«Los vecinos de La Paz estamos abandonados de la mano de Dios»

Los propietarios piden a las administraciones que revisen los «problemas estructurales» de las 1.502 viviendas, donde continúan apareciendo grietas y humedades

MANUEL MADRID MMADRID@LAVERDAD.ES TWITTER:@MANUELMADRID_LVMURCIA.
Rafael, vecino de La Paz, mete la mano en una grieta para mostrar el desplazamiento de los bloques. ::                             G. CARRIÓN/
Rafael, vecino de La Paz, mete la mano en una grieta para mostrar el desplazamiento de los bloques. :: G. CARRIÓN

El trajín de los jueves da color a la avenida Pablo VI. La gente pasea habas tiernas y pimientos en las bolsas verdes sin nombre del mercado. El chunda-chunda pone contento al vendedor de pañuelos de primavera a 3 euros. Marieme Diouz, encinta de 9 meses, acaricia su vientre. Son las 11 y media de la mañana. Su cocina humea ya: «¡Hoy toca arroz con arreglo de mi tierra!». Mohamed, el cuarto de sus hijos, duerme como un bendito en el sofá mientras en la tele discuten en wólof, la lengua más hablada en Senegal. En la pared se repite un mandamiento: «Teni waara waak wólof (aquí hay que hablar wólof)». Hace días que Marieme no pisa la calle. Vive en un quinto sin ascensor, como los 1.502 pisos del barrio de La Paz que iban a demolerse con el proyecto de reconstrucción del empresario José López Rejas, expresidente de la Asociación de Promotores Inmobiliarios de la Región.

La crisis económica ha detenido ese sueño. La Administración sigue ensimismada en su creencia de que vendrán tiempos mejores. Y mientras el tiempo pasa, la frustración asuela cada comunidad de vecinos.

Cada puerta esconde un drama. El de Pepe, el vecino del quinto del bloque D13, dura ya 8 años; es el tiempo que hace que su mujer está postrada en una cama. «Hoy no me encuentro con ánimos ni para bajar», dice al otro lado del telefonillo. «Estoy de asistente para todo. No podemos llevarla al hospital, vienen a verla aquí. ¿Tú crees que esto es vida?».

El padre de María Luisa, vecina de otro quinto del D20, sufrió una trombosis, «y no le dimos rehabilitación porque había que bajarlo sentado en una silla y era peor el remedio que la enfermedad. Estuvo encamado hasta que murió». Mercedes, vecina de la calle Río Mundo, heredó de sus padres un bajo frente al colegio Nuestra Señora de La Paz. «Saco la ropa 'calá' de los cajones por la humedad. Las cucarachas se meten en el frigo. Las tuberías están hechas porquería y se atrancan. El viento remueve la peste de las pocetas. Así no se puede vivir. Quisiera irme ya, y darle otra vida a mis hijos, pero no podemos».

Los edificios de La Paz son auténticas prisiones para impedidos, convalecientes y dependientes. «Hay vecinos que pasan años en sus casas sin poder salir. Hasta que mueren», dice Bienvenida Meroño, la presidenta de la Asociación de Propietarios. Cada vecino tiene una historia que contar sobre algún enfermo a quien tuvieron que sacar los bomberos. «Como las escaleras son tan estrechas, hubo una vez que sacaron al muerto en su caja por una ventana con una grúa», recuerda Bienvenida, una de las máximas defensoras de la intervención de López Rejas, que pretendía dar una casa nueva, el doble de grande, y gratis a cada vecino a cambio de cederles el suelo y levantar un barrio con 3.000 viviendas, la mitad para su venta en el mercado libre. Casi 10 años después de que empezara a hablarse de ese escenario, el nombre del empresario sigue mentándose, pero entre resoplos. «El plan es legal y viable -defiende Bienvenida-, y contaba con el apoyo del alcalde, pero encontramos muchos obstáculos políticos, vino la crisis, falló la financiación...».

En estos años de espera los problemas se han cronificado. En las grietas donde antes cabía una mano ahora caben dos, y hasta tres. Las aguas fecales embalsadas en las cámaras del subsuelo huelen peor que nunca. La humedad arruina los casas bajas. Las ratas exhiben su poderío en la cochambre. Las familias de 'okupas' entran a cara descubierta. Ninguna comunidad tiene jefe de escalera. Nadie se encarga del mantenimiento ni de la conservación -los vecinos se ríen por no llorar cuando se insinúa esa posibilidad- de los edificios, cuya construcción se remonta a 1962, cuando la Delegación Provincial de la Obra Social del Hogar impulsó la construcción de estas 1.502 viviendas sociales para albergar a familias que vivían en los suburbios de San Juan y alrededores de los cuarteles de Artillería y Garay. Todas ellas tenían, y tienen, entre 43 y 50 metros cuadrados, 3 habitaciones, sala de estar, cocina y baño.

Los tiempos han cambiado. Y no para mejor, según opinan los vecinos. A 'Jota' -prefiere mantenerse en el anonimato por miedo a represalias- le asombra la indiferencia de los servicios de inspección de la Concejalía de Urbanismo y de la Dirección General de Vivienda de la Comunidad. «Todos los edificios están cediendo y la estructura se está doblando por arriba y por abajo, como si fuera turrón. Unos presionan a otros y cualquiera puede observar las aberturas. Con cualquier movimiento de tierra el temor que hay es que los pisos puedan venirse abajo. Pero nadie se da por aludido». La gente no se conforma con 'tunear' las fachadas. La cuestión no es darle barniz, según Joaquín Pérez Ruz, que vive a dos pasos de la iglesia, «sino derribar todos los edificios y volver a levantarlos». A los expropiados que fueron realojados en La Paz, según Ruz, ya les pareció «una vergüenza» en los años 60 que les metieran en casas de 43 metros cuadrados. «Cómo sería que ni el constructor vino entonces a la inauguración. Muchos espacios libres en el barrio, sí, pero en las casas la gente vivía y sigue viviendo hacinada». ¿A qué se debe este deterioro galopante de la calidad de estas edificaciones? La Asociación de Propietarios lo achaca a los materiales «pobrísimos», que han degenerado en «problemas estructurales»; a que hasta hace unos años las familias no tenían las viviendas escrituradas a su nombre y la mayoría no tenían dinero para pagar la contribución, así que mucho menos una rehabilitación. Y, finalmente, al deterioro provocado por la dejación en la conservación y los «choques de convivencia». Lo que demandan, según Bienvenida, es «un poco de dignidad». «Los vecinos de La Paz -se aviene- estamos abandonados de la mano de Dios. Nadie se acuerda de nosotros».

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