Y Rosario volvió a abrir su puerta

La mujer 'condenada' a compartir la casa con su exnuera, feliz tras recuperar su hogar aunque se lo hayan dejado arrasado

JUAN RUIZ PALACIOS ,SANGONERA LA VERDE.
Rosario, en el centro, sonriente ante las muestras de cariño de sus dos hijos, Fina y Antonio. ::                             NACHO GARCÍA/
Rosario, en el centro, sonriente ante las muestras de cariño de sus dos hijos, Fina y Antonio. :: NACHO GARCÍA

Tiene las manos juntas, a la altura de su estómago, y un nudo en la garganta que le impide pronunciar palabra alguna. Son las doce de la mañana y Rosario García está nerviosa, pero feliz y contenta porque va a recuperar la casa donde vivió con su marido. En cuanto llegan los miembros de la comisión judicial, le entregan las llaves y esta mujer accede a la vivienda junto a su hija Fina. Un momento que no olvidarán jamás.

Rosario García recuperó ayer su hogar. Después de que su hijo Antonio se divorciase, un juez ordenó como medida provisional -hasta que dictara sentencia- que la exmujer de éste compartiera la vivienda con ellos. Y lo hizo durante dos años con su nueva pareja y un hijo que tuvieron en común. Juntos y revueltos.

«¡Madre mía, qué desastre! ¡Mira cómo me han dejado la casa!», lamentó Rosario en cuanto accedió a la vivienda y atisbó que la exmujer de su hijo había arramblado con todo. Hasta con las llaves de la luz. «La casa está hecha un desierto», lamentó.

La propietaria de este inmueble de Sangonera la Verde ha contado con el apoyo de todos los vecinos desde el primer momento. Ayer no daba crédito a lo que sus ojos veían. «Esperaba que mi nuera se llevara sus cosas, pero no las mías. Esto es una injusticia, porque ahora tendremos que reformarlo todo», explicó.

Su hijo accedió a la vivienda después de que entraran su madre y su hermana. «Ya sabía yo que iba a pasar esto. Estaba claro que quería hacernos daño y por eso lo ha desvalijado todo», aseguró.

Tanto para Rosario como para su hijo Antonio ha sido «muy duro» tener que compartir hogar con la que fue la esposa de éste. «Ella vivía aquí con su novio y con un hijo que tuvieron. La convivencia era un enorme problema, porque ellos se enteraban de lo que nosotros hablábamos y viceversa».

Para Rosario, tener que compartir con su exnuera la casa que hizo su marido «con sus propias manos» ha sido «un horror».

«En estas paredes está la vida de mi marido y la mía. Lo he pasado muy mal. Ahora mismo estoy feliz de haberla recuperado, pero siento una tristeza grande, no por los daños materiales, sino por todo lo que me recuerdan estas paredes». Y añadió: «Vamos a hacer una fiesta de bienvenida».

Gran expectación

Las vecinas no quisieron perderse el momento en el que le fueron entregadas las llaves. En la puerta de la casa aguardaba un nutrido número de amigas. Cuando Rosario accedió, sus conocidas no pudieron quedarse en la puerta y, pasados cinco minutos, entraron en masa para abrazar a esta vecina de Sangonera.

«¡Enhorabuena, guapa! Al final se ha hecho justicia y la pesadilla ya se ha terminado», felicitaba una de ellas. Otra de sus amigas se sorprendió cuando vio la casa hecha un solar: «¡Madre mía, qué fuerte lo de la tía esta; cómo lo ha dejado todo!».

Aunque la vivienda estuviera desierta e inundada de suciedad y de polvo, nadie podía quitarles la felicidad a Rosario, Fina y Antonio. Los tres se pasearon una y otra vez por las habitaciones, y Rosario no podía ocultar sus lágrimas. «Estoy feliz, pero siento una decepción muy grande, porque no hay derecho a que me hayan dejado la casa así. No me lo esperaba, no me lo esperaba...».

«Dos años de infierno»

El juez que se encargó del divorcio de Antonio ordenó como medida provisional que su ya exmujer ocupara la casa, casi compartiéndola con Antonio y su madre. Aunque el inmueble está dividido en dos zonas, «hemos pasado un calvario, sobre todo porque se estaba aprovechando de una vivienda que era propiedad de mi madre», recalcó Antonio.

El juez les acabó dando la razón el pasado mayo. Treinta días antes, su exesposa abandonó la vivienda y se marchó a otro inmueble, aunque situado a tan solo cien metros y en la misma calle.

Una historia con final feliz. Ahora, tanto Rosario como sus dos hijos tienen mucho trabajo que hacer, «porque queremos dejar la casa como estaba antes y volver a ser felices».