El primer rascacielos murciano cumple un siglo

La célebre Casa de los Nueve Pisos fue idea de un excéntrico y genial empresario

ANTONIO BOTÍAS
Visionario. José García Martínez, genial empresario e impulsor del proyecto./
Visionario. José García Martínez, genial empresario e impulsor del proyecto.

Apenas por tres minutos, el industrial José García Martínez perdió el tren hacia Cartagena. Sus amigos, asomados a las ventanillas y entre bromas, le gritaban: «¡Ahí te quedas!». José García ni se inmutó. A golpe de talonario contrató un tren. Como único pasajero, libre de la obligación de detenerse en las estaciones, incluso saludó mientras adelantaba a quienes antes se habían burlado de él. Este era el carácter del hombre que hizo realidad el suelo de construir en 1914 el primer rascacielos murciano.

El edificio, denominado Casa de los Nueve Pisos, fue proyectado por José Antonio Rodríguez, quien fuera arquitecto municipal desde 1902 a 1925, también autor de La Convalecencia, la Casa Díaz Cassou, los legendarios almacenes La Alegría de la Huerta, el Teatro Ortiz o la ferretería Guillamón.

José García Martínez adquirió el antiguo edificio de la Real Fábrica de Seda a la Piamontesa, después de que Juan López-Ferrer trasladara a Espinardo sus telares. En aquellos años, Murcia no alcanzaba los 50.000 habitantes repartidos en unas 5.000 casas. Sobre el solar también existía la estructura del remoto colegio jesuita de la Anunciata, cuyos muros sustentaron parte de la nueva estructura. Aún perdura la espléndida portada del colegio, que luego albergó la fábrica de sedas.

A José García lo conocían los murcianos como Garcisolo, por su fama de hombre tan solitario como genial empresario. Algunos contaban que, tanto en el Teatro Romea como en sus paseos por La Glorieta, reservaba tres sillas: La del centro para él, en otra depositaba su sombrero y su bastón, y una tercera vacía. Así no alternaba con nadie.

Para el nuevo edificio se levantó una estructura de hierro, de grandes vigas unidas con tornillos y remaches. El industrial hizo construir hornos para quemar la piedra de cal y cocer ladrillos, lo que abarató el proyecto. Cuando se alcanzó el cuarto piso, José García pidió al arquitecto que levantará más alturas.

Al parecer, la chimenea de una fábrica de sombreros colindante al solar alcanzaba 4 plantas y su propietario se negaba a vender la propiedad. Y don José a tragarse el humo. Así que concluyó que su edificio debía ser más alto. El arquitecto no se responsabilizó de que los cimientos aguantaran tanto peso y abandonó la dirección de la obra. Algún cronista recuerda que el edificio fue fruto de una apuesta entre García y el dueño de la fábrica de sombreros, que dudaba de la decisión de su colega de edificar semejante mazacote.

El empresario no se arredró. Como nunca lo había hecho. Cierto año adquirió toda la cosecha de cáscara de pimiento de la huerta, con tan mala fortuna que no logró exportarla. Algunos vaticinaron un descalabro económico. No conocían a don José. Al año siguiente, compró a los huertanos todas las almajaras, los terrenos abonados con estiércol reciente para que germinaran las semillas de pimiento. Y lo hizo cuando ya era inviable volver a plantarlas. Así que aquel año no hubo cosecha y pudo vender toda su cáscara almacenada al precio que se le antojó.

Los murcianos, entretanto, se preguntaban a qué se destinaría semejante mole. Y lo averiguaron el día en que se colgó en el barandal de la terraza un letrero que rezaba: Industrias García. Entre aquellas industrias figuraba una fábrica de vino de naranja, precursora de las factorías de zumos, otra de caramelos, una panificadora que suministraba pan a los hornos por ofrecer precios sin competencia, otra fábrica de belenes y una de juguetes. Sin contar con el almacén de cristales, sector que monopolizaba en la ciudad, un taller de soplado de vidrio para figuras y hasta una factoría de fécula de patata.

Un águila como recadera

Otro de los carteles célebres del edificio y que evidencia que José García era un adelantado a su tiempo advertía en su entrada de que «Todos los obreros de esta firma tiene opción de jubilarse a partir de veinte años de prestación de servicios, con la cantidad de 3 pesetas diarias». El jornal diario de la época alcanzaba las 5 pesetas.

Los albañiles, que sumaban una media diaria de 50 personas en varios tajos, tardaron 3 años en concluir la obra. Pero desde que los bajos estuvieron levantados, el industrial los destinó a la cría de gusanos de seda y abrió un taller de carpintería.

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