SI NO TE GUSTA LA POLÍTICA, HAZLA TÚ

Los partidos son empresas que se mantienen gracias a la fidelidad insobornable al líder, que a veces no tiene talla de tal pero que es incontestable

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

Una de las historias icónicas de las redes es la de la anaconda que se comió a un político en Brasil. Según periódicos poco fiables, el diputado habría ido al Amazonas a esconder una fuerte suma de dinero proveniente de la corrupción y, mientras se emborrachaba, fue atacada por la serpiente que lo devoró antes las risas de los habitantes de un pueblo cercano. Sabiendo que debe tratarse de un 'fake', todos le dimos difusión a las imágenes, tal vez porque queremos que las serpientes se coman a los políticos.

Tenemos una idea muy equivocada del político, para bien y para mal. Tendemos a considerarlo alguien que debe atesorar principios, moral, inteligencia, coherencia, brillantez y atractivo. La realidad es que pocos atesoran todas esas cualidades. En este punto es donde el que firma se convierte en 'cuñao' y matiza que conoce a muchos políticos buenos, algo innecesario, en un país con unas 300.000 personas viviendo del sueldo que posibilita un partido. Es imposible que semejante contingente humano, equivalente a unas cuatro veces nuestro Ejército de Tierra, no ofrezca un balance equilibrado entre buenos y malos.

Mi generación creció con la imagen del político de la Transición, un tipo entregado a la construcción de un país mejor, un estadista como Felipe González o Adolfo Suarez, con líderes fuertemente ideologizados como Carrillo o Fraga, gente con principios, de tal forma que los casos de corrupción eran escasos y muy sonoros, como el ilustre Juan Guerra o el cinematográfico Luis Roldán. Hoy la corrupción es una metástasis en el sistema y ha devaluado la imagen del político, pero hay algo casi tan dañino como la corrupción: la incompetencia. Un político ya no es un estadista. En la mayoría de casos es una persona con ambición personal que, al acabar (o no) sus estudios se planta ante tres salidas: estudiar una oposición, montar una empresa/proyecto o afiliarse a un partido y elige la última. Empieza a ocupar cargos no remunerados, tomando peso en la estructura y en un par de años tiene una función orgánica. A partir de ahí la visibilidad es crucial: interventores en elecciones, voluntarios en congresos o ponentes en debates y así alcanza una secretaría de segunda, una concejalía remota hasta llegar a una dirección general. En ese punto el futuro del político está asegurado, a menos que la líe parda y se lo coma la anaconda. Si descontamos los fichajes estrella y las vocaciones tardías, tenemos una clase política que, mayoritariamente, no ha trabajado fuera de la política. Es grave. Es grave pero no debemos obviar que los partidos nuevos aún no están en esa rueda.

Otra cosa es el patriotismo. El político ama España o su ciudad, o las dos cosas, tanto como nosotros, no más y probablemente no menos. Ninguno le desea mal a su país, pero lo primero es su interés personal. A veces es cuestión de ego, otras solo dinero, pero en la mayoría de los casos son las dos razones las que los mueven. Hay extraordinarios políticos, gente abnegada que daría la vida por sus vecinos, una idea o el país pero a nivel usuario dan su tiempo por un sueldo. El éxito de un político es el mismo que el de un futbolista: que creamos que está aquí por los colores y así dice «la ilusión de mi vida era jugar en el Murcia» y el político «me voy a dejar la vida por los ciudadanos de Albacete», pero ambos lo suelen decir para la prensa. Generalizar es un error, es evidente que Messi es del Barça y Pablo Casado una persona fiel a sus ideales, pero la estadística que nunca tendremos parece arrojar otra realidad en la que Cristiano Ronaldo y Neymar son del que les pague, y Ángel Garrido o Soraya Rodríguez son... lo que el lector considere.

Si sabemos esto, deberíamos contemporizar por nuestro propio bien. Son profesionales necesarios, unos buenos, otros malos, que gestionan aspectos importantes de nuestras vidas, pero ni nos van a salvar ni a condenar. O no deberían. Hay grandes corruptos, mediocres, hasta asesinos, pero si el Estado funciona con cierta normalidad, significa que esos cuatro ejércitos de políticos que rigen los destinos grandes y pequeños están haciendo su trabajo. Es innegable que el funcionamiento debiera ser mucho mejor, pero para eso tal vez debiéramos dar un paso adelante y, como ciudadanos, asumir responsabilidades políticas. Mientras tanto, no los convirtamos en grandes héroes o en villanos infectos, la mayoría no son para tanto.

Los partidos son estructuras en las que rara vez cabe la disidencia, la opinión libre o creativa. Son empresas que se mantienen gracias a la fidelidad insobornable al líder, que a veces no tiene talla de tal pero que es incontestable, cada partido tiene en previsión un 'killer' que se dedica a cercenar las carreras de los que intentan destacar sin permiso, de los disidentes, los que protestan o piensan demasiado. Ese es el gran problema de fondo, tanto como los corruptos o los incapaces: la estructura monolítica de pensamiento que un partido representa y que hace ejecutar órdenes. Al que no las cumple lo echan a las serpientes.

La política funciona así. Esto es lo que hay y si no te gusta, hazla tú.