Del coro al caño

Lo que va del 'quién gobierna' al 'ya gobierna'

García Martínez
GARCÍA MARTÍNEZ

Ahora mismo, la clase política salida de las urnas anda muy atareada, viendo a ver quién gobierna. Una vez que haya decidido eso, vendrá la gobernación propiamente dicha.

-¿Pero qué es mejor? ¿El 'quién gobierna' o el 'ya gobierna'?

Hombre. Ambas cosas son importantes. Lo que ocurre es que, a groso modo (como se suele decir), convendría dedicarle menos tiempo al quién y cómo gobernar, que a la gobernación propiamente dicha.

Podría decirse que, mientras se está preparando la gobernanza, como sucede en los momentos actuales, los sujetos siguen gobernando, solo que lo hacen 'en funciones'. O sea que, teóricamente, están en misa y (a la misma vez) en la procesión. Lo cual nunca se consideró lo mejor. Más que nada, porque el ser humano tiene sus límites. Puede hacer dos tareas a la vez, no diré que no, pero nunca le saldrán tan a satisfacción como si empleara sus fuerzas en un trabajo exclusivo.

-Lo que yo le digo a usía es que, si se tarda demasiado en iniciar las gobernaciones, pudieran derivarse perjuicios.

Pues esa es precisamente la cuestión. Estábamos acostumbrados a que, en acabándose las elecciones, los políticos nuevos y los repetidores se pusieran a funcionar de inmediato. Pero eso era cuando había dos partidos con posibilidades de mando y uno de ellos se alzaba con la victoria. Estoy hablando del bipartidismo, como se le llamaba a aquello. No sé si recordará el lector que (no hace todavía mucho), si no ganaba Paquito, lo hacía Pepito. Y al revés. Los contendientes no mostraban interés por pactar nada, sino más bien todo lo contrario.

-¿Y qué se puede hacer para que no tarden tanto?

Vamos a ver. Si ocurriera que, a lo largo de todo un año, nuestra clase política se pasara el tiempo pactando, en lugar de gobernando, entiendo yo que deberían saltar todas las alarmas. Si es que el 'quiero y no puedo' superase en algo al 'puedo y ya quiero', entonces deberíamos preocuparnos. Veo comprensible que se tarde más en preparar la comida que en comérsela. Pero cuando la tardanza es tanta que se nos acaba muriendo de hambre el comensal, ya no queda otro remedio que darse prisa, joder.