UN CRIMEN, ATENAS, EL PLANETA

Cómo no pensar en Cristian, el niño de 11 años al que su padre ha asesinado en Beniel, donde vivían; cómo no pensar en su madre, Laura, y en su hermano mayor, David

Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez /
Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Me gusta recordar los viajes, y aprovechar esos momentos para tomar distancia de los agobios del día e intentar despejar la mente, que demasiado trabajo tiene con intentar comprender las razones de algunos comportamientos ajenos que, a pocas luces que uno tenga, resultan incomprensibles. Ejemplo: cómo no pensar en Cristian, el niño de 11 años al que su padre ha asesinado en Beniel, donde vivían; cómo no pensar en su madre, Laura, y en su hermano mayor, David, si al fin y al cabo los tenemos aquí al lado, ahora mismo convertidos en una especie de muertos en vida. Y sí, cómo no hacerlo también en el parricida, que se ahorcó tras arrebatarle a su hijo toda la vida por delante.

Lo recuerdo bien, el viaje que guardo en la memoria...: tanto llovió de golpe, en un segundo, un suspiro, un parpadeo, que la Acrópolis desapareció bajo las aguas, majestuosa en las colinas sagradas a cuyos pies, entre parras y cientos de flores exultantes que crecen en los más variopintos tiestos y rincones, se encontraba la pequeña taberna en la que comíamos las mismas aceitunas negras de las que se alimentan los dioses y apurábamos otra última copa de vino, un elixir dorado que tiene el efecto de aumentar todavía más la belleza de todo cuanto rodea los caminos que llevan al Partenón.

Un segundo fue suficiente para que la diminuta terraza de mesitas atendidas con mimo maternal por una griega de voz ronca y manos bendecidas para la cocina, se anegara hasta convertirse en un estanque. Corrían cuesta abajo las frías y abundantes aguas que estaban inundando Atenas llevándose consigo los restos de velas apagadas de súbito y alguna que otra copa antigua de cristal, sin adornos, que viajaba sobre millones de gotas como un homenaje al licor que nos hermana a hombres y dioses.

Solo en un rincón del callejón absolutamente acorralado por el diluvio encontramos un pequeño refugio para aguantar el aguacero que amenazaba con convertirse en eterno, una vez que todos abandonamos la pequeña taberna, convertida ya en una laguna. Debajo de una vieja, pero resistente y bienaventurada sombrilla con un anuncio de Campari, nos cobijamos completamente empapados y boquiabiertos dos españoles, dos inglesas, un japonés que no dejaba de filmarlo todo prácticamente bajo el mar que caía del cielo, la griega poderosa, su sobrino y camarero, y dos señoriales perros, vagabundos pero bellísimos, de esos que campean a sus anchas por el barrio más universal y mágico de Atenas, y que allí estaban entre nosotros compartiendo el minúsculo espacio que teníamos sin que a nadie se le ocurriese invitarles a que se diesen un baño nocturno y se alejasen del lugar ladrando, aullando o cantando una de esas inmortales letras de Serge Gainsbourg que la mágica Jane Birkin interpretará bien pronto en la apertura del 50 Festival de Teatro de San Javier.

El diluvio caído sobre el corazón de Grecia, ahora en manos políticas del conservador Kyriakos Mitsotakis, quien ha prometido bajar los impuestos a una población que no levanta cabeza y cuyos bolsillos andan temblando, duró finalmente unos minutos transparentes que transcurrieron entre una emoción abrumadora y el hecho innegable de que aquello parecía un nuevo capítulo de Noé y el Arca. Bajo aquella vieja pero noble sombrilla de Campari, una tropa formada por siete personas y dos perros estábamos aguantando, sin conocernos de nada y sin tan siquiera hablar la misma lengua, el rotundo chaparrón con paciencia, hermanados, haciendo lo posible cada uno de nosotros para que el agua a raudales nos torpedeara lo menos posible a todos, perros señoriales incluidos. Rescaté entonces estos versos de Paul Éluard: los hombres y las mujeres «están hechos para entenderse / para comprenderse, / para amarse».

Y con esa imagen en mi memoria de Atenas envuelta en agua como una sirena cuyos cantos de sabiduría iluminaron un día al mundo civilizado y lo hicieron más hermoso, justo y habitable, le doy vueltas, ahora que sobre España se ha cebado de nuevo la ya agotadora y estúpida lucha de las izquierdas, a la idea de que todos nosotros, capaces también de ser ángeles o demonios, deberíamos intentar demostrarnos que, si nos unimos con firmeza y cordura, no solo podemos ser capaces de capear un temporal con una vieja sombrilla de Campari, sino también de poder afrontar los retos verdaderamente urgentes que tenemos, empezando por salvar nuestro hermoso planeta.

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