20 años del golpe (casi) perfecto en Yecla

En la Nochebuena de 1998, uno de los grupos criminales más importantes de España protagonizó el mayor robo a un banco en la historia de la Región al desvalijar mediante un butrón 89 cajas de seguridad de alquiler del Banco Popular

El cabecilla de la banda, Ángel Suárez, Cásper./V. Vicéns / AGM
El cabecilla de la banda, Ángel Suárez, Cásper. / V. Vicéns / AGM
Rubén García Bastida
RUBÉN GARCÍA BASTIDA

Nochebuena de 1998 en Yecla. Un río de fieles sale de la Basílica de la Purísima sin saber que, en ese mismo momento, se está perpetrando bajo sus pies el que va a ser considerado el mayor robo a un banco en la historia de la Región de Murcia.

Han pasado unos minutos de la una de la madrugada del 25 de diciembre cuando termina la tradicional Misa de Gallo. De vuelta a sus casas, muchos vecinos pasan frente a la oficina del Banco Popular situada a pocos metros de la iglesia. Nadie nota nada. Hay varios hombres repartidos en las principales vías del casco urbano. Vigilan, 'walkie talkie' en mano, que todo siga en calma en la superficie. Algunos transeúntes se cruzan con ellos, pero no pueden imaginar que forman parte de una de las bandas criminales más preparadas y profesionalizadas de España, la que lidera Ángel Suárez López, un viejo conocido de la Policía al que todos llaman Cásper por su calvicie y su habilidad para atravesar las paredes. Justo lo que ha venido a hacer.

En una furgoneta, el experto en electrónica Antonio Mateos barre con un escáner las frecuencias de las comunicaciones de la Policía para detectar cualquier aviso a las patrullas.

Todo va bien. Una media hora antes, dos integrantes de la banda han entrado por la puerta principal de la oficina con total normalidad usando una llave que tienen en su poder desde principios de noviembre. Luego han deshabilitado las alarmas con un sofisticado dispositivo y han facilitado al resto del equipo una entrada mucho más discreta: la salida de emergencia que da acceso al banco desde el interior del portón contiguo, en el número 2 de la calle Juan Ortuño. A través de ella, la banda introduce sin despertar sospechas todas las herramientas necesarias para perforar la gruesa capa de hormigón blindado que custodia las cajas de seguridad de alquiler que hay en el sótano. Cásper sabe que en esos cubículos hay mucho dinero. Aunque todavía no puede imaginar cuánto. Más tarde explicará a la Policía que la decisión de asaltar el Banco Popular de Yecla se debe a un soplo de su red de informantes en un prostíbulo de Alicante, donde alguien debió presumir más de la cuenta del poderío económico que custodiaba la sucursal.

Con la banda al completo dentro, es momento de iniciar la operación. A toda prisa conectan mangueras a los grifos de los aseos para llevar agua a la perforadora y refrigerar su cabezal de diamante. Se trata de una taladradora marca Hilti que días después delatará a la banda y pondrá a la Policía tras sus pasos.

Despliegan alargadores para dar energía a las máquinas en el piso de abajo. El tendido de cables cruza el mostrador donde los clientes que están a punto de perder una fortuna han sido atendidos tantas veces. Será lo primero que vean los empleados del banco al abrir la puerta en la mañana del sábado 26, justo antes de llamar a la Policía para informar de que está «todo revuelto» y de que han visto «cosas muy raras» en la oficina.

Los ladrones no tienen tiempo que perder. La herramienta de corte comienza a girar lentamente sobre el hormigón.

Un error de comunicación o de cálculo depara a la banda el primer contratiempo. Tras media hora horadando el muro blindado a la derecha de una trampilla auxiliar, el especialista en butrones del grupo choca con un pilar del edificio. El espacio es demasiado angosto para que pase una persona, incluso una tan delgada como la que se ocupará de desvalijar las cajas.

Dan marcha atrás e inician un segundo butrón, esta vez por encima de la trampilla. Apilan varias cajas con expedientes de la oficina para apoyar la máquina y amortiguar el sonido. Saben que ese es ahora su peor enemigo. Una vecina reconocería a la Policía días después haber escuchado ruidos aquella noche. Tal vez alguno de ellos fuera el provocado por la caída al suelo del cilindro de hormigón extraído del butrón. La banda tiene por fin ante sí un acceso de tamaño suficiente. El más delgado se introduce en la sala y comienza a forzar, una a una, las cajas de seguridad con una pata de cabra.

Cuando fue detenido, Cásper se permitió fanfarronear ante los agentes al recordar aquel 'feliz' momento: «Abrías una caja y caían los billetes a montones. Eso sí que fue una Nochebuena», les dijo.

Corona de la Virgen del Castillo, que estaba guardada en una de las cajas y que los ladrones dejaron en el suelo.
Corona de la Virgen del Castillo, que estaba guardada en una de las cajas y que los ladrones dejaron en el suelo. / LV

En el ecuador del robo, cuando llevan unas 30 cajas abiertas, deciden salir al exterior y esperar por si detectan alguna reacción anómala. Se lo contarán a los agentes tras la 'operación Orquídea' que acaba con ellos en el banquillo. Esta parada es solo una muestra más de la osadía y la tranquilidad con la que ejecutan el golpe.

Tras comprobar que todo sigue bajo control, vuelven al interior para acabar el trabajo. Ya no saldrán hasta poco antes del amanecer, según los cálculos policiales, cuando abandonarán Yecla en varios vehículos y, el segundo de abordo, Juan Manuel Candela Sapieha, 'El Sapo', se esfumará en un coche de alta gama con el maletero rebosante de billetes.

El botín sobrepasa tanto sus expectativas que se ven desbordados. Tras haber abierto solo 89 de las 212 cajas deciden marcharse. Abandonan allí la taladradora Hilti, valorada en más de 130.000 euros, para poder cargar más dinero. Es el único golpe de los que han protagonizado en el que lo hacen. En el suelo quedan también centenares de billetes mojados y las joyas de la Virgen del Castillo, que estaban guardadas en una de las cajas.

No fueron los de Jumilla

Cuando salieron a la luz los primeros detalles del robo, incluso en mitad del nerviosismo reinante en Yecla, quedó espacio para el humor. Un chiste corrió de boca en boca haciendo gala de la histórica rivalidad con el municipio vecino: «Ya sabemos que los ladrones son de Jumilla -decían-. ¿Sabes por qué? Porque han hecho un agujero para entrar y otro para salir». Tan célebre se hizo la broma que hasta el periodista García Martínez, histórico jumillano de esta casa, dedicó una Zarabanda a desmentir con ironía este punto bajo el título 'No fuimos los de Jumilla'. En ella desmontaba el argumento asegurando que había algo que descartaba por completo la autoría jumillana: los autores no habían dejado huella alguna.

Lo cierto es que no dejaron rastro. Salvo la taladradora.

El resbalón de Maeso

Amanece el sábado 26 de diciembre. Los primeros empleados en llegar al Banco Popular no dan crédito al abrir la sucursal. Avisan inmediatamente a la Policía, que envía una patrulla y precinta el banco. Pronto la puerta se convierte en un hervidero. La voz de alarma cunde entre los clientes que acuden a la oficina aquella mañana en que el banco debe abrir al público. El entonces alcalde de Yecla, Vicente Maeso, se acerca al lugar para interesarse por lo sucedido. También la prensa. Entonces, a preguntas de los periodistas, el primer edil hace unas declaraciones que enfurecerán a los empresarios y que tendrán consecuencias: «Sin duda tiene que ser un equipo profesional, que además debe saber que esta sucursal es la que más cajas de seguridad tiene en la localidad, y que el dinero, si se quiere negro, que pudiera haber oculto en esta entidad debe ser en cantidades importantes», aseguró.

A lo largo de los meses siguientes, Hacienda enviará una inspección fiscal a los titulares de las cajas de seguridad en el Popular.

Una caja de zapatos vacía

El funcionamiento de las cajas de seguridad hace imposible saber su contenido. Para abrirlas son necesarias dos llaves: una que está en posesión del cliente y otra que guarda la entidad bancaria. Cuando se va a hacer uso de una, un empleado acompaña al usuario al sótano, gira la llave del banco y sale de la sala dejando al cliente solo. Eso las hace ideales para joyas, documentos y, también, para el dinero negro. Después de que la Policía terminara de recabar pruebas se inició el inventario de cajas afectadas y se habló uno por uno con todos los clientes para conocer la cuantía de lo desaparecido. Muchos no tuvieron forma de justificar lo que realmente guardaban.

Las cajas de seguridad forzadas en el Banco Popular de Yecla.
Las cajas de seguridad forzadas en el Banco Popular de Yecla. / LV

Fuentes cercanas a los empresarios aseguran que en aquellos días se vivió una frenética actividad por parte de algunos de los afectados para aflorar la máxima cantidad de dinero posible. Para ello se rehicieron en lo posible las contabilidades. En muchos casos, con la connivencia de los proveedores. Finalmente, la cuantía total denunciada ascendió a 609 millones de pesetas (3,6 millones de euros), muy por debajo de las estimaciones de la Policía, que llegó a barajar cifras cercanas a los 30 millones de euros, mientras que, tras estudiar las propiedades y movimientos financieros de la banda, rebajó esta cantidad a entre 12 y 18 millones.

Entre todos los casilleros desvalijados, hubo uno que llamó la atención de la Policía y de los empleados del banco. En su interior se encontró una caja de zapatos vacía. Cuando se preguntó al usuario por lo que contenía, este aseguró que no había nada y rehusó reclamar cantidad alguna.

Fuentes cercanas a la investigación revelaron que Ángel Suárez confesó a la Policía haber encontrado dos kilos de cocaína en una de las cajas de seguridad del banco con la que la banda obtuvo importantes ingresos.

Máquina Hilti utilizada en el robo.
Máquina Hilti utilizada en el robo. / LV

La máquina Hilti

Los autores del robo habían tomado la precaución de borrar el número de serie de la taladradora abandonada. Tras la inspección policial de la escena, el desánimo se apoderó de los investigadores. El suelo era un lodazal de residuos de hormigón, agua, billetes y joyas. No había nada que se pudiera identificar. Los ladrones estaban tan seguros de sí mismos que incluso se habían permitido descorchar una botella de champán que dejaron allí tras celebrar el botín.

Sin embargo, hubo algo que pasaron por alto. El número de serie de la Hilti había sido erosionado, pero no así el de las baterías de la máquina. Sería el segundo error de la banda.

Número de serie de la batería de la Hilti.
Número de serie de la batería de la Hilti. / LV

Cuando los agentes encontraron el identificador de las baterías, el inspector jefe de la comisaría de Yecla, Francisco de Paula García Vélez, y el jefe del Grupo Local de la Policía Judicial en el municipio, José Ros Suárez, emprendieron un apresurado viaje en coche hasta la sede de la empresa en Liechtenstein. Ninguno de los dos hablaba inglés. Pese a todo, lograron hacerse entender e identificar información sobre la unidad. Hilti les informó de que había sido enviada a Portugal para su venta. Entonces pusieron rumbo a Lisboa, donde finalmente obtuvieron la identidad del comprador. La compañía les facilitó una copia de la factura donde figuraba el nombre de un componente importante del grupo. Y no había comprado una máquina, sino dos.

En abril de 1999, el experto en electrónica, Antonio Mateos, que padecía paraplejia, falleció en Gandía tras sufrir un accidente de tráfico con un Ferrari que estaba probando junto a otro de los integrantes de la banda, Juan Manuel P. M. Tal era el tren de vida de los criminales tras el golpe. La Policía estableció un operativo de grabación en su entierro y, tal como esperaban, a él acudieron otros miembros de la organización.

No fue el único final trágico. A un miembro de la banda, Juan Miguel Ortega, le descerrajaron un tiro en 2009. Todas las sospechas apuntaron a que su muerte la pudo ordenar Cásper por trabajar para otros.

Un disparo a Emilio Rodríguez Menéndez

A Cásper le gusta regalar orquídeas a las mujeres, y así decide la Policía bautizar la operación para darle caza. Los agentes siguen el rastro del dinero en las cuentas del entorno de la banda y observan movimientos sospechosos de amigos y familiares. También llevan a cabo un registro en una nave de Alcorcón a nombre de la mujer de uno de los integrantes del grupo. Allí encuentran buena parte del material utilizado en el robo de Yecla, incluida la furgoneta.

Por otra parte descubren que una administración de lotería de Manises ha estado colaborando para blanquear grandes sumas de dinero de la organización. Ya tienen las pruebas necesarias.

El 12 de junio de 1999 se celebra una reunión de todos los servicios de los cuerpos de seguridad del Estado para fijar la fecha de la detención casi simultánea de toda la banda. Eligen el 16 de junio aprovechando la información que tenían de que Cásper iba a inaugurar un local de copas. A aquella fiesta iban a asistir todos los miembros de la banda. El inesperado retraso de la inauguración obliga a la Policía a posponer la fecha al día 22. Mientras preparan el operativo, la Policía intercepta una llamada a Cásper por parte de uno de sus compinches, que le dice que ha resultado herido y necesita ayuda. Los agentes relacionan la herida con el intento de asesinato del conocido abogado Emilio Rodríguez Menéndez un día antes (fue un encargo de su mujer, Laura Fernández). La operación se precipita.

El día 18 de junio, en una operación relámpago, la Policía detiene a un importante número de miembros de la banda e interviene propiedades y vehículos de lujo.

Una condena que indignó a los afectados

La Audiencia Provincial de Murcia condenó en 2003 a poco más de dos años de prisión por los delitos de robo y asociación ilícita a 16 personas implicadas en el golpe del Banco Popular de Yecla, entre ellas Cásper.

Los titulares de las cajas de seguridad tuvieron que esperar más de diez años para recibir parte del dinero robado que denunciaron. El juzgado número 1 de Primera Instancia e Instrucción de Yecla comenzó a hacer efectivos los primeros pagos en mayo de 2009.

En la actualidad, Ángel Suárez López cumple una condena de 89 años de cárcel por delitos de torturas, amenazas, lesiones, tráfico de drogas, detención ilegal y tenencia ilícita de armas tras ser capturado cuando se dedicaba a robar cargamentos de droga a otros narcos. Su banda estuvo implicada en otros asuntos tan sonados como el robo de 19 valiosas pinturas de casa de Esther Koplowitz.

La ambición terminó finalmente con Cásper, tras años de impunidad, encerrado entre unos muros que, de momento, no ha logrado atravesar.