Cigarrillos mal encendidos
Treinta años después, solo hemos conseguido trasladar las colillas de dentro a la puerta del hospital
Desde hace tiempo, cuando llego al hospital por las mañanas temprano y, ya dentro del recinto, me dispongo a acceder por la entrada principal, mi ... primera mirada siempre es la misma: un mar de colillas de cigarrillos en el suelo, que no puedo evitar pisar para poder entrar. Para alguien que tiene tan claro el efecto nocivo del tabaco y que se dispone a iniciar el día pensando en 'salud', la incongruencia aumenta al leer en grandes letreros «espacio sin humo» y oír por la megafonía «se recuerda que está prohibido fumar en todo el recinto».
Aún me viene a la memoria cómo en los años 90, cuando como residente de guardia me dirigía a urgencias al final del día, ese mismo mar de colillas me lo encontraba en descansillos de escalera entre cada planta del hospital. Casi treinta años después, hemos conseguido trasladar las colillas desde dentro del hospital a fuera del hospital, pero no muy lejos, en la misma puerta que da acceso al mismo.
Sin embargo, por lo que quiero llamar la atención no es porque nos hayamos quedado a las puertas, sino porque en estos momentos existe una desidia para intentar ir más lejos. Esas colillas que vemos al entrar, y al salir, no son de profesionales sino de acompañantes y, lo que es peor, de pacientes. En muchas ocasiones me he encontrado a algún paciente, con pijama e incluso sueros, en esa puerta fumando, y al requerir a quienes ejercen la labor de control que tomen las medidas que carteles y megafonía proclaman, la respuesta siempre es la misma: «Es imposible, no nos hacen caso, nos hemos cansado».
El ingreso hospitalario debería aprovecharse para incidir y facilitar el abandono del tabaco
Es indudable que las diferentes leyes antitabaco han permitido reducir la tasa de tabaquismo en la población, mediante restricciones en los espacios y aumento del precio principalmente. En los últimos datos del año 2024, alrededor de uno de cada cuatro adultos son fumadores. Siendo menos los fumadores, estas cifras siguen siendo altas y suponen una elevadísima carga de enfermedad y costes sanitarios. Por otro lado, aunque el riesgo asociado al tabaco se acumula con el tiempo y la cantidad, lo cierto es que también disminuye de forma significativa con su abandono. De ahí, que cualquier política sanitaria encaminada a limitar su consumo debería también asociarse a una estrategia para facilitar la salida de la dependencia. El ingreso hospitalario debería aprovecharse para incidir y facilitar el abandono, pues es un momento en que la mayoría de pacientes expresa su deseo de dejar de fumar. Sin embargo, el mejor ejemplo de que no lo estamos haciendo es la puerta del hospital por la que accedo cada día.
Recientemente, en relación con el incendio del Hospital Santa Lucía de Cartagena, se ha planteado la posibilidad de que se debiera a un cigarrillo mal apagado. Lo cierto es que, si así fue, realmente era«un cigarrillo mal encendido. Los espacios sanitarios, en su interior y en su exterior, deben ser espacios sin humo y sin cigarrillos, y para ello se precisa de una implicación clara por parte de todos, gestores y profesionales, en dos sentidos: hacer cumplir la ley y, a la vez, facilitar el abandono de esa dependencia.
El nuevo reto es que al menos los cigarrillos mal encendidos no estén en la entrada de los centros sanitarios, sino lo más lejos posible.
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