Bajo la sierra de Atamaría

El subsuelo horadado de galerías oculta un tesoro mineral de cuento

PEPA GARCÍA FOTOS: GUILLERMO CARRIÓN WWW.LAVERDAD.ESmurcia
Pilar Sánchez junto a la pared cristalizada de una enorme sala de la mina Herculano, que es toda ella una geoda./
Pilar Sánchez junto a la pared cristalizada de una enorme sala de la mina Herculano, que es toda ella una geoda.

J unto al Mediterráneo, pegada a La Manga Club, está la sierra de Atamaría, un espacio colonizado por el palmito, el ciprés de Cartagena, el aladierno y el espino negro, el mirto y el lentisco, el acebuche, el romero, el tomillo y un montón de plantas bulbáceas que ahora acaban de brotar, pero la propuesta de esta semana deja la superficie de esta sierra que limita con el LIC y Parque Regional de Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila para sumergirse en el subsuelo de esta sierra: un territorio horadado de galerías que la minería explotó. Hoy estos laberintos subterráneos que conservan la huella del duro trabajo de los mineros, ocultan en su interior un tesoro de cuento pintado de sorprendentes colores y cegadores brillos.

La mina elegida es Herculano, abierta desde 1878 hasta 1954 y que fue explotada por su hierro manganesífero. Hoy, casi 60 años después de que los mineros dejaran de entrar a diario cargados de carburos, picos, mazos y barrenas, son los aficionados a la mineralogía los que aprovechan una de sus entradas secundarias (la principal quedó tapada por un descomunal chalet construido sobre su boca) para mantenerla activa y encontrar los tesoros que oculta. Tras dejar el coche junto a un campo plantado de lechugas, se accede por un camino y luego por la ladera de la montaña, junto a los pozos protegidos por muros y a otros que no lo están (en dirección al chalet que corona el cabezo) a la boca de Herculano.

La inmersión en las entrañas de la tierra la hacemos acompañados por el secretario de la Sociedad Murciana de Mineralogía, Juan Luis Castanedo, un guía de lujo que, antes de entrar, nos deja claro que lo primero es la seguridad. Así que, pertrechados de cascos y frontales, guantes y linternas de mano, con pilas en la recámara y muchas ganas, comenzamos a soltar el hilo de Ariadna para entrar en busca, no del Minotauro, sino de la riqueza mineral de nuestra tierra y lograr salir indemnes.

De paredes sumamente oscuras, por el efecto del manganeso, los haces de luz de linternas y frontales consiguen a los pocos minutos de entrar un efecto mágico: hacer brillar los suelos y muros de esta gruta artificial. Hay que andar con cuidado para superar estrechos pasos, accesos jalonados de huecos que pueden amenazar nuestra integridad. Así que, hay que mirar antes de avanzar y asegurar donde se pone el siguiente pie.

El espacio es grande, descomunal si se piensa que fueron hombres a base de golpes los que lo excavaron, y las galerías retorcidas tras las codiciadas vetas. El polvo en suspensión enseguida lo inunda todo, pero la atmósfera no es opresiva. Enseguida, las galerías se bifurcan en todas direcciones y agradeces la garantía de seguridad que te da estar asido al hilo, caminos que bajan, estrechos pasadizos por los que hay que reptar para continuar, rampas por las que dejarse resbalar, pasos estrechos para salvar agujeros, túneles y muros construidos de mampostería seca por las negras manos de los mineros y enormes pozos sin fondo por los que subían el mineral a cielo abierto.

Si de noche todos los gatos son pardos, con las superficies rocosas de la mina pasa todo lo contrario: lo mismo domina el negro, que unas vetas rojas (hematites) y amarillas (limonitas) surcan su enorme superficie; el polvo adquiere tonos violáceos y cautivan los brillos transparentes de los cristales de calcita (procedentes de geodas) y los destellos acerados de la pirolusita (cristales de manganeso) que ha ido esculpiendo la naturaleza y el tiempo con la ayuda de las corrientes hidrotermales; igual se presentan de repente las geométricas formas de unos cristales de calcita, que se descubren en una grieta los relieves casi orgánicos de las calcofanitas o las blancas y redondeadas formas del aragonito. La aventura se prolonga de una a otra sala durante más de tres horas, pero podrían haber sido el doble. Este laberinto subterráneo cautiva.