¡La Luna no se toca, nene!

Ahora resulta que, además de polvorienta, huele mal

García Martínez
GARCÍA MARTÍNEZ

Veo bien que celebremos el cincuenta aniversario de la llegada del ser a la Luna.

-¿De qué ser hablamos?

Pues del humano. De 'nusotros' mismos. El recordatorio lo vienen ilustrando las televisiones con todo tipo de datos confirmativos. Pretenden así, me creo yo, acabar con esos rumores malévolos, según los cuales todo fue un montaje de los americanos.

-De los tíos de la CIA, ¿no?

Pues sí, señora. Algo de eso se ha dicho. Debe de ser que la gente anda tan escamada de la política, que ya no se cree nada. Porque aquel cósmico acontecimiento tuvo mucho de político. Como casi todo en este mundo.

La URSS y los EE UU se comportaban como dos chiquillos: viendo a ver cuál era el más guapo, como la madrastra de Blancanieves. Y se entabló una lucha que, al principio, pareció que la ganaba el soviético, cuando logró poner antes que nadie una perra en el espacio. En vista de ello, Kennedy empezó a morderse los puños. Y un buen día, el americano (que no era tan impasible como escribió Graham Green) abrió el saco de las perras y, en lugar de una, puso a disposición de la NASA qué sé yo cuántos millones de ellas. Y comoquiera que no hay cosa que no resuelvan los dineros, salvo la muerte, los Estados Unidos colocaron a dos señores en la Luna, mientras otro se fue a dar una vuelta (varias vueltas, en realidad) para recoger a sus compañeros, en acabando estos de poner la bandera y acarrear unos cuantos pedruscos lunares.

Aceptado casi por todos que el alunizaje no fue un camelo, nos enteramos ahora (o me entero yo) de que la Luna huele mal. Varios astronautas han coincidido en ello. Dicen que es un olor a carbón quemado. O a pólvora. Como si alguien hubiera disparado una carabina. Algo que, si no fuera molesto, le quita encanto al satélite. Perjudica a ese halo poético que de siempre la acompañó. Ya contribuyó a eso el hecho de pisarla. Pero lo de la pestucia, pues deja hecho unos zorros el prestigio de nuestra amiga de por las noches.

Y es que, como dijo aquel: «La Luna no se toca, nene».