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Piedad creó cuatro ángeles
Actualizado: 10:27

14 de diciembre de 1965

Piedad creó cuatro ángeles

Una extraña 'enfermedad'. Las sucesivas muertes de cuatro hermanos de corta edad acabaron destapando un terrible caso de envenenamiento. La asesina solo tenía 12 años. Su nombre, Piedad.

24.03.13 - 00:56 -
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Piedad. Tal era su equivocado nombre. Su edad, doce años. Un rostro de ángel con un inquietante punto de perversión en la mirada. Las crónicas de la época la describieron como «extraña, irónica, juguetona, morena, gordezuela de labios, viva de pupilas, graciosa de andares, socarroncilla de sonrisas y muy asustada».

Sí, asustada. Para ese momento, Piedad Martínez del Águila, como el resto de sus hermanos y sus propios padres, tendría que haber estado aterrorizada. Pero lo cierto es que no lo estaba, no debía de estarlo en absoluto, por más que el periodista creyera percibir ese miedo en su mirada o ella acertara a fingirlo. Razones para el temor, eso sí, sobraban. Habían muerto tres de sus hermanos pequeños, uno tras otro, con una extraña periodicidad de cinco días, y las autoridades sanitarias trataban de desentrañar qué desconocida enfermedad mataba de forma tan precisa y fulminante. Por orden ascendente de lista, además: del más pequeño hacia arriba, paso a paso, golpe a golpe, sablazo a sablazo, sin saltarse un solo escalón. Primero fue María del Carmen, de nueve meses de edad, quien el 4 de diciembre de 1965 emprendió el camino hacia Dios; después, Mariano, de dos años, que la siguió batiendo sus recién estrenadas alas el día 9, y, por último, Fuensanta, apenas dos años mayor, que se unió a la corte celestial otros cinco días después.

Miércoles, 15 de diciembre de 1965

Sometidos a vigilancia en el Hospital Provincial

Por dos veces consecutivas, el 'médico del seguro' había certificado la muerte por meningitis. La tercera vez ya no firmó. Las autoridades, alertadas, tomaron cartas en el asunto y la familia -Andrés, el padre; Antonia, su esposa, y los siete hijos que les quedaban vivos- fue internada en el antiguo Hospital Provincial para ser sometida a vigilancia médica. Después de unos días y de un buen número de pruebas, todos fueron dados de alta para que pudieran pasar las fiestas navideñas en su domicilio del Carril de la Farola de Murcia. Allí habían sido realojados unos meses antes, después de años viviendo en un poblado chabolista.

Andrés, de cinco años, no llegaría a ver la cabalgata de Reyes. El día 4 de enero de 1966 falleció de manera tan sorpresiva e instantánea como lo habían hecho sus tres hermanos menores. Le tocaba el turno y, una vez más, la Muerte no se equivocó en las cuentas.

Las sospechas, ya antes esbozadas, de que la tragedia de los Martínez del Águila tenía poco de casual tomaron entonces férrea consistencia no solo para las autoridades sanitarias, sino también para las judiciales. Andrés y Antonia volvieron a ser internados en el Hospital Provincial junto a su menguante prole, pero en esta ocasión la vigilancia no fue ya tanto sanitaria como policial.

Mientras se les practicaban nuevos análisis a los supervivientes, un grupo de especialistas, constituido por agentes de la Brigada de Investigación Criminal y médicos forenses, se desplazaba al cementerio Nuestro Padre Jesús de Espinardo para exhumar los cuerpos de los dos primeros hermanos fallecidos, y proceder a la toma de muestras para su análisis. El juez De la Cruz Belmonte-Cervantes, titular de Instrucción número 1 de Murcia, coordinaba la investigación.

Viernes, 14 de enero de 1966

Juguetes para intentar llegar hasta los niños

La atención de los medios de comunicación de toda España estaba ya para entonces centrada, de forma prioritaria, en la dramática historia de los Martínez del Águila. Los reporteros de la época, que tampoco se chupaban el dedo, empezaban a estar mucho más que escamados y, aunque nadie apuntaba todavía a muertes provocadas por una posible mano homicida, husmeaban que por ahí iba a saltar la liebre en cualquier momento. Y, unos y otros, se las ingeniaban como podían para intentar llegar hasta los protagonistas.

«Ayer se nos impidió la entrada en la habitación 503 de la quinta planta, donde están los niños», se contaba en la crónica publicada por 'La Verdad' el viernes 14 de enero de 1996. Y continuaba: «Les llevábamos unos juguetes que les regalábamos los redactores (cuando fuimos a comprarlos, el director del establecimiento, al conocer la finalidad del obsequio, completó el lote desinteresadamente; se trata de 'Galerías Preciados'). Solo nos fue posible hablar con don Andrés (el padre), a quien se le consiente, aunque solo de manera excepcional, que salga a la calle para adquirir objetos de aseo. El hombre recibió con gusto los juguetes y dijo que significarían una gran alegría para los niños, pues se los habían prometido los reporteros de una revista madrileña y no se los habían enviado».

Por último se indicaba que «Piedad, de doce años, que se quejaba de dolores abdominales, fue reconocida de nuevo por el doctor Guillamón. La niña ya está restablecida».

Sábado 15 de enero de 1966

Recluidos en el Hospital Psiquiátrico de El Palmar

«Todos los miembros de la familia Martínez del Águila fueron trasladados ayer al Hospital Psiquiátrico Provincial, en El Palmar, donde permanecen internados con más rigor que anteriormente. La orden de cambio de residencia partió de la autoridad judicial». En la crónica, publicada por este periódico el 16 de enero, se daba cuenta del endurecimiento de las medidas de control, toda vez que los análisis para tratar de encontrar una razón médica para las cuatro muertes habían sido negativos. Ahora se investigaba en el Instituto de Toxicología de Madrid, en busca de veneno.

Una semana después, las sospechas se verían confirmadas de lleno.

Viernes 21 de enero de 1966

Una sustancia tóxica; los padres, detenidos

El 21 de enero, La Verdad ofreció la noticia bajo el título: «Cieto: Los cuatro niños, envenenados. Los padres, detenidos». Se había confirmado la presencia de un potente tóxico en las muestras obtenidas de los cadáveres y todas las culpas se vertían sobre los padres, que llegaron incluso a ser procesados. Sin embargo, no por ello Piedad, la pequeña de doce años, se vio libre de sospechas, ya que era la que más tiempo pasaba con sus hermanos pequeños, cuidándolos, y estaba con ellos en el instante en que fallecieron.

La sagacidad de un inspector, que enlazó el cianuro presente en un matarratas hallado en la casa con el cloro de unas pastillas, que la menor manejaba asiduamente para limpiar metales, permitió resolver el entuerto. En presencia de la niña, el agente simuló que echaba una de esas pastillas en la leche y la pequeña le reprendió: «No hagas eso, que puedes hacer mucho daño a alguien». Quedaba así demostrado que sabía de sus potenciales efectos letales.

Puesta a disposición del Tribunal Tutelar de Menores, se determinó que había sido la autora de las cuatro muertes con una mezcla de cloro y cianuro potásico. Cualquiera de esas sustancias hubiera sido fatal administrada incluso por separado.

Quizás agobiada por tener que hacer el papel de madre tan prematuramente, cuidando de los más pequeños, Piedad había optado por la vía más directa para quitarse de encima el problema. Su rastro se pierde en el Convento de las Oblatas de Murcia, donde ingresaban a niñas descarriadas. Quizás siga por allí todavía haciendo calceta.

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Piedad, de doce años, en los días previos a que se descubriese que había utilizado veneno para matar a sus cuatro hermanos. :: ABC