Soplos de aire fresco en la Región 'vaciada'

Vista nocturna de la pedanía de El Berro, en Alhama de Murcia./Guillermo Carrión / AGM
Vista nocturna de la pedanía de El Berro, en Alhama de Murcia. / Guillermo Carrión / AGM

La presencia de empresas en los pueblos pequeños contribuye a dinamizar la zona y a mejorar el bienestar de los vecinos

BENITO MAESTREMURCIA

La ausencia de niños jugando en las calles, el cierre de las sucursales bancarias, la falta de oportunidades, medios y servicios restan vida a los pueblos murcianos y de España en general. Se trata de una realidad que pasa factura a los vecinos que habitan en esas zonas, hastiadas por el poco trabajo y la obligatoriedad de desplazarse a otros lugares para, por ejemplo, sacar dinero de un cajero o acudir a un consultorio médico. Por ello, muchos lugareños han decidido huir del mundo rural para refugiarse en las ciudades, que ofrecen un presente y un futuro más halagüeños.

Otros, por su parte, han optado por liarse la manta a la cabeza y emprender en territorios vaciados con el objetivo de devolverles el ajetreo de un tiempo pasado. Es el caso de Andrés García Lara, quien ha hecho su sueño realidad: vivir y trabajar en su pueblo, El Berro, una aldea de Alhama de Murcia con menos de 200 habitantes. Sin experiencia en la hostelería, y con la agricultura y ganadería como principales salidas laborales, vio en la apertura de una hospedería rural, de nombre Bajo el Cejo, la solución para que sus raíces continuaran hundiéndose en el corazón de Sierra Espuña.

García Lara y su esposa, Rosa, adquirieron en 2004 unas viejas casas de carboneros en ruinas y un antiguo molino harinero y tras una profunda restauración en la que predominaron materiales naturales como el barro, la madera y el vidrio, el resultado son dos edificios acogedores e integrados en el entorno. El complejo, abierto desde 2007, consta de 12 habitaciones (una de ellas está adaptada para personas de movilidad reducida), 4 salones, restaurante y piscina. Su interior destaca, al primer golpe de vista, por una decoración colorida, sencilla y moderna, además de por aprovechar la luz natural a través de los grandes ventanales y balcones, que permiten contemplar los amaneceres y las espectaculares vistas al parque regional.

Precisamente, esta hospedería rural ha puesto a la pedanía, en poco más de una década, en el mapa de los destinos mejor valorados para desconectar en plena naturaleza. «Hemos conseguido generar un nombre en un territorio casi desconocido, como era El Berro», indica García Lara. Con una media de ocupación anual que ronda el 45%, su clientela contribuye a la mejora de la economía local, puesto que realizan compras en los establecimientos de la zona. «La mayoría de mis vecinos están orgullosos de Bajo el Cejo», presume.

La hospedería atrae al público que busca la tranquilidad del mundo rural y adentrarse en Sierra Espuña para practicar senderismo. En la actualidad, el turismo internacional supera ligeramente al nacional, con una representación del 60% abanderada por británicos, holandeses y nórdicos. A nivel nacional, las reservas más habituales proceden de Levante, Barcelona y Madrid. Dentro de la Región, los murcianos y cartageneros se dejan caer con mayor frecuencia por El Berro.

Como en casa

La pedanía murciana de La Murta cuenta con menos de un centenar de habitantes y un índice de vejez que roza el 40%, según los datos correspondientes a 2018. A este paraje se le conoce por ser la puerta de acceso sur a la Sierra de Carrascoy, por albergar uno de los dos observatorios astronómicos de la Región y por ofrecer un bello paisaje de la floración de los almendros, amén de elaborar unos embutidos de manera tradicional que conquistan los paladares costumbristas y sofisticados.

Casa Isabel, como popularmente se llama al negocio que Pedro Marín Baños regenta en la Calle Mayor, se ha convertido en parada obligada para aquellos que están de paso y en referencia gastronómica para los que se acercan expresamente a comprar salchicha, chorizo, lomo y morcón, entre otras variedades. «Los clientes de fuera son los que sacan adelante el negocio», afirma Antonia Marín, empleada y hermana del dueño.

La hospedería Bajo el Cejo atrae a El Berro a turistas nacionales e internacionales

En La Murta, los embutidos de Casa Isabel conquistan todos los paladares

Abierto todos los días, el establecimiento es santo y seña del buen comer, bien lo saben los senderistas, ciclistas, cazadores... y público en general que no se marcha de esta aldea sin probar estos manjares. Casa Isabel es una tienda de ultramarinos con una variada gama de productos, desde latas en conserva hasta artículos de limpieza, y además ofrece servicio de cafetería para la comodidad y pasatiempo de los pocos habitantes del lugar.

El negocio de Pedro Marín aporta actividad a La Murta, al igual que las tres panaderías, el Centro de Mayores y la visita del médico, que pasa consulta los miércoles, aunque los vecinos pueden pedir cita para acudir al Centro de Salud de Corvera, a cinco kilómetros. Por lo demás, la palabra tranquilidad define el clima de este paraje, que tiende a aumentar su población los veranos, cuando los vecinos que viven fuera regresan para disfrutar de sus vacaciones.

Viaje de la memoria

Inazares, una pedanía de Moratalla de apenas 20 habitantes, vive en sus entrañas las consecuencias de la despoblación, una cruda realidad de la que dan fe las enormes encinas que se resisten al paso de los años. Este caso, hilado con historias reales, protagoniza la nueva obra del periodista y doctor en Artes y Humanidades por la Universidad de Murcia Antonio Fernández, 'Una vida retirada, Inazares, de camino hacia el cielo' (Editorial Círculo Rojo, 2019).

«Tenía la curiosidad por saber cómo palpita la vida en un pueblo pequeño y retirado de las poblaciones más habitadas. Quería saber cómo era esa vida a lo largo de un año, donde la nieve a veces incomunica en invierno, cómo son las noches estrelladas de verano bajo ese cielo inmenso (según la NASA, es el cielo más limpio de la Península Ibérica)», confiesa el autor.

El escritor ha realizado un exhaustivo trabajo periodístico durante un año para conocer lo que fue, es y será de Inazares. A lo largo de 2018 visitó periódicamente el pueblo, con entrevistas, observaciones y consultas en el Archivo Municipal de Murcia, y a principios de este año comenzó a redactar la narración, hasta el pasado marzo. «Es una historia real en la que yo no invento nada. Todo está documentado. Solo me permito la imaginación para una cosa: saber cómo puedo estructurarla para contarla de modo que llegue al corazón, pero siempre ateniéndome a la veracidad de los hechos», explica el escritor.

La obra, que se presentó en Bullas el pasado 29 de agosto y está disponible en comercios de Murcia y la Comarca del Noroeste, promete atrapar a los lectores, especialmente «a los que les gustan las historias de los pequeños pueblos», subraya, ya que «muchas veces aquellos que viven cercanos a una cultura más urbanita y con más ajetreo encuentran en estas narración un hechizo de humanidad, una añoranza por el barrio, la vecindad, el campo, la cercanía, la convivencia casi personificada con montañas, valles, árboles, ríos y hasta esos gatos que merodean por las calles; ese mundo mágico que nos seduce y en el que encontramos una liberación espiritual de volver a los orígenes».

«He escrito este libro con un estilo lo más bello, literario y ameno posible para reflejar con la belleza de las palabras la propia belleza de Inazares, sus gentes y el entorno», asegura el periodista. Inazares, además, tiene otro encanto: ser la pedanía situada a mayor altura de la Región de Murcia, tal y como lo atestiguan sus 1.350 metros sobre el nivel del mar, al amparo del macizo de Revolcadores.