Una industria milenaria y ecosostenible

Norman rellena a mano el molde de madera con la arcilla. / G. Carrión
Norman rellena a mano el molde de madera con la arcilla. / G. Carrión

Valentín, el Valle del Barro, deja su impronta en edificios de todo el mundo con la fabricación artesanal de ladrillos y tejas de impacto ambiental cero

Pepa García
PEPA GARCÍA

Desde el Valle del Barro, significado que algunos estudiosos y los vecinos atribuyen al nombre de Valentín, la Región de Murcia exporta al mundo ladrillos, tejas y otros elementos constructivos de terracota. «El 60% de nuestra producción se vende en el extranjero (Japón, Estados Unidos, Francia, Italia, Emiratos Árabes, El Salvador,...)», detalla Juan Antonio Alemán, de Cerámicas Antonio Alemán.

En esta pedanía de titularidad compartida (pertenece a Calasparra y a Cehegín), la cerámica para construcción se sigue elaborando de la misma forma que hace más de dos milenios lo hacían los romanos. Una afirmación que demuestran los restos hallados en un yacimiento cercano a la pedanía -todo apunta a que estaba dedicado a la explotación de las arcillas locales- y las excavaciones realizadas por Francisco Peñalver, director del Museo Arqueológico de Cehegín, acompañando a Antonino González Blanco, en unos hornos de cocción de cerámica sigillata en Calahorra (La Rioja), donde «estos hornos de planta cuadrada eran idénticos, 2.000 años después, a los que se siguen usando en Valentín», ilustra Peñalver.

«La forma de elaborarlo y la materia prima es la misma que entonces. Tan solo se ha mecanizado el molido del barro y su amasado: antes se hacía a mano y ahora con molinos y amasadoras industriales», cuenta Juan Antonio, hijo de Antonio -fundador de Cerámicas Antonio Alemán hace más de 60 años y Maestro Artesano Honorífico de la Región de Murcia desde 2018- y bisnieto del iniciador de la saga que ya cumple cerca de un siglo en el negocio.

Con el barro extraído de las laderas en las que se situó la fábrica entre finales de los 90 y principios de los 2000, sigue elaborando esta saga sus piezas irrepetibles. «Es totalmente hecho a mano, como antiguamente, según los métodos tradicionales, por lo que ninguna pieza es idéntica a la otra. A los clientes les gustan las irregularidades, porque es lo que las convierte en piezas únicas», confirma Juan Antonio mientras invita a observar en vivo cómo es el proceso.

En mitad de un enorme espacio abierto, permanecen las baldosas y los ladrillos -hoy no hay tejas- expuestas al aire y al resol, durante su largo proceso de secado. «Durante quince días están secándose apoyadas en el suelo. Regularmente hay que hacerles el palmeo, para evitar que se retuerzan durante el proceso de secado. Después, se raspan para eliminar las irregularidades de las orillas y se sitúan en espiga (en vertical) para que el proceso de secado concluya; otra semana más», cuenta Juan Antonio, mientras Norman, un empleado que es casi de la familia, recoge con sus poderosos brazos -a sus 64 años- un buen montón de arcilla y lo deposita sobre el molde de madera, útil para moldear cuatro ladrillos por vez.

A mano y en cuclillas sobre el suelo -«es un trabajo duro y especializado y hay que elaborarlo sobre el suelo, por eso mucha gente no está dispuesta a trabajar aquí», confiesa Juan Antonio-, Norman va cubriendo cada hueco y esquina de los moldes, previamente embadurnados en arena (para que no se quede pegada la arcilla). Después, con una madera a modo de nivel, retira el sobrante del molde para dejar la superficie lisa y, con un poco de agua, le aporta el alisado fino y definitivo.

En la elaboración, desvela Juan Antonio Alemán, no se usa ningún producto químico, tan solo agua y tierra de Valentín. Una vez secos, falta la cocción, «lo que aporta la textura, el color, la dureza y la resistencia al producto final». Los hornos deberán alcanzar una temperatura de entre 1.000 y 1.010 grados. Si te pasas de fuego, se deshacen; si no llegas, lo mismo. Es igual que una comida. Si no aciertas, ya lo puedes tirar», afirma Juan Antonio. Aunque lo cierto es que nada se tira en esta industria artesana y ecosostenible. Las piezas que se rompen antes de cocerse vuelven a molerse y a incorporarse a la arcilla; y las que se estropean tras o durante la cocción se trituran y se añaden, en la correcta proporción, como desgrasante.

La cocción, cuyo proceso dura otra semana -el enfriamiento debe ser paulatino para evitar que se estropee la cerámica y consume una quinta semana-, se produce alimentando el horno con biomasa. «Usamos maderas de podas forestales o podas controladas para calentar el horno y cáscaras de almendras, huesos de aceituna y alperujo para mantener la temperatura. Intentamos ser lo más respetuosos posible con el medio ambiente. Es un empleo difícil y sostenible. El impacto es mínimo y los 4.000 m2 que producimos al mes nos dan de comer a 12 familias directamente, más los indirectos», concluye Juan Antonio Alemán, satisfecho del trabajo bien hecho.

De los tejados de Pompeya a El Salvador

Cuando en una restauración de un bien patrimonial español necesitan una pieza específica de cerámica artesana, saben que en Valentín se puede elaborar. «Se fabrican a medida. Y, como todo el proceso es a mano, no nos cuesta». De hecho, acaban de terminar los ensayos para reproducir una pieza que coronaba un edificio del Balneario de Archena. «Hemos tardado un año», comenta con total normalidad Juan Antonio.

Entre los edificios históricos que llevan la firma de Antonio Alemán, destacan las tejas de las cubiertas restauradas de la ciudad de Pompeya. También numerosas baldosas y ladrillos usados en la restauración del patrimonio en el Cerro del Molinete (Cartagena), en el Jardín del Príncipe (Aranjuez), en iglesias y paradores de toda la piel de toro, en el Real Colegio de España en Bolonia, en el suelo del Museo del Vino de Bullas y en el del edificio del Museo Arqueológico de Cehegín... «Hasta en El Salvador hicimos el año pasado el material para la restauración integral de una iglesia destrozada por un terremoto», comenta en medio de una interminable lista.