Fallece Gontzal Díez, periodista de 'La Verdad'

El cronista cultural y crítico de arte murió ayer en Bilbao a los 52 años

PEDRO SOLERMURCIA.
Gontzal Díez, en la redacción de 'La Verdad'. | M. Bueso/
Gontzal Díez, en la redacción de 'La Verdad'. | M. Bueso

Tengo a Gontzal frente a mis ojos, reflejado en un dibujo de XIM -también se nos ausentó tiempo ha-, con su barba y pelambrera convertidas en la apariencia más fiel de un vago profesional. Todo lo contrario de lo que fue. Ahora ya no es nada porque ayer se marchó, solo él sabe a dónde, prácticamente sin avisar. O acaso sin que nos sintiésemos alertados, porque no hace tanto nos reunimos para cenarnos uno de los pollos fritos con tomate que, en tiempos de menor intensidad laboral, degustábamos con más frecuencia. Nos pareció que se encontraba en plena forma, casi con capacidad para recuperar su puesto en la redacción, que no había pisado desde hace muchos meses, atosigado por ese trance pulmonar que ha acabado, injustamente, con su vida. Estaba en Bilbao, arropado por su familia. El pasado día 30 de mayo cumplió 52 años.

Cierto que cuando Gontzal Díez llegó, hace ya veintitrés años, remitido desde el País Vasco, nos pareció exótico y aislado, poco dado al tertulianismo laboral que tanto nos apetece a quienes nacimos y vivimos, todavía, en esta tierra. Pero se engarzó -digo con agrado que, entonces, bajo mis órdenes- en el organigrama de un grupo de compañeros que lo aceptamos como un recién venido de La Arboleja. Fue todo muy sencillo, porque nadie precisó que transcurriese el menor período de acoplamiento. De inmediato dio pruebas de su profesionalidad periodística y de su calidad como escritor. Y no, no se dice esto evocando a quien acaba de fallecer, momento en que nos invade la sensiblería amasada con la simulación. Se afirma con el convencimiento, y sin la exageración, de que la de Gontzal Díez ha sido una de las plumas más nítidas y admirables que han dejado sus escritos y sus firmas en las páginas de 'La Verdad'.

Enrolado desde siempre en el área de Cultura, tuvo tiempo de demostrar esas cualidades que hoy, afectados sinceramente por su ausencia definitiva, a todos nos duele evocar. Supo responsabilizarse de la marcha organizativa de la sección, en circunstancias excepcionales, aunque, más que los cargos, le atraía -y los lectores le agradeceremos siempre- su labor netamente periodística, como entrevistador, cronista de la actualidad cultural y uno de los primeros en unirse al nacimiento del suplemento 'Ababol'. Por esto, nos dejó sus entrevistas con personajes de la alta sociedad cultural, a los que exprimía con sus preguntas directas, variopintas y hasta desconcertantes. Sus comentarios sobre exposiciones de arte -recuérdense, por ejemplo, sus páginas no muy lejanas en GPS- también reflejaron la sutileza con que sabía penetrar en lo que un cuadro, una escultura o una performance suelen ocultar bajo sus apariencias. Y sus artículos, sobre los que derramaba el contacto espontáneo con la actualidad, indicaban sus implicaciones personales y sus riesgos.

Premio Oliver Belmás

Sus apariencia -ya se ha mentado su barba desaliñada y la enmarañada cabellera, que siempre conservó- en absoluto respondía a la pulcritud intelectual que volcaban sus escritos. Ahí está, por ejemplo -amén de todo lo hasta ahora citado- el Premio Oliver Belmás de Poesía, que alcanzó en 2002 con su libro 'Los poemas de Al Zeid' (alguien dijo que «uno de los mejores libros de poesía de los últimos años»). Fueron una muestra de «la doble mirada y las posibilidades que tiene la poesía de llevarnos a otros lugares, lo cual es una utopía». Ahora está en otro lugar, al que no le han llevado sus poemas.

Esté donde esté, seguro que, con su llegada, desconcertará a quien se considere con autoridad para recibirlo. Será un tris. De inmediato, se integrará en el contenido de ese espacio, para mí desconocido, en el que haya querido rehabitar.

Que Gontzal sea feliz. Y que lo sigan siendo -pese a la ausencia prevista y explicable, pero innecesaria- Inma y Sixto. Es nuestro más grande y querido deseo.

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