«Ardo en todas direcciones»

Antonio Lucas. Periodista y poeta

ANTONIO ARCO
Foto: Begoña Rivas/
Foto: Begoña Rivas

Dice Antonio Lucas (Madrid, 1975): «Soy aquello que arde en todas direcciones». Y lo dice mientras que suena de fondo el cante grande de Mairena y termina el periodista y poeta de decidir cómo va a aprovechar su tarde libre, porque sabe muy bien el valor innegociable del tiempo, mucho más preciado que el oro más puro. Lucas, escritor global de excelente calidad, derrocha buen gusto y cuidadas maneras incluso cuando juega a perder los papeles, a ponerse corrosivo. Qué difícil es encontrárselo perdiendo el norte, y qué feliz está con los elogios unánimes que anda recibiendo por su nuevo poemario, 'Los desengaños' (Visor), con el que ha ganado el prestigioso Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe. Sabe algunas cosas Antonio Lucas: con qué precisión va la edad hilvanando el espino, que estar solo es pensar un latido a destiempo, que el desamor te trae 'la madrugada de golpe, la lejanía', que no se puede desamueblar el fuego, que no tiene explicación el misterio de arder, que hay que aprender a vivir como quien va descalzo, que el hombre es un zumbido que se apoya en la piedad de un cuerpo ajeno y que no vive jamás lo suficiente y de ahí tanta tristeza; que la vida no se explica si no sumándola hacia atrás, que sabemos que la noche existe porque nunca conquistamos sus afueras, que está bien amar despacio, escribir palabras que no se han pronunciado, construir los bosques y las horas, el frío y los destinos...

Y sabe bien, y lo agradece, de quién es hijo. Su padre es el pintor, escultor y escenógrafo ciezano José Lucas, artista irrepetible, autor de aventuras asombrosas y titánicas como 'El retablo de la lujuria' y 'Minotauro'. «A mi padre le debo demasiadas cosas como para hacer aquí inventario», indica Lucas, «entre otras, la pasión por la poesía, lo que sé de arte y lo que aprendí de flamenco. Es mucho». El padre ha dibujado, expresamente para acompañar esta entrevista, una obra dedicada al hijo: 'A mi hijo Antonio'. «La personalidad de mi padre es navegable en función de los días. Pero no es un tipo fácil», cuenta Antonio Lucas, que añade: «Es un hombre lo suficientemente inteligente como para no dejarse mamonear por complacencias ni halagos. A mí lo que más me interesa de él es su aventura en el arte, la expedición proteica de su pintura».

-Y el día a día entre ustedes dos, ¿cómo resulta?

-Respecto al día a día, no nos vemos mucho. Él anda con sus viajes y sus coleccionistas y sus amigos y sus asuntos y yo con los míos. Esa 'cámara de aire' de vernos cuando toca, porque somos así de modernos, juega a nuestro favor.

«Hay días», dice Antonio Lucas, «cuando no tengo que madrugar, en los que creo vivir como alguna vez quise, sin el peaje de estar sujeto a demasiadas convenciones. Pero solo algunos días». «Otra cosa es vivir», añade, «como alguna vez soñé, algo que tampoco sería muy capaz de definir. He soñado tantas veces en vidas que no son la mía que al final mi propia aventura es la que me parece más excitante, sin tener otro celo que el que ofrece el ejercicio del periodismo, los libros, los viajes, el flamenco... Ahora que lo pienso, no es poco. Lo que sí sé, sin necesidad de soñarlo, es cómo no me gustaría vivir».

-¿Cómo?

-A la manera de algunos que han hecho de su biografía un ejercicio de deslealtad, de estafa, de daño, de hipocresía, de humillación de los otros...

-¿Qué empieza diciéndose cada día que se levanta?

-¡A ver qué coño está pasando ahí afuera!

-¿De qué anda desertando?

-De varias cosas a la vez, en un malabarismo de desencantos muy bien surtido. Deserto de aquellos que nos han traído hasta este presente oscuro. Deserto de la bondad de pensar que los ciudadanos solo somos víctimas de este atropello. Deserto del periodismo que se calla por complacer. Deserto de la mala literatura. Deserto de la certeza absoluta. Deserto de los bienpensantes. Deserto de aquellos que creen que todas las opiniones son respetables. Y también deserto de mí mismo algunos días.

-¿Y en qué se está embarcando?

-Lentamente, en poemas nuevos. Y en intentar darle a cada uno de los artículos que escribo su punta de calambre, su justa desobediencia, incluso su desgobierno. Me lo permiten y a mi madre le gusta. Es una situación perfecta. Sospecho que con todo esto también me he embarcado en algún problema que aún no he visto venir. Pero no acepto la idea de no decir lo que pienso cuando escribo. Me gusta embarcarme en algunos naufragios. Me divierte entrar en ciertas batallas que considero hermosas hasta para perderlas.

-¿Qué no puede ser?

-No puede ser la mayoría de las cosas que están sucediendo. No puede ser que asumamos cada vez una cultura más degradada como modelo de Cultura. O que consideremos democracia a lo que es un recuelo de aquello que un día algunos prometieron. No puede ser que se le precinte el futuro a dos generaciones y no pase nada. No puede ser que sumemos un millón de parados. No puede ser que a eso le llamemos recuperación, con dos cojones.

-¿Qué es un horror?

-Mucho de lo que sucede lo es, pero prefiero pensar que todo eso será revocado, por convulsión o por desgaste, para establecer reglas de juego más acordes con la realidad de la mayoría que conformamos la realidad.

-¿Qué parece mentira?

-Que uno de los libros más vendidos de 2013 en España sean las memorias de la madre de Jesulín.

-¿La poesía es un arma cargada de futuro?

-La poesía es un presente cargado de pasado, por eso tiene todo el tiempo por delante. Me gusta pensar en ella no como un punto de fuga o una evasión, sino como una forma de enclavijarte mejor al suelo. La poesía que me interesa es aquella que tiene una buena toma de tierra, como las lavadoras. En los poemas de 'Los desengaños' creo que asoma esa voluntad de hacer del poema un espacio donde muchos podamos vivir y encontrarnos sin restricciones para volar y sin censuras para aquellos que no quieren solo el vértigo del vuelo. Yo no sé qué es la poesía, pero sí sé que a mí me hace estar mejor, más atento, me afirma. Es una brújula, un lanzallamas, un voy contigo.

-¿De qué va esto del amor?

-Es raro. Se me ocurren para contestar algunos versos que parten de la misma duda, del mismo enigma. Por ejemplo, aquel de Gimferrer: «Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos». ¿De qué va eso del mar? Pues imagínese el amor, que no se ve, no trae agua, no se le conoce orillas y aun así ahoga.

-¿De qué sirve el desamor?

-Es la lucecita de alerta que advierte de que vuelves a dormir solo y con una muesca más por dentro del pecho.

-¿Usted traiciona?

-No creo tener traiciones en mi expediente. Puedo acumular desaires, escaqueos inexplicables, saludos retirados... Pero de lo otro, nada.

-¿Se embelesa?

-A veces me extravío. Pero pronto vuelvo a encontrar el camino a casa. A veces un cierto desgobierno es un gesto de higiene.

-¿Se irrita?

-Prefiero cabrearme. La irritación me suena a poco, a frustración de sacristanes rancios.

-¿Se acojona?

-Solo ante quien lo merezca. Y no son tantos.

-¿Qué prefiere?

-Seguir andando acompañado. Mola más el camino con compañeros de viaje.

-¿Cómo recicla los desengaños?

-Es curioso, pero los desengaños se reciclan solos. A veces, detrás de cada desengaño ves un pájaro. Es decir: el principio de un entusiasmo que aún no conoces. Los desengaños forman parte del tinglado de vivir. A mí los desengaños me han llevado a distintos poemas que no habría escrito de otro modo.

-¿Qué aprendió?

-Que el hombre no ha cambiado desde el hombre.

-¿Qué es más necesario que el pan nuestro de cada día?

-El aire nuestro, que diría Jorge Guillén. Pero hay pocas necesidades tan vitales como ese pan que escasea. El pan es más que un derecho. El pan es el principio de la autonomía del hombre. El hombre sin pan es un difunto humillado. O mejor: los hombres sin pan son el batallón de los jodidos. Y cada día hay más. Y nos lo van a hacer notar, claro.

-¿Tenemos los políticos mediocres que merecemos?

-No nos merecíamos tanto, sinceramente. Han sido muy generosos con su desidia, pero ya es hora de volver a la gente normal.

El PP y la cultura

-¿El dominio del lenguaje nos hace más libres?

-El idioma nos da identidad. El lenguaje nos define. Pero más que el dominio es importante saber acuñar los conceptos. Puedes conocer muchas palabras, pero son estériles si no sabes cómo se articulan con precisión para decir lo que quieres decir. Eso de no saber expresar un pensamiento medianamente complejo es otro de los problemas de buena parte de la política, que es de una afasia espectacular.

-Describa la felicidad basada en hechos reales.

-Mazarrón, medianoche. Un día cualquiera del mes de junio. Un gin tonic de Martin Miller en El Faro y con la mejor compañía imaginable. En mi caso, sé de quién hablo.

-¿Qué dolor le ha dejado a usted más herido?

-Los que yo provoqué.

-Cada día, ¿qué no deja de hacer?

-Leer poemas. Y lanzar una selección de versos de otros en Twitter con el hagstag de #Niundíasinpoesía.

-¿Es un niño bueno y ejemplar?

-Soy un ejemplar con poco de niño.

La infancia no me interesa demasiado literariamente. Y nunca me ha interesado la ejemplaridad. Cuando de adolescente me ponían a alguien de ejemplo escogía el modelo completamente opuesto. Y no me fue mal.

-¿Qué le pasa al PP con la cultura?

-Sospecho que es el resultado de un exceso de frivolidad y de ignorancia. La incultura debilita. Y ellos son de los que confunden cultura con culturismo.

-¿Y a usted con España?

-Depende de a qué España se refiera. Si es la que simbolizan las banderas, me incomoda, sí. Pero más que España, al que considero un país fastuoso en tantas cosas, me molestan aquellos que se han hecho con ella incurriendo en la apropiación indebida.

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