El 'sutil' expolio de la Ara de Espinardo (I)

Hallado en Cartagena, el célebre Altar de la Salud fue trasladado por un marqués a Barcelona

ANTONIO BOTÍAS
Espléndida: El Ara Pacis descubierta en Cartagena y expuesta en Barcelona. / Fundación Integra./
Espléndida: El Ara Pacis descubierta en Cartagena y expuesta en Barcelona. / Fundación Integra.

Si algún día Cataluña se convirtiese en Nación, entre otros disparates que no vienen a cuento, se cumpliría el vaticinio que el célebre arqueólogo Ivo de la Cortina propuso en 1830 mientras paseaba por un jardín murciano. Sucedió en el palacio de los marqueses de Espinardo, en la pedanía del mismo nombre.

El profesor quedó deslumbrado ante una pieza romana de tal belleza que se apresuró a comunicar el hallazgo a la Real Academia de Historia. Su deseo: proteger la obra porque si en el futuro pasaba a decorar «algún museo extranjero, digan nuestros sucesores: 'Ese es un robo hecho a nuestro patrimonio y a nuestro honor nacional'».

Conocida desde antiguo como Ara Pacis o Altar de la Salud, está datada en el primer tercio del siglo I de nuestra Era. El descubrimiento del altar durante el siglo XVI en el Monte Sacro de Cartagena tuvo que ser muy celebrado. Incluso atrajo el interés del licenciado Cascales, quien en su obra Discursos históricos sobre Murcia y su Reino (1621) propuso una de las primeras descripciones de la pieza. Se la conocería como la ara de Espinardo, aunque nadie olvidó jamás que era cartagenera.

Cascales recuerda que la «piedra» fue trasladada a Murcia por el obispo don Sáncho Dávila en 1594 y más tarde regalada a Alonso Fajardo, marqués de Espinardo, para que adornara su jardín. Allí la encontraría Ivo de la Cortina. Cascales señala que el altar «no tiene letra ninguna; es piedra de mármol con jeroglíficos; en un costado tiene un timón, en otro la figura de Palas con un ramo de olivo, en el tercero una cornucopia, en el último un caduceo de Mercurio».

El mármol, de Carrara, representaba la era de paz que inauguró el emperador Augusto, aunque otros autores mantienen que la pieza estaba dedicada a los dioses Esculapio (Medicina) y Salus (Salud).

El altar embelleció el palacio del marqués hasta su muerte, aunque sus herederos trasladaron el monumento a Hospitalet de Llobregat (Barcelona). Concretamente, lo heredó Joaquín Escrivá de Romaní y Fernández de Córdoba, XIV marqués de Espinardo, V marqués de Aguilar de Ebro y XVI conde de Sástago. Citar tanto título, por el tema que nos ocupa, será indispensable para reconstruir la Historia.

La última parada en su periplo llevó la pieza hasta Monistrol, al pie del monasterio de Montserrat donde fue ubicada en otro palacete privado. Y es entonces, a comienzos de 1940, cuando el Museo Arqueológico de Barcelona la adquirió para su colección.

La obra romana, en realidad, siempre estuvo localizada. García Bellido, en el libro 'Esculturas romanas de España y Portugal' (1950) la describe como «ara cuadrangular con relieves». Sin embargo, como tantas cosas en esta tierra, terminó olvidándose.

El 8 de julio de 1997, el Grupo Municipal Socialista en el Ayuntamiento de Cartagena impulsó con éxito las gestiones oportunas para el retorno de la pieza. La idea era conseguir una cesión temporal con motivo del 50º Congreso Nacional de Arqueología. La ara regresó a la ciudad portuaria; pero de visita.

Habrían de pasar ocho años justos hasta que el 8 de julio de 2005, se promoviera una moción conjunta del Partido Popular en el Senado y el Gobierno regional para el retorno definitivo de la pieza.

El Senado debatió la moción el 10 de octubre de 2006. La defensa corrió a cargo de la senadora Belén Fernández-Delgado, quien advirtió de que la obra no era «muy significativa para el patrimonio catalán, ya que no tiene nada que ver con el Museo Arqueológico de Barcelona». Además, subrayó la oportunidad de exponerla en el futuro Museo Arqueológico de Cartagena, que debía inaugurarse en 2007.

Una votación ajustada

El debate se produjo en el contexto de la polémica devolución de una parte del Archivo de Salamanca a Barcelona, documentos que fueron requisados tras la Guerra Civil. El PSOE mostró sus dudas al considerar que el altar permanecía en un museo de la Generalitat de Cataluña y no podía considerarse patrimonio nacional. El senador Álvarez Férnandez insistió en que «no es lo mismo devolver lo que alguien expolió y robó aprovechando la situación de Guerra Civil, a devolver lo que un obispo regaló a un marqués».

Los senadores del Partido Nacionalista Vasco apoyaron la moción, porque «debe ser justo que Murcia, en este caso, tenga el altar». Al final y por los pelos se aprobó la iniciativa, con 10 votos a favor y 9 en contra. El texto solo instaba al Gobierno Central a mediar ante el Ejecutivo catalán en una futura negociación para recuperar la pieza.

La respuesta de la Generalitat y de la directora del museo barcelonés, Nuria Rufel, fue inmediata. «Con todos los respetos al Senado -declaró Rufel al diario 'La Verdad'-, no son ellos los que tienen que decidir esto. El asunto debe ser tratado entre las dos comunidades, que son las que tienen las competencias exclusivas en materia cultural». Eso, sin olvidar otro escollo casi insalvable: la titularidad de la pieza.

Lo que es probable que desconociera Rufel, como el resto de senadores, era la existencia de un documento que demuestra cómo el traslado del altar, si no fue un expolio, poco le faltó. O, sin apretar tanto, que el interés de los murcianos por recuperar la pieza y exhibirla en un museo de la ciudad comenzó hace casi un siglo y medio. Así que hemos tenido tiempo de sobra para convertir el deseo en una realidad. Pero como lo que no nos sobra es página, aguardemos hasta el próximo domingo para concluir esta apasionante historia.

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