BENDITA AGUA

Alfredo Sanzol tituló 'Cuento sin fin' una historia inventada para su hijo que protagoniza este bien irremplazable

Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez /
Fotografía: Pepe H. Tipografía: Nacho Rodríguez
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Como llueve como una bendición del cielo desde hace días, hablo de agua, tormentas, cosechas venideras y del Arca de Noé con Alfredo Sanzol, que es uno de esos tipos con los que te pasarías horas conversando sobre lo que sea. Autor y director teatral de primerísima línea, acaba de ser nombrado director del Centro Dramático Nacional (CDN), cargo que ha aceptado y asumido con esa humildad y amabilidad suyas que le honran y que le sirven, en el día a día, para ir dando testimonio de que, si en efecto se tiene voluntad de ello, hablando se entiende la gente, se llega a acuerdos, se destruyen prejuicios, se suman fuerzas, se entierran rencillas y, además y en cuanto te tomas la tensión, se comprueba que tu salud también sale agraciada.

Sanzol es un padrazo, y disfruta contándole cuentos a los más pequeños. Su hijo Juan, que disfruta de la suerte de tenerle como padre, la tiene también de que le haya narrado historias durante esas noches, a veces lluviosas como las de ahora, en las que te enfrentas a la oscuridad y a los sueños sabiéndote protegido, sabiéndote acompañado, sabiéndote querido. Cuántas vidas se pierden, se envenenan, se distraen, se hacen insoportables para uno mismo y para los demás a causa de la escasez en ellas de saberse verdaderamente importantes para alguien.

A su hijo Juan, cuando era más pequeño le encantaba quedarse dormido poniéndole imágenes a las palabras que su padre iba tejiendo para él. A veces, me cuenta Sanzol, era Juan quien le proponía el tema de la historia que él tendría que inventarse. Y, un poco más tarde, llegó la noche en la que el niño empezó a contarse a sí mismo sus propias historias y a inventarse sus propios chistes. Alfredo Sanzol le da enorme importancia al buen humor, a la risa, y también a saber reírse de uno mismo como método de lo más saludable para no atragantarse de solemnidad o a causa de las uvas de la ira.

Alfredo Sanzol le puso por título 'Cuento sin fin' a una historia que tiene como protagonista al agua, que calma la sed y hace brotar la vida. Agua a la que convierte en un personaje que va viviendo muchas aventuras porque, veamos: de fuente se convierte en río, de río en mar, de mar en nube, de nube en lluvia...

Juan flipaba. Su padre intentaba también que aprendiese a valorar la suerte que tiene de poder tener agua a su disposición, y la importancia de hacer un buen uso de ella, de ese bien finito e insustituible. Buen uso del agua. Buen uso de los bienes que tenemos la fortuna de poseer. Buen uso de la fuerza, del saber, de las palabras a nuestro alcance, de nuestra capacidad de decisión, de elegir, de negarnos, de implicarnos más, de no consentir atropellos propios o en cuerpo y alma ajenos. «La fuerza de la maldad reside en la inactividad de la bondad», me dice Alfredo Sanzol. Le doy la razón como a los listos. Él es más listo que pícaro, algo que tampoco cree que sea una característica tan esencialmente española como se dice, como se cree, como se destaca hasta la saciedad. «Se dice que inventamos la picaresca, pero eso es falso. Lo que hizo la literatura española fue dar forma a un comportamiento humano que no solo pertenece a la sociedad española, sino a todas: intentar burlar la norma en beneficio propio». Y continúa: «La mayoría de los ciudadanos de este país respetamos las normas; si no fuese así, no podríamos salir a la calle». Sobre todo ahora, con esta lluvia pertinaz, en plenas vacaciones de Semana Santa. Escuchen la pregunta que les hace: «¿No les ha pasado que estamos de vacaciones y, de repente, dejamos de ser nosotros y nos convertimos en aventureros, intrépidos, atrevidos, totalmente holgazanes o tímidos?». Cada uno de ustedes sabrá. Lo que él defiende es que «las vacaciones son un paréntesis extraño» y que «el peligro de salir de la rutina puede producir situaciones inesperadas, encuentros inesperados que nos hacen pensar en cosas inesperadas».

Cosas inesperadas, eso es, que a menudo tienen que ver con «la nostalgia del verano y la libertad que sentíamos cuando éramos niños». Incluidas esas lluvias que llegaban sin tocar a la puerta y tras las cuales corrías a saltar charcos o a contarles a tus abuelos que habías visto el arcoíris. Todo lo que sabías y sentías, entonces, era que vivías como si jamás fueses a dejar de hacerlo. Juan ha ido sumando a su afición a los cuentos inventados por su padre, el gusto por escuchar historias contadas por muchos otros, el gusto por escuchar. Y por saber guardar silencio. No es tampoco mal compañero. Comprobarlo conlleva otro aprendizaje muy valioso.

Hay calmas que solo se logran en silencio. Y verdades que solo se muestran cuando la calma es total. Y maravillas, y misterios, y milagros que suceden cuando se abrazan silencio y lluvia. Lo supo un día Jorge Luis Borges, y bendijo ese bendito día. El día en que, por primera vez, el sonido de la lluvia «que ciega los cristales» le trajó trajo a la memoria de un modo tan real que estremecía, más que el recuerdo, la presencia viva del padre muerto: «La mojada / tarde me trae la voz, / la voz deseada, / de mi padre que vuelve y que no ha muerto».