Según la expresión quevedesca, el tiempo y las cenas obran mancomunadamente para fabricar calaveras ('La hora de todos y Fortuna con seso' y 'Premática del Tiempo'). Nuestro refranero es rico en el tema. Véanse algunos ejemplos: 'De grandes cenas, están las sepulturas llenas', 'Más mató la cena, que sanó Avicena', 'Más matan cenas que guerras', 'Cena poco y temprano y vivirás sano' y 'Cenas y penas, soles y amores, matan a los hombres'. Con sus variantes: 'Cenas, coles y Magdalenas tienen las sepulturas llenas'; 'Cenas y penas, y Magdalenas y coles, matan los hombres'.

En el curioso libro de Juan de Espinosa, 'Diálogo en laude de las mujeres, intitulado Ginaecepaenos', en el capítulo tercero y a propósito de la gula, se nos dice que Clodio Albino, en una sola cena comió quinientos higos, cien persigos, diez melones, cien pajaritos y cuarenta hostias -supongo serán ostras- de mar; y Domicio Afro, un convidado a la cena, se desordenó tanto, que del mucho comer murió de ella. Imagínense qué saque.

Un médico, en un soneto de Quevedo, predica la abstención nocturna: «La losa en sortijón pronosticada/y por boca en una sala de viuda,/la habla entre ventosas y entre ayuda,/con el 'Denle a cenar poquito o nada'». Cervantes expuso la idea con mayor propiedad: «Come poco y cena menos; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago» (El Quijote, segunda parte, capítulo XLIII).

Milan Kundera en su libro 'La inmortalidad' relata la historia de la defunción de Tycho Brahe, matemático, astrónomo y genial autor del libro 'Astronomiae instauratae mechanica'. Se produjo durante una cena en la corte imperial de Praga; al parecer le causó reparo excusarse para acudir al retrete y, según los asistentes, «explotó por dentro». Kepler, su compañero en la investigación de los cuerpos celestes, estuvo perplejo durante años. Kundera denomina a esta forma de alcanzar la notoriedad «inmortalidad ridícula».

Para finalizar, un consejo: eviten todo esfuerzo tras la cena. Hay que tener muy presente lo que le ocurrió a un señor de Águilas, el cual, por empeñarse en que eso de la digestión es puro cuento de médicos, después de una copiosa cena fue a visitar a una querida, y obligó a los señores forenses a declarar -un poco socarronamente, sin duda- que había muerto de gusto.

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