«Que el señor marqués entregue el ara a Murcia» (II)

Varios documentos de 1872 prueban que los murcianos lucharon por custodiar la pieza romana

ANTONIO BOTÍAS
Palacio. Casa solariega de los marqueses de Epinardo, dónde se ubicó el ara .| LA VERDAD/
Palacio. Casa solariega de los marqueses de Epinardo, dónde se ubicó el ara .| LA VERDAD

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid atesora entre sus legajos una trascendental petición quizá hasta hoy desconocida en Murcia. Se trata, como el propio título del legajo indica, de la «Reclamación hecha por la Comisión Provincial de un ara romana existente en el llamado Jardín de Espinardo, propiedad del marqués de Monistrol, en Murcia». Y, por si había alguna duda sobre la pieza, «se acompaña de un dibujo a tinta del ara».

La importancia de este documento radica en su fecha de creación: 1872. Lo que implica que los murcianos, a través de la Comisión Provincial de Monumentos de Murcia, reclamaron al marqués de Monistrol el ara cuando aún permanecía en Espinardo. Y muchos años antes de que, en 1895, fuera trasladada a Barcelona. Si es que no se la llevaron antes.

Las Comisiones Provinciales se crearon en 1844. Su objetivo era identificar y custodiar obras de arte hasta que fuera posible su exposición en un museo. Las Comisiones estaban reguladas por Real Decreto, que las legitimaba para procurar la adquisición por parte del Estado de aquellas piezas de interés. Aunque su sede se ubicó en el desaparecido edificio del Contraste, a finales de 1869 se reunían en los locales de la Sociedad Económica de Amigos del País.

El documento es una carta del Gobernador de la provincia, Miguel Rodríguez Ferrer, al presidente de la Academia de Bellas Artes. En su misiva, asegura escribir en nombre de «los señores que componen esta junta de monumentos» de Murcia, quienes le han encargado transmitir una petición al marqués de Monistrol.

Miguel R. Ferrer recuerda el origen cartagenero de la ara y que fue ubicada «con interés, en cierto templete de esta casa; pero en los modernos tiempos se trocó en huerto […] el ideal jardín». Consecuencia: el ara quedó abandonada, «mutilada y arrojada en un bancal». Fue entonces cuando la Comisión solicitó la pieza al marqués. Y vinieron a topar, sino con la iglesia, con el administrador del aristócrata.

El Gobernador continúa aclarando que la Comisión «tuvo la desgracia» de que el administrador, «no solo informara mal a su principal, sino que le aconsejara que nunca jamás la cediera». Sin embargo, en 1872, «la situación ha cambiado». Porque, ni más ni menos, que «ha muerto el informante y también los que les inspiraban su encono». Entretanto, el marqués de Monistrol también formaba parte de la Academia.

El Gobernador solicitaba al presidente de la institución que, «con su superior influencia», pidiera al marqués que ordenara a su administrador la entrega del ara a la Comisión.

Unos días después, el 17 de enero de 1872, Gerónimo Ros, vicepresidente de la Comisión, arquitecto municipal y miembro de la Academia de San Fernando, escribe al Gobernador Ferrer en nombre de la Comisión de Monumentos. Ros agradece «la reclamación que celosa y patrióticamente ha tenido a bien hacer» sobre el ara, para «trasladarla al Museo Provincial». Pero, al tiempo, lamenta que no haya sido posible. ¿La razón? Nos la explica el mismo Ros al revelar que se ha visto obligado a enterarse por su cuenta de «quién es el verdadero propietario del expresado jardín».

Al parecer, un error atribuía la propiedad al marqués de Monistrol, Joaquín Escrivá de Romaní, cuando, en realidad, pertenecía a su hermano, Luis Escrivá de Romaní. Detalle que no impedía que Gerónimo Ros animara al Gobernador a seguir ejerciendo «su poderosa influencia hasta conseguir que la indicada antigüedad se deposite en nuestro Museo Provincial». La carta también iba firmada por el arquitecto autor de la fachada de La Glorieta y su escalera, Juan José Belmonte.

A la desesperada

El Gobernador se tomó en serio la petición, Un día después, envió una «carta particular» a José Amador de los Ríos, académico de San Fernando, en la que aporta nuevos datos sobre el avance de la negociación. En primer lugar, recordaba cómo el secretario de la Academia le había advertido que la institución no era el medio adecuado para llegar hasta el marqués. Debía hacerlo de forma directa.

El error sobre la titularidad de la finca obligaba al Gobernador a dirigirse de nuevo al aristócrata. Pero Ferrer evitaba hacerlo, «por suponerlo algo soliviantado con la ignorancia de esta gente, según me describió el propio secretario». Así que trasladaba el encargo a De los Ríos, a quien ruega que hable con Luis Escribá de Romaní, con el propio marqués o indique «a quien debo dirigirme oficialmente».

Joaquín Escrivá de Romaní fue el séptimo marqués de Espinardo, título que asimiló al casarse con María del Pilar Díez de Rivera, quien lo ostentaba. Además, también poseía el título de marqués de Aguilar de Ebro. Su hermano Luis, en cambio, era marqués de Argelita. El marqués de Monistrol era el padre de ambos, quien falleció en Barcelona en marzo de 1890. Por tanto, es posible que hasta su muerte fuera el poseedor de la ara, que luego legó a su hijo Luis junto a la casa, si es cierto lo que recuerda la correspondencia de la Academia.

Genealogía aparte, el Diario de Murcia ya advirtió en marzo de 1890 de que «parece que van a llevarse afuera, no sabemos dónde, la interesantísima ara romana del jardín del Marqués de Espinardo, y es mucha lástima que salga de aquí y se pierda para la arqueología provincial». El redactor recuerda la historia de la pieza y anima a la Comisión de Monumentos a «procurar que no saliera de aquí y, a ser posible, que figurase en el Museo».

Un mes después, según el Libro de Actas de la Comisión de Monumentos, reaparece en este organismo el célebre ara, ahora en posesión del marqués de Argelita. En esta ocasión no erraron el nombre. Se referían a Luis Escrivá de Romaní. El aristócrata, curiosamente, accedió a ceder la pieza, aunque antes debía «orillar cierto delicado compromiso» que lo obligaba. Debía ser su venta al Museo Arqueológico de Barcelona, donde desde entonces está la ara mientras la ciudad que la construyó y exhibió, Cartagena, aguarda el retorno, más que justificado, de tan reclamada obra.

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