Miguel San Nicolás: «Arrojar basura implica, además de la contaminación, un desprecio al sitio»

Miguel San Nicolás, junto a los abrigos del Pozo. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM
Miguel San Nicolás, junto a los abrigos del Pozo. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM

«Si desvirtuamos el entorno, no solo fragmentamos lo físico, sino el entendimiento del lugar», explica el arqueólogo y técnico de Bienes Culturales

Pepa García
PEPA GARCÍA

Miguel San Nicolás (Caravaca, 1955) es un apasionado de la vida, en general, y de la materia a la que dedica su vida profesional, en particular. Un entusiasmo que transmite, como sus conocimientos, al que se acerca a preguntarle y que le tiene constantemente de la ceca a la meca en misión para salvaguardar el patrimonio. Arqueólogo y técnico de la Dirección General de Bienes Culturales, ser exjefe de Patrimonio -merced a una denuncia de la todopoderosa UCAM que un grupo de funcionarios han ganado en los tribunales- le ha permitido disponer de más tiempo para continuar investigando en los orígenes del hombre.

-¿Qué fue antes, el huevo o la gallina: su relación con la naturaleza o su pasión por la huella del hombre?

-Mi relación con la naturaleza empieza antes. En Caravaca, creamos el Centro de Estudios Caravaqueños, unos pocos años antes de la democracia, con gente como Javier Orrico, Jesús López García,... Muchos que sentíamos que debíamos de implicarnos con la conservación de los valores patrimoniales en un sentido amplio, tanto culturales como naturales. La primera acción fue manifestarnos a favor de la conservación de la alameda de plátanos de la entrada a Caravaca que, con el aumento de velocidad, había provocado accidentes muy trágicos. Y se solventó de manera muy positiva: de una parte, bajar la velocidad; y, de otra, desdoblar la carretera. Y los plátanos, pese a las agresiones químicas que recibieron, están ahí todavía. Porque, además, eran importantes a la entrada de los pueblos.

«El medio tiene un valor superior indisoluble del propio yacimiento»

-Estamos hablando de cuando tenía 17 o 18 años y aún no había decidido a qué dedicaría su vida profesional.

-Claro. Una de las cosas que solíamos hacer era coger las tiendas de campaña e irnos a caminar por la noche y acampar en la zona de la Cueva de la Barquilla. Era muy bonito: teníamos un despertar magnífico, veíamos la cueva y nos volvíamos al pueblo. En esa época cada uno se iba definiendo. Por ejemplo, en el centro estaba Juan de Dios Morenilla, que tiraba más por el lado ecológico y, de hecho, empezó con los criaderos de buitre y fue uno de los fundadores de Caralluma. Con 16 años, cogíamos las bicis y nos íbamos a La Encarnación, a unos 12 km., con el libro de Marín de Espinosa, que describía las grandes ciudades romanas. Uno leía en voz alta y el resto nos imaginábamos cómo podría ser aquello. Allí resultaba fácil. Y, luego, nos bajábamos en bici por la carretera a todo lo que daba; también hacíamos rapel con cuerdas de esparto... A los pocos recursos que teníamos, les sacábamos el máximo disfrute.

«Los grandes espacios, como el Monte Arabí o el Cañón de Almadenes, eran áreas de encuentro; desde la prehistoria, la información pasaría de padres a hijos»

-¿Qué papel juega hoy en su vida el contacto con el entorno natural?

-Pues una de las líneas de investigación que llevo desde hace tiempo es entender los procesos naturales desde nuestro presente. Por ejemplo, trashumancia y cambio climático. Sobre esto último, he hecho estudios sobre la evolución de la línea de costa, tanto en el Mar Menor como en el Mediterráneo. Entendíamos unos valores, en los últimos 6.000 o 7.000 años, de un aumento de 1 metro por milenio del nivel del mar. Últimamente, ese cambio se ha alterado a valores que nos sorprenden. Llega a ser una circunstancia a tener en cuenta a la hora de proyectar construcciones en el litoral, ya que hay, en tiempos muy cortos, alteraciones grandes. Por ejemplo, en la cueva C6, en Cabo Cope, se han encontrado esqueletos y vasijas del Neolítico Medio (hace unos 6.000 años) que están bajo el mar, en salas que en su época se podrían transitar de forma muy libre.

-La arqueología está muy ligada a su entorno natural, ¿dónde estriba la importancia de conservarlo?

-No solo la arqueología; en general, todos los bienes culturales. Desde hace décadas, los entornos han servido para definir zonas que protegieran el sitio de la alteración antrópica que desvirtuara el lugar. Este concepto va cambiando hasta hablar de paisaje cultural: el recorrido, la sensación de pisar el suelo, los olores, la sensación térmica, el sonido,... Todo forma parte del sitio. Por ejemplo, un molino de viento no se entiende si está en un solar entre medianeras de edificios, porque su razón de ser es el viento mismo. O no se pueden comprender los monasterios de órdenes mendicantes, que buscan la lejanía de la ciudad, en un lugar que se congestione con una arquitectura agresiva. No implica que no se puede hacer nada, sino que no se puede desvirtuar la naturaleza del sitio. Eso también lo define la Unesco como zonas 'bufers'. Y tienen que tener un reflejo en los planes urbanísticos.

-Al desvirtuar el entorno de los sitios patrimoniales, ¿qué perdemos?

-Sin eso, fragmentamos no solo lo físico, sino el entendimiento del lugar, y el monumento corre el riesgo de convertirse en una escultura. Eso es muy peligroso.

-¿Por qué es el Cañón de Almadenes un centro de la vida prehistórica?

-Son unas rocas cretácicas en las que el río, en las épocas de glaciarismo y al tener desnivel suficiente, es muy agresivo y se va encajando en el macizo. Es un cañón que, en algunos sitios, tiene más de 100 metros. Su nombre, Almadenes, viene del árabe y significa sitio de cuevas. Unas cuevas que no pasaron inadvertidas para el hombre en distintas épocas. De hecho, las fases más antiguas datan de los últimos periodos fríos del Paleolítico en la Región (10.000 a.C.), como la Cueva del Arco, ya en Cieza. Los grandes espacios, como el Monte Arabí o el Cañón de los Almadenes, destacados en el paisaje, en ese época eran lugares de encuentro y, posteriormente, lo han sido de división: hoy son grandes hitos que separan comunidades autónomas o municipios. Seguramente, la información sobre estos lugares tan destacados pasaría en la prehistoria de padres a hijos.

«La naturaleza es poderosa, el peligro es más para el hombre. No hay más que ver las guerras por el control de los recursos naturales»

-¿En qué momento el hombre se olvida de que depende del medio?

-En la revolución industrial, no solo por el enorme aumento demográfico, sino porque la tecnología posibilita conquistar territorios y someterlos al control humano. Vitruvio, un gran tratadista, habla de cómo debe construirse una villa, dice que en la parte menos productiva debe instalarse la vivienda. Tú no puedes destruir lo que te va a alimentar.

-Entonces, ¿cómo ve el futuro?

-La naturaleza se sabe defender y es mucho más poderosa. El peligro lo veo más en el propio hombre, que puede llegar a ser destruido. No hay más que ver las guerras sangrientas por el control y la explotación de recursos naturales. Pero yo soy optimista, creo que la naturaleza nos va a orientar hacia dónde hay que ir.

-¿Cuidamos la naturaleza?

-Hay que partir de que el paisaje agrario y forestal, en general el territorio occidental, está antropizado casi al 100%. Hay bosques que se transitan poco, pero eso no quiere decir que haya lugares relictuales. Por ejemplo, se habla de que el mundo argárico sufrió una gran crisis que se acentuó por la tala masiva de los bosques circundantes. ¿La cuidamos? Según. Hay más zonas verdes por enormes reforestaciones y plantaciones agrícolas, también en las ciudades. ¿Eso implica mejor cuidado del medio? Quizá no.

-A nivel personal, ¿como minimiza su huella en el planeta?

-De forma muy activa, genero menos residuos de lo normal. Nunca he tenido un coche nuevo y lo uso hasta que muere. Por supuesto, separación de la basura y limitación, al máximo, del uso del coche. Resulta absurdo no hacerlo e ir a caminar sobre una cinta.

-Proponga un reto.

-Una cosa muy bonita es la limpieza de las ciudades y de los entornos (terrestres y marinos) porque la basura implica, además de los efectos contaminantes, un desprecio al sitio donde vas. Y detrás de ese desprecio hay mucho. Mientras que si limpias, estás dando una lección a muchísima gente. Y basura hay muchísima.

-¿Cuál considera el mayor problema del planeta?

-Creo que hay algo macro que nos sobrepasa a todos, las leyes que rigen la propia naturaleza. Esos elementos pueden definir muchas cosas y comportar una serie de estrategias humanas. Aunque, sin duda, el hombre acelera y contribuye al menoscabo del planeta. Luego, hay un problema que me preocupa: las partículas por millón de metales pesados; eso es gravísimo y se habla muy poco.

La Tendía del Pozo: 8.000 años de evolución humana

«No se puede entender un sitio del patrimonio cultural sin el entorno que le da sentido; tiene un valor superior indisoluble del propio yacimiento», defiende Miguel San Nicolás, que aprovecha que, liberado [a las bravas] de las muchas cargas que llevaba aparejadas la jefatura de Patrimonio, ahora tiene tiempo para profundizar en la investigación de Los Abrigos del Pozo: «Las pinturas rupestres aparecen asociadas al contexto del propio sitio y al depósito de materiales. Una secuencia de más de 8.000 años de la evolución humana y también de los comportamientos del río. Una serie climática completa y única», analiza sobre este yacimiento del paraje de La Tendía del Pozo (Calasparra). Le tiene especial devoción porque fue uno «de los primeros sitios en los que inicié mis investigaciones en los años 80, cuando comenzaba el arte rupestre en la Región e intentábamos desligarlo de un elemento puramente estético. Este yacimiento ha dado pie a trabajar a muchos niveles en un equipo interdisciplinar, en el que cada uno aporta una visión, para llegar a ser, ahora, uno de los referentes en la investigación de toda España».