Oujda, Murcia, Charleroi...

A los 16 años de haber llegado a la Región, Ahmed tuvo que hacer la maleta y buscarse la vida en Bélgica

LOLA GUARDIOLAFUENTE ÁLAMO.
Ahmed, que pidió ocultar su rostro para este reportaje, esperando el autobús durante sus vacaciones de Semana Santa. :: L.G./
Ahmed, que pidió ocultar su rostro para este reportaje, esperando el autobús durante sus vacaciones de Semana Santa. :: L.G.

Es la gran paradoja de muchos inmigrantes que, en su día, buscaron y encontraron en España el hogar de ensueño y la tierra de oportunidades que su patria no les ofrecía. Ahora no abunda precisamente el trabajo, y se enfrentan a un dilema con tres alternativas: aguantar estoicamente la llegada de una mejora económica que está haciéndose de rogar, retornar al terruño, o -y he ahí la gran ironía-, buscar de nuevo el sustento de la familia en otros países. Y esto último, emigrar a Bélgica, es lo que ha hecho Ahmed Bouazzaoui, un marroquí nacionalizado español de 50 años, que llegó en 1998 a la Región procedente de Oujda.

Y es que, pese a los desgarradores y cíclicos episodios de subsaharianos intentando escalar la valla de Melilla, España ya no es el lugar soñado para emprender una nueva vida. En todo caso, la más 'fácil' puerta de entrada a la vieja Europa, donde el martillo de la crisis es menos acusado en su conjunto.

Los datos son concluyentes. Un reciente estudio del Instituto Demográfico de Viena señala que 6 millones de extranjeros emigraron a España entre 1990 y 2010. Y desde 2011, la persistencia de la crisis ha hecho que una media de 100 extranjeros no comunitarios al día esté solicitando el retorno a su país.

Como tantos otros marroquíes atraídos por el 'boom' del crecimiento económico en España, Ahmed se hartó del ostracismo al que se vio abocado en su país. Pasó la infancia y la juventud criando y vendiendo corderos con su padre. Pese a la carestía de su vida académica, consiguió acabar la licenciatura en Económicas. Precisamente, un trabajo de contable mal remunerado y sin estar dado de alta en la Seguridad Social, fue el desencadenante que le impulsó a dar el salto a España en 1998. Como casi todos los inmigrantes de Oujda y sus alrededores, acabó en la Región. Aquí se casó con su novia marroquí, tuvo tres hijos y consiguió la nacionalidad española. «Dicho así, parece que fue todo muy fácil, pero no», apunta con humor Ahmed. Trabajó en todas las tareas del campo (recolector, envasador, tractorista, capataz…), de repartidor de mensajería, de asistente en Murcia Acoge, y finalmente -hasta que le despidieron en 2010-, de mediador intercultural en el Ayuntamiento de Fuente Álamo.

Cuatro idiomas

Lejos de desanimarse, continuó formándose porque no quería seguir siendo «uno más del montón de desempleados». Se sacó la licencia para conducir autobuses, hizo unos cursos de administrativo y profundizó en el inglés, el idioma que domina junto con el árabe, el francés y el propio español. A principios de 2012, rastreando por las redes sociales, un conocido le comentó la posibilidad de empezar a trabajar en Charleroi (Bélgica) «echando unas horas en una empresa de autobuses». Deseoso de salir del paro, se fue él solo y comenzó en precario, «con un contrato de dos horas al día». Hoy, es empleado fijo de la compañía, a jornada completa, conduce autobuses escolares y posee «un salario muy digno», reconoce.

Ahmed Bouazzaoui dice estar «contento» con su empleo en Bélgica pero «está claro» que le gustaría volver a España, aunque sabe que es «muy difícil tener un trabajo como ése». De hecho, su mujer y sus hijos siguen viviendo aquí. «Yo no cambio por nada la calidad de vida para mi familia que tiene Murcia», afirma con rotundidad.

Él, mientras tanto, en plena Semana Santa, apuraba sus horas para volver a Bélgica, donde desde el lunes vuelve a estar en el tajo. Difícil retorno a la rutina laboral, «pero necesario para seguir viviendo dignamente», subraya, porque estará otros dos meses fuera de su casa. Es el precio de ser, cuando él menos se lo imaginaba, nuevamente emigrante.