua, me tiré pedos por si acaso y bramé hacia su cara asombrada que no me pusiera sus manos encima sin mi autorización expresa».