Un cobijo para la fauna y una barrera contra los arrastres

M. R. MARTÍNEZ

Los atochares se extienden por buena parte de la geografía regional, desde la costa de Águilas y Mazarrón a los municipios del interior como Moratalla y Jumilla. No obstante, su superficie ha experimentado un «notable retroceso» desde mediados del siglo pasado, principalmente por el abandono de la actividad artesanal e industrial relacionada con esta fibra natural, según indica el catedrático de Botánica de la Universidad de Murcia (UMU) Diego Rivera. «Estamos ante un paisaje humanizado con mucha acción del hombre», aclara. En este sentido, la pérdida más grave, advierte el investigador, está relacionada con los conocimientos que atesoraban «las personas que gestionaban los espartales» y que ahora no encuentran relevo para transmitir sus saberes.

Cubierta vegetal

Rivera explica que el atochar, una especie muy resistente al frío y al calor y con un alto poder de regeneración después de un incendio, «desarrolla una potente capa de raíces y una buena densidad, lo que sirve de cubierta natural al terreno». De esta forma, la planta actúa como freno contra dos tipos de erosiones: la de los arrastres por lluvias torrenciales y la que provoca la acción del viento, indica el catedrático. De ahí su importancia en regiones como Murcia, que presenta un alto riesgo de pérdida de suelos fértiles.

Esa cubierta vegetal proporciona otro beneficio añadido: sirve de cobijo «a una fauna variada, como las aves esteparias».

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