La singularidad de 53 aljibes que salpican Jumilla

Miguel Rubio
MIGUEL RUBIO

El patrimonio material que sustenta la cultura del esparto presenta una singularidad en Jumilla: una red de 53 aljibes repartidos por todo el término municipal. Estos depósitos para almacenar agua de lluvia representan un bien único, ya que no se encuentran en otras comunidades donde se desarrolló esta actividad. Fueron construidos expresamente para atender las necesidades de las cuadrillas de trabajadores encargados de la recogida de esa planta. Se trataba de grupos numerosos, ya que en muchas ocasiones les acompañaban sus familias; por tanto, el proyecto nació «con un claro componente social», según remarca Cayetano Herrero González, director del Museo de Etnografía y Ciencias de la Naturaleza de Jumilla. El experto ha inventariado la red de aljibes, recopilando toda la información disponible y chequeando su estado de conservación.

El Ayuntamiento se encargó de levantar estos elementos del patrimonio etnográfico en los años 40 y 50 del pasado siglo a raíz del despegue que experimentó el negocio del esparto. Todas las cisternas responden a un mismo modelo: 5 metros de profundidad y con forma de cántaro, una capacidad de 36 metros cúbicos, dos recibidores para recoger el agua y eliminar impurezas y una pila de piedra tallada en el exterior. Los depósitos se localizan en las llamadas tendidas, unos espacios despejados en el monte donde se dejaba secar la planta. La inversión municipal ascendió a 750.000 pesetas, según la investigación de Herrero. La explotación de esparto de los montes comunales de Jumilla supuso una importante fuente de ingresos para el municipio. Gracias a esos beneficios, se pudieron levantar colegios en las pedanías, el nuevo cementerio, el cuartel de la Guardia Civil y viviendas sociales, entre otros muchos proyectos.

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