Días de tristeza y reparación

Vista la enorme gravedad del daño, el Estado no debería ser cicatero

García Martínez
GARCÍA MARTÍNEZ

Si ya la DANA no volviese a las andadas, tocaría ahora (lo primero de todo) resolver el desamparo de quienes tuvieron que abandonar su hogar, dedicar una especial atención a los ancianos mermados de facultades y, poco a poco (o mucho a mucho, si pudiera ser), reconstruir lo que se ha destruido y enfilar hacia la normalidad.

Pero no una normalidad improvisada, de aquellas de 'mantente mientras cobro'. Lo ocurrido en estas jornadas de agua y espinas (que no de vino y rosas) ha dejado al descubierto que ciertas infraestructuras no eran todo lo robustas que se esperaba de ellas. Esto es algo que viene sucediendo desde siempre. Es verdad que, cuando los elementos se desatan con la furia de estos días pasados, cualquier resistencia se manifiesta inútil para contener tan exagerado desmadre. Pero hay un conjunto de precauciones que, si respondiesen a las exigencias de la obra bien pensada y mejor ejecutada, habrían suavizado en buena medida el desastre.

Ante un clima que se muestra inusualmente estrambótico (y, lo que es peor, dañino de todo daño), sería de tontos pensar que no se repetirá el desastre. Hay síntomas bastantes como para suponer que la Naturaleza desatada volverá, más pronto que tarde, a mostrarse con su peor genio. El ciudadano de a pie, sin ser necesariamente fatalista, se da cuenta de que, a los líderes instalados en las más altas instancias de la política, se la repampinflan las variaciones del clima, a pesar de que tienen ya el carácter de altamente catastróficas. Hacen alarde de unas actitudes que no podemos por menos que calificar de suicidas.

En un planeta que se está quedando sin la fauna y flora que le son propias, con tantas especies en peligro de extinción, tiene que ser una niña sueca de quince años la que, en nombre de nuestros nietos, se eche a la calle dando el grito de alarma. Algunos dicen que es un montaje interesado de no se sabe quién, puro márquetin, más toros que pan. Acérquense al Sureste inundado quienes propalan eso Y si no quieren embarrarse, miren con alguna perspicacia las imágenes de la televisión.

O va a ser verdad que nadie escarmienta en cabeza ajena.