La ternera con guisantes como murcianidad

A nadie perjudicaría rememorar este sabroso plato

García Martínez
GARCÍA MARTÍNEZ

Acualquier murciano dueño de una índole como la del periodista Martínez Tornel (que da nombre a la plaza, no que tomó el nombre de la plaza, como creen algunos), y a quienquiera, en fin, que calce mi provecta edad, seguro que se le vendrá de cuando en cuanto a la cabeza la ternera con guisantes. No por el plato en sí mismo considerado, aunque también, sino porque forma parte de la mejor murcianidad. Que sea invento nuestro, quizás sea mucho decir, pero adjudicárselo a un iluminado antepasado nuestro, tampoco lo tengo por descabellado.

La ternera con guisantes me la atizaba yo siendo zagal (cada vez que me traían a la capital), en Los Pequeños de la calle de Riquelme. (Sus herederos, felizmente reinantes, tienen ahora comedor abierto frente el Auditorio). Desde entonces, esa preparación culinaria, por así llamarla, me fue (y me sigue siendo) predilecta. La veo, además, tan representativa de Murcia como la Matrona famosa. Estoy seguro de que cuando las criaturas (la suya propia y la inmigrada) se hicieron mayorcicas, además de cambiarles pañales por zaragüelles, les retiró la teta para hacerlas adictas a la ternera con guisantes.

Huele muy bien.

-¿Quién?

¡Pues, coño, quién va a ser! La ternera, los guisantes y su correspondiente caldico. Porque este (la salsa, dicho con la propiedad requerida) incitaba al delicioso 'toma pan y moja'.

-¡Con el calor que hace!

¡Quite usted! La ternera con guisantes se tomaba y se puede (y hasta se debe tomar) en cualquier época del año, según sucede modernamente con los helados. Porque la 'sudaera' no te la provocaba, como bien dicen los médicos, ni el calentor de la vianda (ni siquiera la vianda en sí misma), sino el afán entusiasta con el que te jalabas la ternera, los pésoles y lo que chorrea. Sudabas de satisfacción, en la penumbra fresca del restaurante.

Atención al programa: Comer en Los Pequeños, comprarse unos zapatos en Las Dos Banderas, que te viera el oído el doctor Arregui padre, disfrutar a Sarita Montiel en el Rex, regalarse un escudo de alfiler del Real Madrid en la Glorieta, pesarse automáticamente en el Bar Olimpia y regresar a Jumilla en el autobús/submarino amarillo titulado El Marqués.